De Tlaxcala tengo el recuerdo de cuando fui con mi mamá a Cacaxtla, de cierta chica que me dejó babeando al verla y de aquella turba de punks que nos quisieron linchar.
La primera historia no tiene chiste y la segunda es en petit comité. Pero la tercera, ¡por Dios! esa sí que es una historia.
Para empezar porque seguimos vivos. Pero por poco y no. Diría que fue culpa de Sergio ¿o de las cervezas? ¿O de nuestro chilanguismo? Quizá fue todo eso. Y cuando vimos que agarraron las antorchas y escuchamos retumbar el grito de —¡Pinches chilangos, ya valieron verga!— estoy seguro de haber pensado –ojalá hubiera nacido en Oaxtepec.
Sucedió en mi otra vida. Aparecíamos en el cartel de una tocada punk, así que viajamos con instrumentos, equipo, músicos y manager hasta Tlaxcala. Paramos por unas vergonzosas pero deliciosas micheladas con camarón y quizá llegamos un poco más altaneros al lugar del evento. Por eso fue tan mala idea cuando a alguien se le ocurrió, que mientras se llenaba el foro, usáramos el gran jardín de atrás como estadio para un torneo exprés de futbol. El torneo empezó fraternal hasta lo cursi, pero al parecer tlaxcaltecas y mexicas no han podido mantenerse en paz desde hace 600 años y sin darnos cuenta, la cascarita se volvió un juego de pelota por el orgullo nacionalista. Y los invasores éramos los chilangos, otra vez. Y aunque ninguno de nosotros era realmente bueno, todos crecimos en barrios donde las cascaritas eran por supervivencia más que por diversión y ese torneo nos lo llevamos bastante fácil. Fue el principio del fin. Primer strike. Debimos celebrar menos, creo.
El foro se llenó, cerraron los accesos y desde afuera se escuchaba la convocatoria al portazo. Mucha más gente de la que hubiese podido imaginar llego esa tarde.
Poco antes de que saliera a escena la primer banda, Sergio, el mejor manager que vi jamás, ya había conseguido cerveza ilimitada para nosotros los extranjeros. Y también, gracias a él, subimos a tocar cuando nos dio la gana. Segundo strike, el trato especial no nos hizo más populares entre las demás bandas.
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Al pisar el escenario y tomar mi bajo, ocurrió aquel hermoso paréntesis, entre el aburrido previo y el violento caos posterior. El escenario estaba al centro. Quedamos rodeados por cientos de los inadaptados más intensos que quizá tuvimos jamás. Se azotaban unos contra otros, brincaban, gritaban y nos arrojaban cerveza, que al menos yo, trataba de beber abriendo la boca cada vez. Me sentía como en el video de Smell like teen spirit, pero más grotesco. Mi camisa de cuadros y aquellas botas me daban súper poderes. Se cerró el paréntesis.
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Salimos del escenario en éxtasis, mis oídos zumbando y esa sensación de estar drogado sin estarlo todavía. Muchas cervezas esperando en nuestra mesa y Sergio, el mejor manager que he visto jamás, pudiendo estar ligando con cualquier chica, platicaba tiernamente con la mamá de un pequeño músico que aún no tenía la edad suficiente para estar sin permiso en un lugar así.
Luego, empezó el desmadre.
Los fulanos de otra banda, a quien ya les habíamos ganado en el fut y también su lugar en el escenario, se quisieron cobrar la afrenta llevándose un par de cervezas. Una vez. Y luego otra vez. Había tantas que no creo que las hubiésemos bebido todas, pero eso no importó. Sergio los vio y le detuvo la mano a ese tipo, flaco y drogado, con una sutil pero severa maniobra de luchador. Él sabía muy bien como doblarte de dolor con dos dedos. Él veía por nosotros y por nuestra propiedad privada de bebidas. Tal vez sólo debieron haberse ido con las primeras cervezas. Tal vez no debieron haberse reído de su travesura. Tal vez no debimos ser tan ebrios o tan orgullosos.
El tipo flaco y drogado se lanzó sobre Sergio, que lo esquivó fácilmente, pero no pudo hacer lo mismo con los 8 tipos que venían detrás. De pronto se hizo un remolino de cabezas, patadas y golpes sobre el cuerpo de nuestro manager que había caído al piso. La música no dejaba de sonar, pero en mi cabeza se hizo un silencio y el tiempo empezó a pasar lento. Nos abalanzamos a ayudarle, pero estábamos lejos y bebidos. A cada paso, veíamos como la lluvia de patadas arreciaba sobre Sergio. Ni siquiera podíamos ver su cuerpo. Habían llegado aún más pateadores. Quizá ya esté inconsciente, son demasiados golpes, demasiada gente, demasiada rabia. Ya no nos importaba el orgullo. Queríamos sacar su cuerpo de ahí. Por eso ninguno de nosotros perdió el tiempo peleando, sólo entramos a esa bola de caos empujando y aventando. Mis años trabajando como sacaborrachos en cantinas me habían entrenado para este momento. Logramos llegar a él. Joaquín lo jaló del brazo y emergió de entre las patadas que no cesaban. Su boca apenas tenía un hilillo de sangre. Se levantó riendo y gritó "¡Pegan como niñas!". Luego volteó a ver a la mamá de aquel pequeño músico y le gritó –¡Yo se lo prometí, señora. Que no iba a pelear. Sólo por usted no les he partido la madre todos estos!". Nos reímos de esas frases por años. Todavía es un relato imprescindible cada que nos volvemos a ver con una novia nueva.
Y pues de pronto ya no eran ocho contra uno, sino muchos contra nosotros. Se hizo una breve tregua de reorganización. Nos querían madrear y lo sabíamos, así que a pesar de que "pegaban como niñas" invadimos el escenario, desconectamos todo a media canción del grupo que estaba en tocando y como pudimos, sacamos nuestro equipo, dispuestos huir cobardemente de ahí. Eso habríamos deseado. Eso habría estado bien para todos. Pero aquellos punks eran unos rebeldes hasta de la inteligencia. Y mientras nos alejábamos lentamente del foro, ellos se reagruparon. Ya habían convertido un cotidiano pleito de cervezas en una guerra por el orgullo nacionalista.
–¡Pinches chilangos, los vamos a linchar!-
Escuchamos. Volteamos. Ya eran como 30 de ellos. Nos gritaban mientras desclavaban las antorchas que iluminaban el jardín.
Una lluvia torrencial empezó a caer, como de película. En 2 minutos ese largo, largo jardín ya era un lodazal. Ese maldito jardín enorme que nos separaba del auto y nos dejaba a tiro de piedra de aquellos punks.
Nosotros les dimos la espalda. Eran muchos y el terror psicológico de ver el fuego de las antorchas bajo la lluvia y aquellos gritos furiosos nos hicieron huir. Ansiábamos salir de ahí.
Sergio caminaba a mi lado. Cargábamos más de lo que podíamos.
Joaquín y Norberto recordaron que son hermanos y juntos aceleraban el paso, también cargados como burros.
Julio cantaba, pero no corría nada. Cargaba mi pesado amplificador de bajo y se quedó atrás. Lo alcanzó la turba, pero no lo tocaron, porque gracias a los dioses, aquellos punks no eran muy brillantes. Se distrajeron cuando aquel pendejo arrancó a correr tras Sergio, quien sin mirar lo que venía, cayó al piso con un terrible rodillazo que se clavó en su espalda. Lo vi caer en cámara lenta. La turba celebraba. Y Julio, que no corría nada, esa vez corrió. Y en un instante también le clavaba tremenda patada voladora en la espalda al fulano. Cayeron como piezas de dominó, uno tras otro. Levanté a Sergio agarré al fulano de la ropa y el cabello y lo lancé detrás de unos matorrales. Eso los enfureció. Se volvieron valientes por ser tantos y no pudimos correr más. La batalla había empezado. Los miramos lanzarse enfurecidos hacia nosotros. Corriendo entre la lluvia con las antorchas encendidas. Nos sentimos como los 300 esperando a Jerjes. Jamás pensamos salir de ahí.
En lugar de quedarnos juntos, nos dividimos en 2 grupos. Sergio se quedó conmigo y Julio, Joaquín y Norberto hicieron su equipo. Fue lo mejor que pudimos hacer. Al dividirnos, la turba se dividió también. Los que más rápido corrían fueron llegando a nosotros, pero no juntos, sino en fila. Venían a tal velocidad que los podíamos recibir uno a uno con deliciosos puñetazos, lazos al cuello y derribes de judo que jamás sabré como fue que logramos. Todo era perfecto para nosotros. Mis puños se sentían calientes y mi cara intacta. Era como estar volando en drogas. Ahí venían más, un poco más lentos. Sergio estaba transformado. Los hacía caer con tanta facilidad que me emocionaba estar en primera fila. Yo siempre he sido pacifista, así que prefería tomarlos a la carrera y lanzarlos uno a uno hacia atrás de aquellos matorrales llenos de lodo. Me divertía ver cómo quedaban atascados y no lograban ponerse de pie.
Ahí venían los más lentos. Unos pocos mejor se regresaron. Otros no iban a claudicar, como aquel respetable profesor de la universidad, que había ido a ver a sus alumnos tocar y ahora venía enardecido y dispuesto a tirar madrazos. Y lo miré todo. Allá, del otro lado de la batalla, El Julio lo vio correr, lo midió, lo cálculo, dio unos pasitos para atrás y ¡Pum! Golpe seco a la barbilla del profesor, que cayó y cayó y cayó. En cámara lenta y como una tabla sobre el pasto mojado.
Norberto y Joaquín seguían en su fusión de hermanos. Estaban en modo Gokú y Vegueta, bien concentrados en pelear como no habían tenido que hacerlo antes. Yo nada más veía como golpeaban caras y caían cuerpos.
Lancé a otro tipo a los matorrales y de pronto se habían terminado. Nadie más llegaba a intentar golpearnos. Los que venían se detuvieron a lo lejos. Nos insultaban, pero no sé movían. Nosotros no esperamos a ver qué pasaba, recogimos todo cuanto pudimos y corrimos al auto. Nos metimos. Nos sentimos a salvo. Pero entonces, y juro que esto es real, pregunté —¿Y mi ampli de bajo?
Se hizo el silencio más estúpido del mundo. Juro que los vi mirar al techo del auto, voltear hacia la ventana, sacarse un moco. Y luego todos miramos al mismo tiempo. La turba empezaba a tirar algunas piedras y en medio de unos tipos con antorcha, bonito y medio lleno de lodo, estaba mi amplificador.
Les menté su madre a todos en el auto y me bajé del carro. Juro por mi madre que si no hubiera sido un Ampeg lo habría dejado ahí. Me río al escribir esto porque recuerdo que me dio más rabia aquel silencio, que todo el caos de la pelea. Estaba tan encabronado, que me fui caminando directo a los punks. Y pasé junto al profesor noqueado que se trataba de levantar. Y miré las antorchas y pensé que si tenía que seguir peleando lo haría contra todos, yo solo, si era necesario. Seguramente en ese momento sí me habrían partido la madre, pero a veces la actitud lo es todo y si pareces madreador, aunque estés manco, la gente pensara que lo eres. Y totalmente drogado de adrenalina, llegué al amplificador, lo tome y les di la espalda a todos. Di unos 10 pasos firmes y seguros y entonces me golpeó el terror. ¿Qué demonios estaba haciendo?. Me temblaron las piernas y ellos se dieron cuenta de que no era un rudo rompemadres, sino un tipo asustado que había tenido mucha, pero mucha suerte. Eché a correr torpemente con ese armatoste de 30 kilos y logré llegar al auto. Ya venía una lluvia de piedras que afortunadamente no dieron en el blanco.
Norberto salió como piloto de arrancones. Los vimos quedarse atrás, mientras nos insultaban y agitaban su puño con fuerza.
Hicimos el recuento de los daños. Equipo y dentaduras completas. Ni una gota de sangre de aquella batalla campal. Un par de moretones, tal vez, pero nada más. Honestamente no sé si aprendimos la lección de ser humildes en patio ajeno. Nunca más volví a pisar Tlaxcala.
De pronto todo se nubla en mi cabeza. Tengo amnesia de casi todo lo que pasó en esos minutos. Lo que recuerdo, en verdad no lo recuerdo, me lo contaron ellos. Mis amigos. Los que me dejaron pelear a su lado. Por eso necesito verlos de cuando en cuando y recordar esta historia desde sus ojos y sus palabras. Quisiera poder invitarles una cerveza ahora mismo.
14 julio 2021