Ya no tengo metas. Esas las perdí. Se me quedaron allá atrás en la vida. Allá donde el camino del arte, ese que promete la inmortalidad, cruzaba Villas del Fracaso y enfilaba rumbo a Puerto Indigencia. Justo ahí, a punto de volcar, giré de pronto para tomar la desviación hacia la vida adulta. Esa donde nadie es especial. Dónde entramos sabiendo que vamos a ir a trabajar todos los días para hacernos de una que otra cosa, comer, y con suerte, conseguir el respeto de alguien más por hacer medianamente bien algo que, de cualquier manera, resultará insignificante. Pero ¡Hey! Aún nos queda el goce de pagar un buen restaurante, de viajar a un lugar bonito, de vivir en un paraíso personal ¿No?
Es bonito, sabe rico, pero no se siente como una meta, es más bien un mal chiste, y una buena droga para olvidar que el tiempo pasa.
Metas: el nuevo requisito para el hombre alfa. Estoy harto de escuchar a los nuevos gurús de la masculinidad atascarse la boca con esas palabras. ¿Tener más dinero es una meta? ¿Tener una casa? ¿Tener hijos? ¿Tener un puesto de superioridad en el trabajo? Uno ya ni siquiera tiene el pleno derecho a la masculinidad si no se afilia a alguna de estas metas prefabricadas.
Le cuento de esto a mi psicóloga. Ella lleva varias sesiones tratando de hacerme convivir en paz con la idea de estar solo. Ojalá me dijera que hay esperanza para un hombre que perdió la meta, pero no. Ella no está ahí para mimarme, le pago para abrir mis ojos. Y es mujer. Ella sabe al respecto.
Lo tengo claro. Me pasó por apostar tan fuerte contra los momios. Jugué todas mis metas a un solo número, en una ruleta donde por cada ganador hay miles de perdedores. Me tragué completito el cuento de que es suficiente desear algo y esforzarse más que nadie. Maldito cuento de hadas postmoderno. Supongo que es mi culpa por no esforzarme “lo suficiente”. Verás que ese cuento es autosustentable, si la cosa no funciona, no se convierte en mentira, ni siquiera revela un poco del truco, de las letras pequeñas. Por el contrario, la culpa y la vergüenza van por cuenta del iluso que se la jugó. ¡Magistral!
Tengo que dejar de pensar en la guitarra de aquel aparador.
Tal vez sí debería hacerle caso a mi psicóloga.
23 noviembre 2021
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