jueves, 17 de noviembre de 2022

La torpe historia de la guapa, la atractiva y la interesante

Aparecieron de la nada. Aquellas tres chicas desconocidas se plantaron frente a mí y me preguntaron ¿Cuál de nosotras te gusta más?  Para ellas era un reto, un juego caliente. Yo apenas podía evitar que se me cayera la baba. Estaba en shock. Ellas reían y yo sólo alcancé a balbucear como un zombie. Las tres eran muy distintas pero tan bellas, que deslumbraban todo a su paso. Yo no podía dejar de mirarlas. Me intimidaban sus ojos, pero no podía correr. Ellas tampoco. Sus piernas se movian nerviosas cuando las miraba. Miraba sus cuerpos ahí parados, tan regios y soberbios. Tan tímidos. Cuando hablaban era todavía más excitante. Eran listas, eran ágiles, eran valientes. Aquello era un sueño. E igual que en mis sueños, de pronto lo bello se volvió una pesadilla. Me di cuenta de que no podía elegir.
¿Cómo saber cuál de las tres me gustaba más? ¡Imposible! Por eso me inventé una salida de emergencia, tan torpe como magistral. Tomé esa actitud de Humphrey Bogart, absolutamente fingida y les dije: 

- no puedo hacerlo, chicas. 
- ¿Por qué no?— preguntaron
-  Porque es imposible comparar a la guapa con la atractiva, con la interesante. 

¡Claro que pusieron cara de no entender un carajo!

 ¿Qué demonios era eso? ¿un halago? ¿una excusa? ¿Una reflexión? ¿Era un sí? ¿Era un no? ¿Siquiera tenia sentido? Lo que fuera, definitivamente no era una respuesta a su pregunta. Pero aunque obviamente se trataba de un escape, realmente yo no mentía. 

Contaré un poco de ellas para entenderlo mejor, pero antes debo decir que después de haberlo evitado tantos años, no entraré ahora en el juego de la comparación. Hablaré de ellas tres como si fuera una sola persona. Es la única manera honesta de contarle su belleza a este mundo.

Diré que era increíblemente bella. Pero no era una belleza de revista, no era así de estándar. Era la belleza de aquella chica que de pronto pasa por tu lado, totalmente inadvertida, hasta que te sonríe. Entonces te sacude el mundo, te hace voltear, se va y de pronto pasas semanas pensando en la chica que te miró fugazmente y desapareció. ¡Era ese tipo de belleza!  Tan guapa de mirarla y de escucharla. Verla sonreír y sonrojarse me hacía sonreír y sonrojarme a mí como pocas veces en la vida. Tenía ese magnetismo brutal. Tan atractiva con su cuerpo y su voz. Tan valiente, tan interesante. ¿Cómo no enamorarse? Yo vendía libros y ella quería uno, pero no tenía el dinero. Me dijo que volvería al día siguiente, que no la olvidara. Entonces giró coqueta. Su falda corta de camuflaje voló un poco y su figura de bailarina de cajita músical se impregnó en mis ojos. Apoyó sus manos en la mesa y me miró de frente, acercándome tanto sus ojos color fantasía que mi garganta se cerró y mi corazón casi se revienta. Me dijo nuevamente que no la olvidara y me dio la espalda. Miré su espalda, su cabello, sus nalgas y sus piernas sincronizarse a ese ritmo brutal con el que iba rompiendo el aire a su paso. Me pidió que no la olvidara, y no lo hice. Nunca lo hice. 

Después de eso sucedió lo obvio, pues bien se sabe que quien se enamora de tres, se enamora de nadie. Y qué remedio, me quedé con nadie.

Además, en el peor momento de la vida, se me cruzó por la cabeza que más o menos así había empezado la tragedia de Troya. A un ingenuo como yo se le plantaron 3 diosas. Le pidieron que eligiera a la más bella. El tarado eligió a Afrodita. Esta le concedió el amor de una mujer casada. Las otras dos, ahogadas en despecho, le hicieron la vida imposible y luego, con ayuda del marido, lo mataron a él y quemaron todo a su alrededor.
¡Vaya metáfora! 
Esto va a acabar mal si eliges —pensaba- ¡Acuérdate de Troya!
Ahora ya no importa.
No debí haberme hecho caso. 

Al paso de los años, y después de haber olvidado tantas cosas, de haber firmado y quemado contratos y amores, de haber cambiado de vida varias veces, y haber hecho rituales de purificación, nunca he querido deshacerme de este recuerdo. Por alguna razón que no entiendo del todo, he decidido conservar esos 20 minutos de mi vida en el baúl de lo valioso. Así que de vez en cuando, todavía juego a replicarlas. A imaginarlas a ellas y a mí en las infinitas posibilidades del ¿y si hubiera...? 
Por eso, cuando me muera y pase frente a mis ojos la película de mi vida, me voy a levantar de mi butaca y voy a aplaudir muy fuerte por aquellos hermosos 20 minutos.

5 diciembre 2021

¿Metas?

Ya no tengo metas. Esas las perdí. Se me quedaron allá atrás en la vida. Allá donde el camino del arte, ese que promete la inmortalidad, cruzaba Villas del Fracaso y enfilaba rumbo a Puerto Indigencia. Justo ahí, a punto de volcar, giré de pronto para tomar la desviación hacia la vida adulta. Esa donde nadie es especial. Dónde entramos sabiendo que vamos a ir a trabajar todos los días para hacernos de una que otra cosa, comer, y con suerte, conseguir el respeto de alguien más por hacer medianamente bien algo que, de cualquier manera, resultará insignificante.  Pero ¡Hey! Aún nos queda el goce de pagar un buen restaurante, de viajar a un lugar bonito, de vivir en un paraíso personal ¿No? 
Es bonito, sabe rico, pero no se siente como una meta, es más bien un mal chiste, y una buena droga para olvidar que el tiempo pasa.

Metas: el nuevo requisito para el hombre alfa. Estoy harto de escuchar a los nuevos gurús de la masculinidad atascarse la boca con esas palabras. ¿Tener más dinero es una meta? ¿Tener una casa? ¿Tener hijos? ¿Tener un puesto de superioridad en el trabajo? Uno ya ni siquiera tiene el pleno derecho a la masculinidad si no se afilia a alguna de estas metas prefabricadas. 

Le cuento de esto a mi psicóloga. Ella lleva varias sesiones tratando de hacerme convivir en paz con la idea de estar solo.  Ojalá me dijera que hay esperanza para un hombre que perdió la meta, pero no. Ella no está ahí para mimarme, le pago para abrir mis ojos. Y es mujer. Ella sabe al respecto.

Lo tengo claro. Me pasó por apostar tan fuerte contra los momios. Jugué todas mis metas a un solo número, en una ruleta donde por cada ganador hay miles de perdedores. Me tragué completito el cuento de que es suficiente desear algo y esforzarse más que nadie. Maldito cuento de hadas postmoderno.  Supongo que es mi culpa por no esforzarme “lo suficiente”. Verás que ese cuento es autosustentable, si la cosa no funciona, no se convierte en mentira, ni siquiera revela un poco del truco, de las letras pequeñas. Por el contrario, la culpa y la vergüenza van por cuenta del iluso que se la jugó. ¡Magistral!

Tengo que dejar de pensar en la guitarra de aquel aparador.
Tal vez sí debería hacerle caso a mi psicóloga.

23 noviembre 2021

Yo y yo

Tomarse una selfie es una declaración de soledad. Nada más por eso, ya merecen mi respeto, y a veces, hasta mi admiración. 

Es la soledad del que busca estar solo.
Es la soledad del que no ha encontrado compañía.
Es la soledad del que no quiere recordarse junto a nadie.
Es incluso la soledad de quien, aún rodeado de gente, no encuentra un ojo prójimo que sienta el deseo de mirarlo.
La selfie, para bien o mal, es la soledad tomando el poder.

En una selfie, soy lo mejor que puedo actuar ante una cámara que está bajo mi control (aún así, en mi caso al menos, el resultado suele ser casi siempre terrible).

Por el contrario, cuando alguien más dispara, recibimos la visión que el otro tiene de nosotros. Esa de la que no tenemos control y por increíble que parezca, igual que en el amor, habrá quien nos muestre horriblemente en cada foto, las peores muecas, los defectos más incómodos y las arrugas más espantosas. Pero habrá alguien también,que nos hará lucir tan atractivos y hermosos que nos costará admitir que eso tampoco somos nosotros.

20 octubre 2021

Escenas musicales I

--------I'm a loser baby, so why don't you kill me?-------

A los 6 años, tocar en aquella banda de guerra se convirtió en mi más grande sueño.  Desde que los vi en esa ceremonia de primer día de primaria no paré de sentirme ansioso por llegar a tercer grado y poder audicionar. En esa escuela de 1200 alumnos, ellos eran lo más cercano a ser estrellas de rock. 

Yo los admiraba y al mismo tiempo deseaba esa admiración para mí.
Con ese anhelo creciendo pasaron los años, llegué a tercero de primaria y llegó el día de la audición. Los elegidos de cada grupo pudimos salir a media clase mientras los demás nos veían feo desde sus aburridas tareas y sus feos mesabancos. Empezaba a sentir el aire de superioridad. Que rico se sentía.

Pero las niñas chismosas son inevitables en la cadena alimenticia de una escuela y una de ellas, especialmente odiosa, nos acusó a otro niño y a mí de estar jugando en la audición. La maestra le dio la orden de regresarnos al salón castigados y el aire de superioridad, está vez, cubrió a la chismosa, llevándose mis sueños de estrellato como papelitos de cuaderno.
Llegamos al salón, me senté, la maestra nos puso unas planas de castigo, pero me crucé de brazos y me negué a mover siquiera el lápiz. La maestra no se atrevió a obligarme.  Y mientras yo me rebelaba ante la injusta autoridad y sus malditos cuerpos de espionaje,  el otro niño estaba llorando a moco tendido sobre su mesabanco. De pronto ya no dejaba a nadie concentrarse en los deberes. La maestra, aún más injusta que antes, le dijo al llorón —Ya, ya. Está bien. Puedes regresar a la audición. 

¡Maldita sea, señora profesora! Estuvo a punto de volverme un psicópata ese día. 
Yo conservé el honor y él entró a la banda de guerra. ¡Que genial lección de vida!
Tuve que soportar a ese llorón por 3 años más blandiendo su trompeta, escucharlo hablar de sus ensayos, de las niñas tamborileras y conformándome con pedirle sus boquillas usadas por unos minutos de vez en cuando. No tenía la edad para plantearlo así, pero algo dentro de mi ya se preguntaba si el honor no estaría sobrevalorado en esta vida.
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(Ahí dejo la foto del escenario en el que nunca toqué. Cuál pinche Foro Alicia, este es mi verdadero trauma artístico en la vida.)

16 octubre 2021

Las ganas de matarme

.Me fascina la idea del suicidio porque me aterra morir. Me aterra el terror. Me aterra la indefensión. Me aterra perderlo todo sin poder hacer otra cosa que morir de miedo. Pero ese miedo se transforma en algo soberbio y magnífico cuando lo abrazo, cuando puedo imaginar que recobro el poder, que  con un disparo, un salto, un trago, le arrebato a la muerte el control de mi propia vida.
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Y así, al imaginar cómo sería mi último segundo de vida, de darme cuenta de que también controlo mi muerte, de pronto, como una cascada, como un tremendo chorro a presión, me golpean tremendas ganas de seguir viviendo.

11 septiembre 2021

Fantasías musicales vol. 1

Desde hace un par de meses tengo en mis fantasías a Dua Lipa mirándome y cantándome "si te quieres escapar conmigo, conozco una galaxia a la que te puedo llevar". Simplemente me eriza la piel. Y justamente me acordé cuando alguna vez una novia me reclamó con mucha frustración y al borde del llanto que por qué me gustaba pura música de morras. Ella me quería más macho, pero en esa época, yo experimentaba una obsesión incontrolable por las voces femeninas que bandeaba de las Riot grrl a las popstars por igual. Mi banda favorita por aquellos tiempos era Veruca Salt, pero también pasaba horas oyendo a The Cárdigans. Iba de L7 a No Doubt y el amor de mi vida era Jewel. Era Britney, era Saffron, era Zooey Deschanel, las Spice, miss Moloko y 137 etcéteras más.  A aquella novia tal vez le habría excitado que yo anduviera con mis audífonos escurriendo Pantera y Motorhead por las orejas. Pero cuando me salía de bañar, en lugar de cantar Ace of Spades, silbaba Ace of Base.
Lo que nunca pude explicarle, o nunca quiso entender, fue que aquella obsesión no era, como ella temía, producto de una identificación homosexual, sino por el contrario, supuraba una proyección de aquel deseo medio psicótico de hacerlas mías a todas. De una peculiar fantasía por tenerlas, a ellas, cantandome a mí, precisamente a mí. De imaginar que Gwen Stefani me odia por haberla mandado a mi lista interminable de exnovias. De saborear la vocecilla tierna de Nina Persson sufriendo por estarme perdiendo. De gruñir con mis Volcano Girls mientras me piden que las deje ahí, acostadas, porque no se quieren ir. De resoplar mientras Shirley, mi Shirley, me echa en cara, orgullosa y altanerita, que sólo es feliz cuando todo es complicado. De atesorar la voz de Sheryl predicando que si algo me hace feliz no puede ser tan malo. De sentirme tan feliz entre los gritos hermosos y hambrientos de Brody Dalle.

Es que no recuerdo calentura igual a la que me da tener a Karen O, gimiendo y gritándome a la cara lo que viene esta noche, que está sudando en medio del frío, que se aprieta los muslos, que se ahoga. Y de pronto puedo verlo con claridad. Lo que siempre he querido es esto. Y también a Shakira, proponiéndome un desliz, fantaseando con que nos deseábamos desde antes de nacer, y luego jurándome que ya irán sanando poco a poco mis heridas. 

¿Es acaso mucho pedir?


29 agosto 2021



Perita

Bueno, día del perro ¿No?. Pero ¿Qué hacer con ella? ¿qué haces cuando un perro que no querías se mete a tu vida ? Y encima un perro que ni es tuyo. ¿Qué haces cuando ya hasta le cambiaste el nombre y sus croquetas son parte de tu despensa semanal? ¿Qué haces con ella?

21 julio 2021

Pedacitos violentos III

De Tlaxcala tengo el recuerdo de cuando fui con mi mamá a Cacaxtla, de cierta chica que me dejó babeando al verla y de aquella turba de punks que nos quisieron linchar.
La primera historia no tiene chiste y la segunda es en petit comité. Pero la tercera, ¡por Dios! esa sí que es una historia. 

Para empezar porque seguimos vivos. Pero por poco y no. Diría que fue culpa de Sergio ¿o de las cervezas? ¿O de nuestro chilanguismo? Quizá fue todo eso. Y cuando vimos que agarraron las antorchas y escuchamos retumbar el grito de —¡Pinches chilangos, ya valieron verga!— estoy seguro de haber pensado –ojalá hubiera nacido en Oaxtepec. 

Sucedió en mi otra vida. Aparecíamos en el cartel de una tocada punk, así que viajamos con instrumentos, equipo, músicos y manager hasta Tlaxcala. Paramos por unas vergonzosas pero deliciosas micheladas con camarón y quizá llegamos un poco más altaneros al lugar del evento. Por eso fue tan mala idea cuando a alguien se le ocurrió, que mientras se llenaba el foro, usáramos el gran jardín de atrás como estadio para un torneo exprés de futbol. El torneo empezó fraternal hasta lo cursi, pero al parecer tlaxcaltecas y mexicas no han podido mantenerse en paz desde hace 600 años y sin darnos cuenta, la cascarita se volvió un juego de pelota por el orgullo nacionalista. Y los invasores éramos los chilangos, otra vez.  Y aunque ninguno de nosotros era realmente bueno, todos crecimos en barrios donde las cascaritas eran por supervivencia más que por diversión y ese torneo nos lo llevamos bastante fácil. Fue el principio del fin. Primer strike. Debimos celebrar menos, creo. 
El foro se llenó, cerraron los accesos y desde afuera se escuchaba la convocatoria al portazo. Mucha más gente de la que hubiese podido imaginar llego esa tarde. 
Poco antes de que saliera a escena la primer banda, Sergio, el mejor manager que vi jamás, ya había conseguido cerveza ilimitada para nosotros los extranjeros. Y también, gracias a él, subimos a tocar cuando nos dio la gana. Segundo strike, el trato especial no nos hizo más populares entre las demás bandas.  
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Al pisar el escenario y tomar mi bajo, ocurrió aquel hermoso paréntesis, entre el aburrido previo y el violento caos posterior. El escenario estaba al centro. Quedamos rodeados por cientos de los inadaptados más intensos que quizá tuvimos jamás. Se azotaban unos contra otros, brincaban, gritaban y nos arrojaban cerveza, que al menos yo, trataba de beber abriendo la boca cada vez. Me sentía como en el video de Smell like teen spirit, pero más grotesco. Mi camisa de cuadros y aquellas botas me daban súper poderes. Se cerró el paréntesis. 
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Salimos del escenario en éxtasis, mis oídos zumbando y esa sensación de estar drogado sin estarlo todavía. Muchas cervezas esperando en nuestra mesa y Sergio, el mejor manager que he visto jamás, pudiendo estar ligando con cualquier chica, platicaba tiernamente con la mamá de un pequeño músico que aún no tenía la edad suficiente para estar sin permiso en un lugar así. 
Luego, empezó el desmadre. 
Los fulanos de otra banda, a quien ya les habíamos ganado en el fut y también su lugar en el escenario, se quisieron cobrar la afrenta llevándose un par de cervezas. Una vez. Y luego otra vez. Había tantas que no creo que las hubiésemos bebido todas, pero eso no importó. Sergio los vio y le detuvo la mano a ese tipo, flaco y drogado, con una sutil pero severa maniobra de luchador. Él sabía muy bien como doblarte de dolor con dos dedos. Él veía por nosotros y por nuestra propiedad privada de bebidas. Tal vez sólo debieron haberse ido con las primeras cervezas. Tal vez no debieron haberse reído de su travesura. Tal vez no debimos ser tan ebrios o tan orgullosos. 
El tipo flaco y drogado se lanzó sobre Sergio, que lo esquivó fácilmente, pero no pudo hacer lo mismo con los 8 tipos que venían detrás. De pronto se hizo un remolino de cabezas, patadas y golpes sobre el cuerpo de nuestro manager que había caído al piso. La música no dejaba de sonar, pero en mi cabeza se hizo un silencio y el tiempo empezó a pasar lento. Nos abalanzamos a ayudarle, pero estábamos lejos y bebidos. A cada paso, veíamos como la lluvia de patadas arreciaba sobre Sergio. Ni siquiera podíamos ver su cuerpo. Habían llegado aún más pateadores. Quizá ya esté inconsciente, son demasiados golpes, demasiada gente, demasiada rabia. Ya no nos importaba el orgullo. Queríamos sacar su cuerpo de ahí. Por eso ninguno de nosotros perdió el tiempo peleando, sólo entramos a esa bola de caos empujando y aventando. Mis años trabajando como sacaborrachos en cantinas me habían entrenado para este momento. Logramos llegar a él. Joaquín lo jaló del brazo y emergió de entre las patadas que no cesaban. Su boca apenas tenía un hilillo de sangre. Se levantó riendo y gritó "¡Pegan como niñas!". Luego volteó a ver a la mamá de aquel pequeño músico y le gritó –¡Yo se lo prometí, señora. Que no iba a pelear. Sólo por usted no les he partido la madre todos estos!". Nos reímos de esas frases por años. Todavía es un relato imprescindible cada que nos volvemos a ver con una novia nueva.
Y pues de pronto ya no eran ocho contra uno, sino muchos contra nosotros. Se hizo una breve tregua de reorganización. Nos querían madrear y lo sabíamos, así que a pesar de que "pegaban como niñas" invadimos el escenario, desconectamos todo a media canción del grupo que estaba en tocando y como pudimos, sacamos nuestro equipo, dispuestos huir cobardemente de ahí. Eso habríamos deseado. Eso habría estado bien para todos. Pero aquellos punks eran unos rebeldes hasta de la inteligencia. Y mientras nos alejábamos lentamente del foro, ellos se reagruparon. Ya habían convertido un cotidiano pleito de cervezas en una guerra por el orgullo nacionalista.
–¡Pinches chilangos, los vamos a linchar!- 
Escuchamos. Volteamos.  Ya eran como 30 de ellos. Nos gritaban mientras desclavaban las antorchas que iluminaban el jardín.
Una lluvia torrencial empezó a caer, como de película. En 2 minutos ese largo, largo jardín ya era un lodazal. Ese maldito jardín enorme que nos separaba del auto y nos dejaba a tiro de piedra de aquellos punks. 

Nosotros les dimos la espalda. Eran muchos y el terror psicológico de ver el fuego de las antorchas bajo la lluvia y aquellos gritos furiosos nos hicieron huir. Ansiábamos salir de ahí. 

Sergio caminaba a mi lado.  Cargábamos más de lo que podíamos. 

Joaquín y Norberto recordaron que son hermanos y juntos aceleraban el paso, también cargados como burros.

Julio cantaba, pero no corría nada. Cargaba mi pesado amplificador de bajo y se quedó atrás. Lo alcanzó la turba, pero no lo tocaron, porque gracias a los dioses, aquellos punks no eran muy brillantes. Se distrajeron cuando aquel pendejo arrancó a correr tras Sergio, quien sin mirar lo que venía, cayó al piso con un terrible rodillazo que se clavó en su espalda. Lo vi caer en cámara lenta. La turba celebraba. Y Julio, que no corría nada, esa vez corrió.  Y en un instante también le clavaba tremenda patada voladora en la espalda al fulano. Cayeron como piezas de dominó, uno tras otro. Levanté a Sergio agarré al fulano de la ropa y el cabello y lo lancé detrás de unos matorrales. Eso los enfureció. Se volvieron valientes por ser tantos y no pudimos correr más. La batalla había empezado. Los miramos lanzarse enfurecidos hacia nosotros. Corriendo entre la lluvia con las antorchas encendidas. Nos sentimos como los 300 esperando a Jerjes. Jamás pensamos salir de ahí.

En lugar de quedarnos juntos, nos dividimos en 2 grupos. Sergio se quedó conmigo y  Julio, Joaquín y Norberto hicieron su equipo. Fue lo mejor que pudimos hacer. Al dividirnos, la turba se dividió también. Los que más rápido corrían fueron llegando a nosotros, pero no juntos, sino en fila. Venían a tal velocidad que los podíamos recibir uno a uno con deliciosos puñetazos, lazos al cuello y derribes de judo que jamás sabré como fue que logramos. Todo era perfecto para nosotros. Mis puños se sentían calientes y mi cara intacta. Era como estar volando en drogas. Ahí venían más, un poco más lentos. Sergio estaba transformado. Los hacía caer con tanta facilidad que me emocionaba estar en primera fila. Yo siempre he sido pacifista, así que prefería tomarlos a la carrera y lanzarlos uno a uno hacia atrás de aquellos matorrales llenos de lodo. Me divertía ver cómo quedaban atascados y no lograban ponerse de pie.

Ahí venían los más lentos. Unos pocos mejor se regresaron. Otros no iban a claudicar, como aquel respetable profesor de la universidad, que había ido a ver a sus alumnos tocar y ahora venía enardecido y dispuesto a tirar madrazos.  Y lo miré todo. Allá, del otro lado de la batalla, El Julio lo vio correr, lo midió, lo cálculo, dio unos pasitos para atrás y ¡Pum! Golpe seco a la barbilla del profesor, que cayó y cayó y cayó. En cámara lenta y como una tabla sobre el pasto mojado.

Norberto y Joaquín seguían en su fusión de hermanos. Estaban en modo Gokú y Vegueta, bien concentrados en pelear como no habían tenido que hacerlo antes. Yo nada más veía como golpeaban caras y caían cuerpos.

Lancé a otro tipo a los matorrales y de pronto se habían terminado. Nadie más llegaba a intentar golpearnos. Los que venían se detuvieron a lo lejos. Nos insultaban, pero no sé movían. Nosotros no esperamos a ver qué pasaba, recogimos todo cuanto pudimos y corrimos al auto. Nos metimos. Nos sentimos a salvo. Pero entonces, y juro que esto es real, pregunté —¿Y mi ampli de bajo? 
Se hizo el silencio más estúpido del mundo. Juro que los vi mirar al techo del auto, voltear hacia la ventana, sacarse un moco. Y luego todos miramos al mismo tiempo. La turba empezaba a tirar algunas piedras y en medio de unos tipos con antorcha, bonito y medio lleno de lodo, estaba mi amplificador.
Les menté su madre a todos en el auto y me bajé del carro. Juro por mi madre que si no hubiera sido un Ampeg lo habría dejado ahí.  Me río al escribir esto porque recuerdo que me dio más rabia aquel silencio, que todo el caos de la pelea. Estaba tan encabronado, que me fui caminando directo a los punks. Y pasé junto al profesor noqueado que se trataba de levantar. Y miré las antorchas y pensé que si tenía que seguir peleando lo haría contra todos, yo solo, si era necesario. Seguramente en ese momento sí me habrían partido la madre, pero a veces la actitud lo es todo y si pareces madreador, aunque estés manco, la gente pensara que lo eres. Y totalmente drogado de adrenalina, llegué al amplificador, lo tome y les di la espalda a todos. Di unos 10 pasos firmes y seguros y entonces me golpeó el terror. ¿Qué demonios estaba haciendo?. Me temblaron las piernas y ellos se dieron cuenta de que no era un rudo rompemadres, sino un tipo asustado que había tenido mucha, pero mucha suerte. Eché a correr torpemente con ese armatoste de 30 kilos y logré llegar al auto.  Ya venía una lluvia de piedras que afortunadamente no dieron en el blanco. 
Norberto salió como piloto de arrancones. Los vimos quedarse atrás, mientras nos insultaban y agitaban su puño con fuerza.
Hicimos el recuento de los daños. Equipo y dentaduras completas. Ni una gota de sangre de aquella batalla campal. Un par de moretones, tal vez, pero nada más. Honestamente no sé si aprendimos la lección de ser humildes en patio ajeno. Nunca más volví a pisar Tlaxcala.

De pronto todo se nubla en mi cabeza. Tengo amnesia de casi todo lo que pasó en esos minutos. Lo que recuerdo, en verdad no lo recuerdo, me lo contaron ellos. Mis amigos. Los que me dejaron pelear a su lado. Por eso necesito verlos de cuando en cuando y recordar esta historia desde sus ojos y sus palabras. Quisiera poder invitarles una cerveza ahora mismo.

14 julio 2021

Escritor y navegante

Pedacitos violentos II

5 veces en la vida algún idiota me ha apuntado un arma a la cabeza. He visto el cañón de 6 pistolas automáticas, dos revólveres y una escopeta. Estúpidas situaciones en las que el dedo del otro ha juzgado si vivo o muero. Y eso que, me parece, y podría jurar, que nunca he andado en "malos pasos". Aunque sí hubo un tiempo donde me involucré hasta el tuétano en querer hacer la revolución. No sé si eso cuente como "malos pasos" pero fue ahí cuando sucedió esto. La única vez en que de verdad creí que me iban a matar. 

Yo militaba en un colectivo de arte popular. Hacia teatro, música y un periódico, pero sobre todo, política contra el poder. Y el colectivo organizaba por tercera ocasión un encuentro internacional. Teatro de protesta y rebeldía. Venían grupos de toda América Latina , algunos europeos y otros tantos mexicanos. 

Inmediatamente pedí coordinar al equipo de recepción y nadie se opuso. Hasta me miraron extrañados. El trabajo era de los más exigentes, había poco glamour de escenario y muchas horas perdidas entre trámites de migración y el aeropuerto. Pero mi cabeza de 20 años hizo un rápido cálculo que nadie más anticipó: si tenía que recibir y coordinar a muchos grupos extranjeros, debían ser muchas más las chicas extranjeras para las cuales yo sería su primer encuentro con un mexicano revolucionario. Y no me equivoqué.  Aunque esta historia es sobre pistolas. Lo del amor... mejor después.

La cosa es que el horno político no estaba para bollos. ¿Y cuándo lo ha estado en México? 
Por aquellas fechas habíamos sufrido amenazas, algunas detenciones ilegales e incluso estaba reciente un intento de secuestro al fundador de la organización. Yo salía a la calle sintiéndome a ratos un rebelde, a ratos un ratón asustado.

Pero ahí estaba yo, viviendo con mis cartelitos en la zona de llegadas del aeropuerto, emocionado, entre músicos, cirqueros y teatreros que aterrizaban y se iban conmigo a la sede del encuentro, donde al caer la noche cantábamos y compartíamos historias, canciones, cigarros, fogata y amor. 

Aquel día llegaron 3 personajes, miembros de una compañía de teatro que no quería compartir tanto. Habían reservado su propio hotel y traían como 18 maletas. No eran amables. En realidad me parecieron insoportablemente pedantes. 

Como solo llevaba el viejo auto de la organización y además a un par de amigos para ayudar, tuve que conseguir una camioneta grande para su inesperado equipaje. Pero en un descuido y dando un giro muy extraño y gandalla a la situación, se subieron a la camioneta con el conductor y se fueron. Y mientras ellos seguramente subían los pies en los asientos, me quedé yo, con mis dos compañeros y como 18 maletas, tratando de entrar en un auto. Ahora que lo pienso,  debimos haberlos mandado en metro, pero en lugar de eso, acomodamos las maletas, nos mentimos al auto casi sin poder respirar y nos pusimos en marcha.

Imagina la escena. Ves pasar un auto de lo más viejo, con la pintura devastada, sin un vidrio y sonando a lata de sardinas, conducido por tres mugrosos, barbudos, greñudos y con pantalones rotos, pero lleno hasta el tope de maletas bonitas y caras. ¿Qué te imaginarías tú si nos vieras?

Pues probablemente lo mismo que aquellos tres judiciales que se nos emparejaron a toda velocidad, asomaron la cabeza por la ventana, nos mostraron su placa y dos pistolas calibre 38, de las que parecen cañones, que se ven aún más grandes cuando te las apuntan a la cara y nos gritaron ¡oríllense, hijos de la chingada!

Y pues nos orillamos. 

Tal vez podíamos cantar Fuck the police! a todo pulmón durante una marcha, pero con una bala de ese tamaño viéndote por el ojo de un cañon, se nos quebró la voz.

Frenamos sobre Tlalpan. En hora pico. Como si fuera una operación de película, nos sacaron del auto empujándonos con las pistolas, mientras cientos de autos pasaban fingiendo no mirar. Nos metieron a su auto. No era precisamente una patrulla, pero tenía torreta. Uno de ellos subió a nuestro carro. Quiso arrancar y... ¡No pudo! Aquel vejestorio tenía miles de mañas. Sacaron al Ramoncito de la patrulla y lo obligaron a manejar nuestra carcacha. Entonces arrancamos. 

¿Has visto esa escena de Pulp Fiction donde John Travolta va volteando al asiento trasero, platicando con su prisionero, gesticulando con la pistola en la mano y de pronto pasan por un bache y por el brinco le dispara accidentalmente en la cabeza? Bueno, fueron como 40 minutos de vivirlo en carne propia, rogando a todos los dioses que no nos fueran a poner un maldito bache en el camino.

Y afortunadamente no lo hicieron. 

Pero ahí estaba ese Travolta mexicano, pistola en mano, regañándonos tan amistosamente, casi casi paternal, hablando sin ahorrar en groserías. Nos decía:

--El gobierno ya está hasta la madre de sus pinches revoluciones pendejas. Se hubieran dedicado a estudiar en lugar de estar en sus desmadres creyéndose el Che Guevara. Ahora ya ven, aquí ya valieron madre. Nomás los traemos dando vueltas porque estamos esperando ordenes del comandante, pero quien sabe si la van a librar.

Se nos puso helada la sangre, en el asiento trasero de aquel Neón plateado.

De pronto frenamos. El lugar era total obscuridad. Desierto. Atrás del Estadio Azteca. Donde hasta los policías temen entrar de noche.  Nos apuntaron desde afuera y nos hicieron bajar. Nuestro auto viejo también llegó. Nos llevaron hacia su vieja cajuela. Perfectamente cabíamos los 3.  Nos pidieron meter la cabeza y apoyar las manos dentro. Por algunos minutos escuchamos mucho movimiento. El tipo que nos vigilaba mantenía apuntando su pistola hacia nuestros cráneos. Nos lo recordó varias veces. Hablaba con alguien por teléfono. Después de unos minutos, dijo --Ok- y colgó. Luego, aquella voz gritó --¡pues ya chíngatelos y déjalos en la cajuela!
Sentí una vez más el fierro frío abajito de la nuca. El tipo todavía nos dijo --No es nada personal, chavos. Ya saben cómo es este pedo.
Se escuchó un "clack". La pistola subiendo el cartucho. 
Apreté las muelas y los ojos. Apreté absolutamente todo, porque a pesar del terror, por un instante tuve más miedo de orinarme y que circulara la foto de mi cadáver con los pantalones mojados. Que ridículo era todo.

Y de nuevo un "clack". Tragué saliva. Solté una lágrima y entonces... 

Nada. 

Absolutamente nada.

Media hora de terror después, cuando al fin tuvimos el valor de levantar la cabeza, descubrimos que se habían ido. Al que dejaron para "chingarnos" también había desaparecido. Se habían llevado todas las maletas y las llaves de nuestro auto. Solo nos miraban unos pandilleros de aquella mortal colonia. Pero para ese momento, hasta nos alegaron la vista. Les preguntamos --¿Cómo salimos de aquí?
Se sorprendieron tanto que se portaron sonrientes y amables.

Nos lo hicieron saber. No estaban muy acostumbrados a ver gente viva salir caminando de aquel lugar a las 2 de la mañana.

28 febrero 2021

Para Mich

Una vez anduve con una chica que en la segunda o tercera cita aprovechó que fui al baño para sacar su libro y me ignoró como media hora. Luego me dijo, perdón, es que mi libro está muy bueno. 
No sé por qué no me levanté y me fui. Tampoco sé por qué en lugar de enojarme con ella , me enojé con Roberto Bolaño y hasta la fecha no he leído ninguno de sus libros. Después me regaló algunos de los meses más bonitos que he vivido, antes de que nuestro cretinismo emocional nos separara. En fin. En el plano en  el que se encuentre ahora, ella sabe que la sigo pensando con mucho cariño. Ya no puedo pedirle perdón por mis tonterías, pero me imagino que puedo jugar al nigromante y decírcelo si leo el libro que ella leía en ese momento. El problema es que no me acuerdo cuál era.

(Estaba tan aburrido que tomé esta  foto por encima de su hombro. Precisamente de ese día. De ese libro. De hace muchos años. )

19 febrero 2021

pedacitos violentos I

Cuando era niño, en el barrio me apodaban El Gnomo y entre los 6 y los 12 años, acumulé un respetable récord invicto en su pequeño circuito de peleas callejeras. Pero como me dijo sabiamente un amigo, tarde o temprano llega alguien en la vida a quitarte lo vergüero (sic). Y en este caso, fue un cabrón que se llamaba "El Tortillas". 
Hasta antes de su llegada a la colonia, las peleas eran un divertimento que yo jugaba con honor. Siempre uno contra uno, a menos que fuera una campal. Nunca golpeaba al que estaba en el piso. Perfeccioné la patada al fémur y el gancho al hígado, para no tener que dejar marcas en la cara, pues muchas de mis peleas se desataban a mitad de un partido de fut o de tocho, contra amigos que a pesar de todo, me caían bien. Después de todo, en una colonia de aspiraciones clasemedieras, la violencia sólo era un juego más y no un asunto de supervivencia. 
Una vez bajaron a retarnos los de la colonia Vertiz, que no eran ningunos matones, pero por su cercanía, eran como las fuerzas básicas de la Doctores, colonia de las grandes ligas de la violencia. Aún con ellos y a pesar de que nos emboscaron a lo feo, pactamos una campal de 6 vs 6 y como ellos eran 7, acordaron dejar al más debilucho fuera de la batalla. 
Con ese tipo de honor aprendí a pelear. Pero el pinche Tortillas no entendía nada de esas cosas. La vida le había enseñado a jugar con otras reglas. 
Para entender un poco aquella diferencia, mi pandilla parecía salida de "Stand by me" o "It". El tortillas parecía salido de "Ciudad de Dios". Tenía 12 años, igual que yo, pero me acuerdo de su mirada, y estoy seguro de que ya había vivido cosas que yo nunca viviré. 
Por eso cayó tan mal en nuestra pequeña sociedad de niños y pubertos. Nos hacia conscientes de nuestra desigualdad. Por eso me hablaron de él. Por eso, antes de conocerlo, mis amigos ya me habían pedido "que le partiera su madre, para que le bajara". 
Y así, sin conocerlo, y antes de enterarme de su existencia, a él ya le habían dicho que yo lo andaba buscando "pa'madrearlo", porque así se corren los chismes en el barrio. 

Pero al Tortillas nadie lo iba a andar merodeando. Él fue quien me encontró, jugando a la lucha libre, en aquella esquina, donde un pequeño rectángulo de pasto nos servía para improvisar el cuadrilátero.  El Tortillas iba preparado para usar sus puños, pero la presión social y su inocultable deseo de hacer amigos lo obligó a seguir las reglas del juego: solo mano abierta, sin golpes a la cara y el que tocaba la espalda 3 segundos perdía. Nunca sabremos qué habría pasado de haber peleado a puños, pero con esas reglas no tuvo oportunidad alguna. Lo sometí tan fácilmente, que todos se empezaron a reír de él y su bravuconería. Se levantó lleno de pasto en el cabello y pidió revancha. Y la tuvo, sólo para volver a caer una y otra vez. Hasta que fue demasiado para él. Recuerdo perfectamente tenerlo sometido en el piso, cuando me dijo, fríamente, como al oído y casi sin alterarse —mi tío me regaló una navaja y cuando me levante la voy a ir a buscar para enterrártela como me enseñó.
Ahí, mientras todos coreaban mi momento, en lo que yo creía la cima de mi gloria, en realidad empezó mi dolorosa caída. 
Me recuerdo con 12 años, sintiendo el sudor frío del terror, sacando fuerzas de donde ya no tenía para mantenerlo en el piso. Como si eso pudiera evitar que en algún momento se levantara a buscar su navaja. Recuerdo la frialdad en su forma de amenazar. Jamás había visto algo parecido fuera de las películas y pasaron muchos años más para que lo volviera a sentir en carne propia.  Recuerdo sentir cuando las fuerzas ya no me respondían. Recuerdo haber hecho un último esfuerzo para hacerlo rodar lejos de mi e inmediatamente salir corriendo despavorido y sin dignidad hacia mi casa. 
Esa noche no pude dormir. Y a la siguiente tampoco. Por primera vez sentí uno de esos ataques de pánico que no dejan poner un pie en la calle.
A partir de entonces, mi popularidad en el barrio se fue a pique, empecé a sentir miradas de lástima al pasar y sobre todo, a sentir el terror de encontrarme al Tortillas. 
Empecé a dar rodeos enormes de varias cuadras para no pasar por donde toda la vida había sido feliz. Me sentía tan avergonzado por no poderme controlar. Lo del cuchillo ya ni siquiera importaba. Ahora lo que no soportaba era la vergüenza. 
Dejé de salir, dejé de frecuentar a los amigos y por alguna razón que nunca supe, me terminaron aplicando la Ley del Hielo, el peor de los castigos. Luego, El tortillas desapareció del barrio y un año después, mis otrora amigos de la vida, me ofrecieron una tregua, volver al circuito y a la pandilla, pidiéndome una pelea más. Se trataba de enfrentar al tipo que acosaba al George en su secundaria. Y aunque ya no era el niño feliz y confiado de un año atrás, dije que sí. Hacía un año que no peleaba y estaba muy nervioso. Quizá por eso, al día siguiente en la escuela, mientras todo el grupo jugaba al vandalismo estudiantil en una clase muerta, me dieron un zape, perdí el control e inicié una pelea contra El Vélez, que duró unos ocho segundos y terminó con mi nariz completamente rota. Todavia conservo la nariz desviada. Las cosas nunca volvieron a ser las mismas. El miedo no se había ido y la vergüenza tampoco. Nunca me presenté ante el acosador del George y la ley del hielo en la colonia se firmó para siempre.

17 enero 2021

Historia de un Perro, parte II

Esta foto es del día del huracán. El perro de 26 kilos se hizo del tamaño de un gato. Llegó aterrado en la madrugada, a media tormenta. Aunque tiene humano, probablemente  no le abrió la puerta. Otra vez.
Y Perro es fiel. Siempre espera a su amo como Hachiko, aullaría en la tumba de su amo como el perro negro que es... Mas vive en la calle todo el tiempo. Su amo no le tiene un techo decente para cubrirlo de lluvias y frío. Tampoco le tiene permitido entrar a la casa familiar. A veces su humano pasa días sin volver, que para Perro son días sin comer de su mano. Así que busca refugio, comida y amor donde puede. Así me encontró. Así fue que empezó a subir a mi terraza, me fue domesticando, se hizo amigo del gato y poco a poco las puertas de mi hogar se abrieron para él. 
Pasa días conmigo, come conmigo, ríe conmigo, lo llevo al veterinario y después de su baño, duerme en la cama. Jugamos, me muerde y lo muerdo. Para molestarlo le atrapo la lengua con los dedos y se libera para seguir dando sus besos de perro. Ama al gato y éste a veces le da masajes para su espalda. Le canto a veces y a veces aulla. Me acompaña. Y he hablado con él muy seriamente. Aquí tienes una familia, le digo. No te vayas más. No sufras la lluvia y deja de ir a que los perros de la otra cuadra te tundan a mordidas. Perro me mira con amor, se acurruca conmigo y pareciera decir que sí. Que acepta la propuesta. Y por un momento, me creo que seremos una familia. Así nos pasa el tiempo. Hasta que, un día de tantos, suena ese maldito silbido, tonto y cruel, que lo llama de la misma forma en que lo ha llamado desde que era un cachorro. Y no puede evitar brincar emocionado, patearme, lanzarse como un loco al encuentro de su humano. Su lealtad de perro está con él, su familia es con él, su amor es con él, aunque nunca sepa si a las pocas horas, o a los pocos días, volverá a buscar dónde guarecerse del abandono. Y no importa cuánto me quiera a mi, ni al gato. Porque de eso nadie duda. Nosotros sabemos que tenemos algo especial, pero también sabemos que el corazón de Perro ya tiene un hogar, a veces, al otro lado de la calle, a ratos. ¡Y qué importa! Si yo ya sé que con algunos amores no siempre se vive del lado correcto. También a veces, nos gusta jugar a fingir que su hogar está aquí, conmigo. Al menos, hasta que vuelva a sonar ese maldito silbido, que suena, a veces.

6 diciembre 2020

Huracanes psicópatas

Los temblores son ese delincuente que te agarra por la espalda, te aplica la china, se le pasa la mano y jamás supiste de dónde llegó ni quién fue.  Pero los huracanes son unos malditos psicópatas, del tipo Jigsaw, porque te secuestran, te hacen saber su nombre, te envuelven en su terror psicológico, juegan con tu mente, se acercan despacito, como saboreándolo, te hacen saber que pueden destruirte,  pero te hacen creer que las cosas dependen de ti ¡en su maldito juego a lo Jigsaw!

Los huracanes no son románticos, amigos, son unos malditos... Bueno, con las siguientes excepciones

El Huracán Ramírez
El Huracán, la canción de Arturo Meza
Los Huracanes del Norte

6 octubre 2020

Paola

Me enamoré cuando mi mano rozó la suya, pero yo era un idiota y por mis manos la perdí. Era el amor de mi vida a los 13 años. Vaya que dolió. Y mucho.
Y todo por reprobar 7 materias en secundaria. Mi papá decidió que aquella escuela de verano sería lo mejor para enfrentar los temibles extraordinarios. Y entré ya con el curso empezado, ya todos tenían amigos y yo había perdido el toque para hacerlos. Era el chico solitario que en los recesos habitaba un rincón del patio. Y así, un día, nuestras manos se rozaron, ella me sonrió, casi por accidente, en la fila para comprar donas. Nunca había sentido algo así. Mis manos también empezaron a sudar, a temblar, a tronarse los dedos. Mi cuerpo sacó a lucir, completito, su catálogo de tics. Ahora que lo pienso, tal vez por eso nadie me hablaba. Era raro. Mucho más que ahora.

¡Ya me acordé! Se llamaba Paola.  Amé a Paola desde que la vi sonreír. Ella logró que mi mundo se hiciera elástico, como una liga. Como cuando sientes el cuerpo caer al vacío sin moverte. Como cuando todo alrededor se aleja pero se te viene encima al mismo tiempo. Así era ella. Y me eligió. No sé por qué demonios, pero me eligió para mirarme desde su pupitre y me eligió para hacerme saber, todos los días, que quería estar cerca de mi. Y empecé a soñar con ella. Y a desear las horas de esa escuela, que aunque me robaba mis vacaciones, me dejaba estar cerca de ella.  Por su culpa me volvió a importar la escuela. Sólo me faltaba encontrar el valor para decirle que la amaba. Que se me estaba desbordando la cabeza y el cuerpo. Que no sabía qué hacer. Y como todo buen cobarde, lo deje para el último día.

 Y se acercaba el último día.

El grupo tendría una fiesta. Tan en grande como se puede tener en un parque, a los 13 años. Planearon, la comida, la botana, la bebida y hasta la forma de ocultar alcohol de la policía. Planearon hasta invitarme a mi, el raro. Planearon incluso, juntar más dinero del necesario, por si acaso. Y todo eso salió de maravilla. Tanto, que se empezaba a sentir algo extraño.

Y llegó el último día.

Nos aplicaron un examen larguísimo y tormentoso. El que lo terminaba tendría que salir y no volver a ese salón jamás. Era la última actividad de esa escuela de verano. Así que esperaríamos afuera hasta que saliera el último, lo moleríamos a zapes por bruto y empezaríamos con la fiesta. Ese era el plan. 
Y yo era el tipo que reprobaba por no hacer tarea, y a veces por mi pésima conducta, pero los exámenes eran mi especialidad. Sabía todos los trucos y jamás me ponía nervioso. Por eso terminé tan pronto. Demasiado pronto. Así que fingí seguir concentrado para no salir. Quería esperar a Paola. Quería declararle mi amor a gritos ahí mismo. Yo no podía dejar de mirarla, tan hermosa, tan concentrada, tan regia, levantando la mirada de vez en cuando para sonreírme. La maestra se dio cuenta, pensó que le estaba pasando las respuestas, me quitó el examen y me corrió del salón.

Afuera había otros dos chicos que respondieron aún más rápido que yo. Uno era un tipo sin chiste y el otro era el más popular, uno de los organizadores y alma de la fiesta. No había mucho de qué platicar entre nosotros. Además yo sólo podía pensar en Paola, cruzando majestuosa aquella puerta. Nos aburrimos. Los minutos corrían y nadie más salía. —¿Qué les pasa? ¿Son tan tontos?— dijo el tipo sin chiste. Yo me encogí de hombros. El popular dijo—Yo tengo el dinero de todo el grupo. Si no se apuran celebraremos sin ellos—. Nos reímos mucho. Pero la broma nos explotó en la cabeza. Dejamos de reír y empezo un extraño juego de miradas tipo El bueno, el malo y el feo. Se me heló la sangre. El amor de mi vida estaba del otro lado de la puerta, contestando su examen, esperando terminar para verme.
Nunca logré entender por qué lo hice, pero hablé. Con otra voz, con mi cabeza y mi corazón gritándome que no fuera un idiota, pero con mi lengua y mi garganta diciendo con frialdad —Vámonos a los videojuegos. 
Tendrían que haberme mirado feo y entonces yo habría dicho que sólo era una broma, me habría reído, habría visto salir a Paola y ahora estaría contándoles sobre la primer chica que me rompió el corazón. ¡Pero no! Los idiotas me tomaron en serio. Me hicieron caso. ¡A mi, al tipo raro! Y empezamos a caminar, a alejarnos lentamente. Me siguieron al abismo. Y aunque caminé lo más lento que pude, llegamos a la avenida y tomamos un taxi rumbo a Plaza Universidad. Ni Paola ni nadie más salió para detenernos. 
Jamás la volví a ver. 
Hay un lugar en mi alma donde debería estar el recuerdo de mi primer gran amor, de Paola, de mis manos en su cintura, en su cabello, de su olor y su sonrisa. En lugar de eso, tengo el recuerdo de una de las tardes más increíbles de videojuegos, con dos nuevos amigos, con mis manos en los botones y todas las retas de Street Fighter que el dinero del grupo pudo pagar.

Panchita

A dos cuadras de aquí empieza la selva. El pueblo no tiene un muro de piedra, sino de árboles, hierba y animales.  Vivo en la selva. El intruso soy yo, así que no quiero matar a los nativos, por mucho miedo que me de verlos  y sentirlos caminando felizmente por mi pantorrilla. Mide lo que mide mi mano. Aterradora hasta que la pones en un recipiente y la miras, la llevas afuera y la observas alejarse, pero no corriendo, sino con pequeños brincos felices, igual que una ardilla.

Mis manos

Mis manos trabajan tocando cuerpos, de todos tipos, cada uno con detalles increíbles. Han recorrido el cuerpo de aquella top model de Victoria Secret. También el cuerpo de linieros y corredores de la NFL. Algún exfutbolista. Actores, actrices, periodistas, músicos, peleadores y casi cualquier profesion mediática. Sobre ellos cae el peso de millones de miradas. 

A mi mano derecha la mordió un jabalí, una víbora, un pez y un par de hormigas gigantes. Siempre hasta sangrar. Un par de quemaduras con plantas salvajes también. He decidido pensar que son purificaciones de la selva maya.

Mis manos trabajan deslizandose en otras pieles, se suavizan inevitablemente por las horas mojadas en aceite de coco y luego sufren cuando cualquier escoba se siente rasposa como lija.

Por eso les tengo que poner guantes en el gimnasio, aunque tengan que aguantar las risas de las demás manos, duras y callosas, que cargan a pelo.

Mis manos me salvaron la vida cuando me caí de la moto. También cuando me caí de la bicicleta. Pobres. Deben estar hartas de cuidar a este bruto.

Mis manos plantaron árboles en suelos imposibles. En suelos de roca han plantado la semilla de muchos más.

Mis manos se esmeran en consolarme cuando estoy solo y triste. Descubrieron que en el centro del pecho y en la frente, unos golpecitos son muy reconfortantes. A veces parece que me persinan y ya ni les molesta que las piensen mochas y las miren raro en la calle.

Mis manos han tocado 5 continentes a través de sus pieles. 

Mis manos aprendieron que el erotismo es ulterior al mero contacto físico. Lo aprendieron deslizándose por miles de nalgas y cuerpos perfectos. Y siguen aprendiendo cada día a compartir felicidad no sexualizada. Ese es su trabajo. Paradójicamente se han vuelto un poco más perversas en privado.

Mis manos extrañan saludar y abrazar. Tocar con cariño fraterno en público. El covid les ha quitado eso. 

Mis manos llegan a casa antes que yo, directo a cargar al gato que es su familia y al perro que es su mejor amigo. Mis manos tienen sus propios afectos.

Mis manos son las que trabajan y mantienen a este pedazo de golfo que sólo escribe y gasta sus días en actividades ociosas que no generan más dinero.

Mis manos a veces me causan envidia. Las amo, pero creo que las detesto sin darme cuenta. Quisiera tener su vida. Tal vez por eso las tengo esclavizadas trabajando para mi.

Chinita

Su cabello híperrizado, largo, cayendo a chorros por su espalda. Chaparrita. La vi entrando al estudio de baile donde se presentaba por prim...