viernes, 10 de enero de 2025

Chinita

Su cabello híperrizado, largo, cayendo a chorros por su espalda. Chaparrita. La vi entrando al estudio de baile donde se presentaba por primera vez. Arrastraba una maletita roja con ruedas. Me enterneció su sonrisa de primeriza, que alcanzaba levemente a vestir su figura de profesional. 

No la había visto bailar nunca, pero con los tres pasitos cortitos que dio al abrir la puerta, tuve una función completa para mí solo, con aplauso de pie y flores en el proscenio. Luego ella entró, yo seguí caminando por la acera, y fue todo por esa noche.

Con los días de no olvidarla, me convencí de que si la volvía a ver, quizás, aquella ansiedad nocturna que sufría desde nuestro encuentro desaparecería. No era precisamente una ansiedad desgarradora. Era más bien, como la tortura de la gota constante. Todos los días pensaba un poquito en ella, por las tardes otro poquito y antes de dormir, otro poquito. Se sentía como una comezón chiquita y fugaz, que con el tiempo, se iba transformando en un incómodo ardor.

Dos semanas después de aquel primer encuentro, y completamente desesperado por extrañar a una extraña, compré un boleto para la función del domingo. Me sentí tan liberado, que me regañé por no haberlo hecho antes.

El estudio tenía un foro. Era pequeño y el escenario pequeño también. Pintado de negro y muy cercano al público. Levantado apenas un metro por encima de las butacas, pero daba la perfecta sensación de separar a las artistas de los mortales. De separar la ligereza de sus evoluciones, con la pesadez que nos hundía a los espectadores en el asiento.

No podría decir si realmente subió al escenario sola o había una multitud detrás. No recuerdo nada excepto a ella y aquel performance hipnótico, casi casi circense, que al primer minuto ya había traspasado fácilmente la pared del ojo crítico y se me fue a clavar directo al corazón.

Ya no podía ver la muestra de arte escénico por la que había pagado, ahora la estaba viendo solamente a ella, envuelta en tenues luces verdes, violetas y azules, como flotando sobre una aurora boreal. 

Recordé aquellos tres pasitos que la vi dar en la calle y entendí que en realidad habían sido tres disparos. Después de eso, ya iba muerto, caminando como un fantasma.


Como dije, el foro era muy pequeño. Sin pretensiones, ni para artistas ni comensales, pero el concepto de teatro bar me permitió quedarme después de la función, lo suficiente como para verla salir a la barra pidiendo una bebida. Quienes me conocen, saben que nunca hago esas cosas,  pero siendo ya un fantasma, me paré y fui directamente a hablar con ella.

Tampoco puedo recordar qué le dije ni qué me dijo. Recuerdo, eso sí, una sensación parecida a la de estar bajo el agua y su sonrisa feliz. Seguramente solté algo atinado, porque aceptó llevarse a mi mesa la bebida roja que le acababa de servir el bartender.

La conversación no importó tanto. Quizá me contó que estaba estudiando criminalística y que tenía un altarcito a la Santa Muerte en su casa, al que se encomendaba todos los días. Cosas así.

Me la pasé inexplicablemente nervioso y excitado. Quería mantener alguna media sonrisa que me hiciera ver interesante, quería gustarle, pero estoy seguro de que tenía una extraña mueca que me estiraba los cachetes cada que sus ojos se quedaban fijos en los míos. Parece que no le importó, porque esa misma noche nos besamos como viejos amantes, por mucho tiempo y de muchas formas. La absoluta indiferencia que el resto de comensales mostraba hacia nuestro romance, nos daba la privacidad necesaria para no soltarnos. 

También  nos dijimos linduras. 

Fuimos como un par de novios, hasta que el lugar estuvo a punto de cerrar.

Intercambiamos teléfonos y redes. 

Un beso en la mejilla y un abrazo.

Nos despedimos como viejos amigos.


El sentido común diría que llegados a este punto la invitaría a salir, pero no fue así. Lo que empezó como una comezón y luego un ardor, se convirtió, después de esa noche, en un fuego y un amor incontrolable.

No estaba en condiciones de querer manejar algo así. No de nuevo. Pero tampoco podía escapar del todo. No podía dejar de pensar en ella, con la cabeza y con el cuerpo.  Nos mandamos algunos mensajes. Conversaciones cortas sin mucho sentido y largos lapsos de silencio que tampoco hicimos mucho por abreviar. 

Algún sábado cualquiera la extrañé demasiado y quise volver al foro para verla, pero me dijeron que viajó y se fue. Hablamos, me prometió emocionada que volveríamos a vernos, que estaría fuera solo por unos días, pero fueron muchos días. Demasiados días. En realidad nunca volvió. 


Supe que se casó.

Unas semanas después.

Me alegré por ella.

De vez en cuando A flock of seagulls me la recuerda.

Hay canciones que son inexplicablemente precisas.


I walk a lonely avenue

I never thought I'd meet a girl like you

With auburn hair and tawny eyes

The kind of eyes that hypnotize me through

And I ran, I ran so far away

I couldn't get away


( https://suenasimple.blogspot.com )

Chinita

Su cabello híperrizado, largo, cayendo a chorros por su espalda. Chaparrita. La vi entrando al estudio de baile donde se presentaba por prim...