domingo, 14 de mayo de 2023

19 de julio

Mi mamá me abortó a los 8 meses. Por accidente, claro, pero salí al mundo a los sorprendentes 8 meses involuntariamente, transparente, asustado y como todos los ochomesinos, con un pie de regreso en el feo y cursi paraíso de los bebés.

Mi mamá había aguantado estoica este nuevo embarazo, 9 años después de que hubiera decidido no tener más hijos. Seguramente mi papá tampoco tenía ya la misma energía que una década atrás. Así que esa noche de julio, cuando mi mamá se empezó a retorcer por el dolor de estómago, fue sencillo culpar a los frijoles de la tarde. No era necesario ir al médico por culpa de unos frijoles muy condimentados. En cambio, era el pretexto perfecto para ir a la cocina a preparar una jarra de chocolate caliente, delicioso y espumoso.

Mi mamá se fue a sentar, con su jarra y una taza, a la mesa del comedor, en la penumbra de la media noche. A cada retortijón, mi mamá bebía un sorbo. Luego otro poco nada más porque sí. Y otro poco. 
Ya es suficiente, se dijo al terminar la jarra, y se levantó de la mesa, pero el dolor la regresó de golpe. Esta vez se sentía diferente. Más intenso. Así que se preparó otra jarra de chocolate. Ese dolor que la tenía despierta en la madrugada, también brindaba con ella a cada sorbo. Y al ritmo que la jarra se vaciaba, el dolor aumentaba. Paradójicamente, cada retortijón sólo encontraba alivio en otro trago de su mágico remedio.
Por eso, tuvo que prepararse una ronda más, de chocolate caliente, espumoso y delicioso.

En algún punto, la familia empezó a despertar para ver a mi mamá convaleciendo con su jarra y su taza. De pronto ya sus gemidos no eran los de un simple dolor de estómago. La familia se reunió en torno a la mesa y mi padre decidió que era momento de llevarla al hospital, aunque fuera por un simple dolor de estómago, pero mi mamá estaba dispuesta a defender su romance con la taza de chocolate usando todas sus artimañas. Juró que no era para tanto y aseguró que iría de buena gana pero "hasta que salga el solecito " porque a las tres y media de la madrugada hacía mucho frío y su chocolate caliente y espumoso estaba muy sabroso.

Mis hermanos y mi papá hablaron y dijeron y dialogaron en vano con mi madre. Tuvieron que declararla no apta para tomar decisiones y tan suavemente como es menester con una mujer embarazada, la empezaron a arrastrar a la puerta. 

—Ándale mamá- decían mis hermanos mientras le destrababan los dedos de la mesa y de su taza.

—Vamos, mi amor- le decía cariñosamente mi papá, mientras la impulsaba suavemente a levantarse de la silla.

Mi mamá daba pasitos en contra de su voluntad. Avanzaba muy poco y se quejaba mucho, está vez ya no de su dolor, sino del frío de la madrugada.

Al llegar a las escaleras del edificio, volvió a decidir que eso era demasiado alboroto por tan poca cosa y se agarró de un poste. Se atrancó y volvió a decir —vamos a esperarnos a que salga el solecito. 
Pero ella era minoría y entre mi papá y mis hermanos, volvieron a destrabar sus deditos aferrados a la idea de volver a su chocolate caliente, espumoso y delicioso.

Casi se sale con la suya. La familia no tenía auto y mi hermano tardaba en conseguir un taxi.  Lo logró milagrosamente. 

Al taxista le tomó unos segundos entender la situación, mejor de lo que mi madre había querido entender en toda la noche. El taxista aceleró. Aceleró tanto que los detuvo una patrulla. Al patrullero le tomó aún menos tiempo comprender la situación y dejó al taxista seguir su carrera.  

Llegando al hospital, a los enfermeros les tomó todavía menos tiempo entender la situación e inmediatamente, a las 4:20 de la madrugada, la ingresaron a urgencias. 

25 minutos después, a las 4:45, como dictaba la costumbre médica, el doctor ya me daba una nalgada, que me dejaba el trasero rojo, para hacerme llorar. Después, me mandó una semana a la incubadora, de donde pude salir hasta que agarré bien la vida. El bronceado que tomé en esa semana bajo el foco, me ganó el nombre que llevo ahora: Mauricio, el morisco, el moreno.

Una taza más de chocolate para mi madre y habría nacido en la sala de aquel antiguo departamento de la calle de Yácatas, o en el taxi, o en la calle, o qué sé yo.

Una enfermera que oyó la historia con la que ingresaron a mi mamá a urgencias exclamó:  ¡Pero qué barbaridad! Pues qué no saben que el chocolate es pa' abortar.

Cuentos dramáticos para psicoanálisis interminables 1


Leí, en un artículo del periódico, la siguiente frase: un niño es lo que sus padres piensan de él.

Mi padre llegó muy noche a casa, ebrio y humillado por haber ido, muy temprano, a firmar mi boleta de calificaciones a la escuela. Él, el intelectual de la familia, se enfrentó con la cruda realidad de haber criado a un niño menso que había reprobado 10 de 12 materias en su primer bimestre de secundaria. Su ambicioso sueño de tener un escritor en la familia se desplomaba, cómo tren de dominó, con cada 5 impreso en aquella boleta, y se había terminado de hundir cuando él mismo tuvo que plasmar su prestigiada firma en aquella oprobiosa tira de cartulina.

La reunión de padres había sido a las 9 de la mañana y desde entonces, nadie supo de él en todo el día.

Yo ya esperaba lo que venía. Ni siquiera había intentado irme a dormir. No tenía caso. Mejor estar despierto, atento y con el cuerpo caliente y listo para la acción, como un boxeador antes del combate.  Aunque en realidad lo que temía venir no iba a ser un combate. Yo no era un contendiente, era un condenado . Yo sabía que estaba sentenciado desde aquella mañana, pero al mismo tiempo no lo sabía y eso me ahogaba en ansiedad. 

Permanecía sentado sobre la mesa del comedor, desde hacía varias horas, con un cuaderno abierto, fingiendo que estudiaba. La verdad es que el terror no me dejaba pensar en nada más que en la clase de castigo que llegaría blandiendo mi papá con furia. Pensaba que un regaño sería salir bien librado, aunque mi papá era demasiado inteligente como para escupir regaños burdos y corrientes. Solía escoger las palabras correctas para infligir daño explosivo pero sin cicatrices visibles. Es decir, no era solo el efecto mental o espiritual de las palabras, en verdad lo juro, que algo tronaba y dolía-ardía, a veces entre el estómago y el pecho, a veces en la unión de la mandíbula, a veces en el cuello, a veces en las manos.
Algunos amigos, mejor entrenados en el arte de recibir regaños, me aconsejaban pensar en otra cosa, e incluso, hablaban como eruditos sobre alguna extraña suerte de minfulness evasivo, pero no recuerdo que hubiera funcionado alguna vez.

Mi papá también podía ser creativo para escoger su arma, esa sí tangible, con la que el problema de las marcas visibles en la piel se obviaba y dejaba de ser importante.  Algunos amigos, mejor entrenados en el arte de recibir palizas paternas me recomendaban usar doble pantalón como defensa contra el cinturón, la manga larga contra los pellizcos, etcétera. Pero tampoco recuerdo que hubiera funcionado del todo.

Tic, toc, tic, toc, tic, toc... La onomatopeya no es una metáfora. En verdad teníamos un reloj de pared al fondo del comedor que hacía un ruidoso tic, toc con las manecillas, acrecentado en el tétrico silencio de la espera. Incluso mi madre, que me acompañaba solidaria en la sala, apaciguaba su respiración para darle mayor suspenso a la escena y al lúgubre tic, toc, tic toc, del segundero, eventualmente dramatizado por su distintivo crujido de rodillas.

Tic, toc. 
Sonido de llaves tintineando en el pasillo del edificio.
Tic, toc.
Era casi la media noche
Tic, toc.
Sonido de llaves estrellándose contra la puerta de madera.
Tic, toc.
Alguien tratando de meter la llave en la cerradura. No lo logra. Sigue intentando. No lo logra.
¡Pom! ¡Pom! ¡Pon!
Está golpeando arrítmicamente la puerta con la palma de su mano.
Mi madre, con la agilidad de un conejo, se levanta de un brinco del sillón y corre a la entrada. 
Tic, toc.
Mi madre abre la puerta del departamento y mi padre entra sin decir una palabra. Se tambalea un poco, pero se recupera enseguida. Me mira. Sus ojos se entrecierran y esboza una leve sonrisa. Creo que se recuerda firmando mi reprobada boleta y se burla de sí mismo. Tuviste un hijo pendejo, se dice con sorna.  Se ríe con él mismo, pero no conmigo. Camina directo hacia mí. Me pregunta ¿Qué haces? . Estudiando, le digo. 
Tic, toc.
Un poquito de silencio.
Tic, toc.
¡Pa' qué chingaos estudias! 
¡Pumbbbhh! 
Así sonó y así retumbaba el primer golpe que me conectó a la cabeza, con la palma de su mano.
Me puse de pie.
¡Pooooohhmm! 
Así sonó y así retumbaba el segundo golpe, a la cara. Esta vez, con el puño cerrado. 
Ya no recuerdo el sonido del tercero, ni del cuarto, ni del quinto, pero sí recuerdo que me mantuve de pie. Las palabras tampoco las recuerdo exactamente, uno es poco receptivo a las ideas cuando está siendo golpeado. Creo que él se dio cuenta. Ya no había mucho por hacer salvo firmar la obra. 
Se tomó un par de minutos para prender uno de sus Malboro rojos y deambular tranquilamente alrededor de la mesa. Daba vueltas mirando hacía el cielo del comedor. 
Tic, toc. 
Tic, toc. 
Además de las manecillas, sus pasos y los suspiros con los que exhalaba el humo del cigarro, no se escuchaba otro sonido en el mundo.
Pero nadie se movía nunca hasta que él dijera que ya había terminado. Yo hacía estatua de marfil en la esquina que delimitaba el comedor de la sala. La sangre en mi rostro no era algo que me impresionara, a esas alturas de la vida. Era parte del show y como tal, me dedicaba a saborearla un poco con la lengua, sin atreverme a mover cualquier otro músculo.

De pronto estuvo listo. Apagó su cigarro en el cenicero. Caminó hacia mí. Vi su mano venir hacia mi cabeza y me enconché, pero está vez no me pegó. Me tomó del pelo y me jaló para la sala. Sin soltarme, tomó el bolígrafo Bic azul punto mediano que estaba sobre mi cuaderno y me lo puso enfrente. Me dijo: 

— ¿Ves esta pluma? ¡Mírala bien! Esta pluma es más chingona que tú! Esta pluma puede llegar a escribir una obra de arte, tu nomás eres un pendejo.

Me soltó y se fue a dormir. Yo me quedé a mitad de la sala completamente solo. Mi madre ya no estaba ahí tampoco. Siempre le agradecía que no se involucrara. Las cosas jamás mejoraban cuando algún tercero intervenía y todos en la familia lo sabíamos.

Me quedé a mitad de la sala , de pie, pensando en lo estúpido de compararme con un bolígrafo. Mi padre está perdiendo el toque de las palabras, pensé. Me reí un poco y me fui a dormir. Yo no entendía que había presenciado su obra maestra. Que aquellas palabras explotarían dentro de mi tiempo después, no como una bomba, sino como un pequeño engendro naciendo de un huevo, y me acompañarían tan fielmente, creciendo conmigo, por el resto de la vida que he vivido. Esa noche yo estaba muy lejos de imaginar las horas que gastaría pensando en las palabras de mi padre. Palabras que, después de analizarlas mucho y durante muchos momentos a lo largo de mi vida, resultaron ser ciertas. Ya ni siquiera podría enojarme con mi padre por lastimarme desproporcionadamente, porque aquello, aunque cruel, había resultado una aplastante y monolítica verdad. O al menos lo ha sido hasta el día de hoy.

amor muerto

Tenía una novia que se quedó sin olfato a causa del COVID. Yo la conocí poco tiempo después y siempre le decía que me daba miedo el momento en que recuperara su olfato, porque quizá así, al olerme, me dejaría de amar. Todo mundo sabe que uno se enamora por la nariz. Las feromonas actúan y todo eso. 
Mi temor era tan serio, que lo disfrazaba siempre como una broma.

Con el tiempo comprobé que temer a que su amor muriera, una vez pudiera olfatearme, fue una burrada.
¡Miedos tontos que uno se inventa!
Porque lo que realmente pasó, fue que al no tener olfato, jamás me olió, y por tanto, aquel amor había nacido muerto.

Yo también fui a una escuela embrujada


Era de esperarse. Mi primaria fue construida sobre un antiguo cementerio de la revolución y ahora, dónde los héroes que hicieron patria trataban de descansar, había un montón de niños insoportables corriendo y gritando, justo encima de sus cabezas, a la hora del recreo. 
Pero mi primaria también fue un convento de monjas, que quedó abandonado cuando una novicia murió de terror, misteriosamente frente a las escaleras, durante una noche obscura.

Al parecer, la combinación de convento con cementerio  resultaba en un irresistible manjar para los espíritus, y le daba a nuestra escuela algo así como un estatus premium plus. Al menos eso sentíamos los chamacos que circulábamos, casi en secreto, pero orgullosamente, estas leyendas. 

Alguna vez, una niña chismosa rompió la secrecía de la historia y se atrevió a preguntar durante clases a la maestra si todo aquello del cementerio y el convento era verdad. 

La maestra le dijo que no y por supuesto, se rio.

En lugar de desanimarnos, los guardianes del relato, nos convencimos de que la maestra tenía órdenes de ocultar la verdad. Porque claro que si llegaba a saberse, las mamás no permitirían que sus hijos regresaran a una escuela que estaba embrujada. Era obvio.

Además los guardianes del relato teníamos pruebas. La escuela, con sus edificios laterales de arcos, circundando el gran patio central, tenía la estructura clásica de cualquier convento. Y todos éramos expertos en conventos, gracias a los dibujos que habíamos visto en la monografía de Sor Juana Inés de la Cruz que vendían en la papelería. 

También conocíamos la historia del niño de cuarto grado que dejó de ir a la escuela por miedo. A ese niño, una día, mientras jugaba en el recreo, se le acercó una monja a pedirle que no corriera. Cuando bajó la cabeza apenado, descubrió que no tenía pies y flotaba. Algunos decían que incluso el niño se había orinando en los pantalones antes de salir huyendo, pero sobre esto último no había consenso. Lo que nadie dudaba era que había una monja flotante a la que no le gustaba que los niños corrieran desaforados. 

Y aunque todavía no logro acomodar los momentos históricos en mi cabeza y los datos geográficos y temporales no me hacen fácil ubicar monjas y revolucionarios a mitad de la colonia Roma, no he dudado de la veracidad de aquellos relatos ni por un instante de mi vida. Por supuesto que aún creo ciegamente en estas historias con la misma fe con la que las creía de niño, cuando era yo quien pasaba 5 horas cada mañana molestando a los espíritus de mi primaria.

Cosas imposibles

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No importa cuántas veces haya viajado en avión. Siempre busco sentarme junto a la ventana. Siempre me emociona el despegue como si fuera la primera vez. Siempre me da un poquito de nostalgia el aterrizaje. Y aunque me da pena caer en el cliché, soy de los que siempre le toman fotos a las nubes.

Atrás de mi, una niña pequeña monta un drama. Lloriquea frustrada porque quiere tocar las nubes.
Se lo suplica a su madre, como si fuera algo de vida o muerte. Su madre, un tanto molesta, sólo le responde que no es posible.

Normalmente me habría desesperado cualquier berrinche de sonidos chillones. La pequeña exige algo imposible y a gritos, justo en el asiento de atrás, taladrándome el oído. No soy muy tolerante a la insensatez de la infancia ajena. 
Pero esta vez, me sorprendo sonriendo. Sigo atento ese reclamo lleno de ternura. No por la niña, a la que nunca le veré la cara, sino porque yo también estoy reclamando lo mismo para mis adentros. Por un instante me parece absolutamente posible estirar la mano y tocar las nubes, esponjosas, suaves y, seguramente, con un rico olor a lluvia. Por qué su madre se atreve a decirnos, a la niña y a mí, con su voz de enfado, que estamos deseando lo imposible. ¿Quién se cree? 
El puchero seguramente es horrible, pero a mí me parece hasta dulce. Lo que de repente no soporto, es la  madura actitud de la madre que nos trata de convencer de que con mirar las nubes por la ventana es suficiente. Ahora yo hago berrinche. 
¡Quiero tocar esa nube! 
Y mientras aquella madre me lo niega, me pregunto, cuántas veces más estaré condenado a solamente mirar por la ventana las nubes que pasan por mi vida.

Razones para no morirse

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La idea del suicidio es un delicado tabú. No conozco a nadie que no haya fantaseado con eso alguna vez. Lo curioso, es que no siempre viene con la imagen cliché de una pistola en la cabeza o de un frasco entero de pastillas. A veces llega en formas más sutiles y socialmente aceptadas, como acelerar demasiado la moto, rebasar a un tráiler a 40 centímetros de las llantas o no frenar cuando otro idiota se ha pasado el alto. 

……………

Un amigo fantaseaba con suicidarse. Hablábamos sobre Kurt Cobain, Amy Winehouse y el derecho divino de quitarse la vida. Yo le decía que, siendo músico de rock, uno sólo puede suicidarse dignamente si se está seguro de que la tragedia va a publicarse en la portada de la Rolling Stone y no en la portada del Alarma! . Porque hay mucha diferencia entre dejar que nuestro fantasma regrese a leer un encabezado que nos eleve hacia la luz, o uno que nos haga querer volver a morir. No es lo mismo leer “EL ROCK ESTÁ DE LUTO” o “EL ÚLTIMO RIFF DE UN GRANDE” en la Rolling Stone, que leerse en las arriesgadas y cómicas conclusiones de los diarios de a 5 pesos: “COMO CHETOS CON VALENTINA/ así quedó un deprimido joven en la bañera después de pelear con su novia “, o “GOLOSA: SE LA COMIÓ TODITA / ingiere caja de pastillas y ya no la cuenta”. 

Nunca olvidé esta reflexión. A veces voy al súper en bicicleta y a veces me gana la costumbre de metérmele a los carros, de no frenar en los cruces, etcétera. De pronto una voz en mi cabeza me pregunta -¿si te accidentas ahora, cuál sería el encabezado del la nota en el periódico de mañana?

La respuesta varía dependiendo de lo que haya comprado ese día, pero siempre es vergonzosa.
Por ejemplo:

SOPAS!... Hubiera dicho ese día en que compré las Maruchan.

O también:

SE PASÓ DE CHORIZO/ lo atropellan por imprudente

TENÍA MUCHOS HUEVOS/ Temerario ciclista se pasa de valiente y es atropellado

DESLECHADO/ Así dejan a ciclista por venir jugando carreritas con los autos.

Siempre con una foto de la bicicleta rota en primer plano y en perspectiva, con un hermoso punto de fuga, el abarrote mugroso regado en el piso.

Luego de ese breve ejercicio de reflexión me vuelvo el más prudente de los ciclistas. Estoy seguro de que me ha salvado la vida más de una vez.

Cosas que duelen 1

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Comencé a boxear a los 12 años. Mi papá me llevó al gimnasio Nuevo Jordán y me encargó con un viejo lobo de mar conocido como El Gallo. Después de estrechar su mano, le advirtió a mi papá: señor, esto es boxeo, a su hijo no le puedo decir, tontito, ni esas mamadas de “échale ganas”. A su hijo le voy a gritar que es un pendejo si está haciendo pendejadas y le voy a gritar que no sea güevón si no hace las cosas. Incluso le voy a mentar la madre. Aquí no le puedo hablar suavecito porque es boxeo y su vida está en juego. Mi papá me miró como preguntándome por última vez si eso era lo que quería y yo asentí con la cabeza. El contrato estaba firmado. 

El gimnasio era un galerón en el tercer piso de un edificio metido en un feo callejón que olía a la basura del mercado vecino. La música eran las percusiones de los golpes al costal, a la pera y a las manoplas. Tracatatracatatraca pum pum paaaa. Olía a humedad y en cada viga había un embudo conectado a una cubeta, donde se acumulaba el agua que tomábamos y escupíamos entre cada round. El gimnasio era horrible y así tenía que ser. 

Al llegar me vendaba, me calzaba unos guantes viejos y húmedos y me ponía a pegarle al costal y a la pera. Después de unos minutos los guantes pesan y los brazos empiezan a doler. Por eso bajaba la guardia. 

—¡No sea pendejo chamaco, suba esa guardia! ¡A la otra que baje esa mano le voy a meter un chingadazo! ¡El costal no se defiende, pero otro cabrón le va a romper la madre! 

¡Plas! Me metía un zape justo donde había vuelto a bajar la guardia. 

Brincar la cuerda fue otro tormento. Las cuerdas del gimnasio eran todas de cuero con mango de madera. Ya eran pesadas de por sí y fallar un salto era ganarse un latigazo en la espalda. Los primeros días salía de ahí con la espalda roja y ardiendo. Aún así, no podía hilar dos minutos sin tropezar. Un buen día, mi manager no estaba de humor y me pidió que le trajera un balde con agua. Allí sumergió la cuerda y me dijo ¡Ahora sí dele, chamaco!

La cuerda pesaba mucho más. Al final del entrenamiento y con los brazos molidos se sentía mucho peor. Obviamente volví a tropezar. Ni siquiera me había imaginado para qué la estaba mojando pero a la primera falla, sentí en la espalda la crueldad del latigazo con cuero mojado. No sé por qué, pero pensé en el pobre de Jesucristo mientras me revolcaba de dolor contra una pared. El Gallo sólo me miró de reojo y me dijo ¡Ora sí va a aprender a saltar, chamaco! 

Pasó más de un año, antes de que me subiera al ring. Yo estaba harto de ir todos los días a hacer lo mismo una y otra y otra vez. El gimnasio estaba lleno de profesionales de alta y baja categoría, así que un chamaco de 13 años todavía no era una inversión relevante para nadie. Tuve que hacer un berrinche y amenazar con dejarlo todo  para que me programaran mi primer pelea de sparring. Yo ansiaba subirme a ese ring que había sido pisado por un montón de campeones mundiales cuando llegaban a entrenar a la Ciudad de México.

Todavía recuerdo la adrenalina al pasar por las cuerdas y morder por primera vez el protector bucal. ¡Ora sí dele, chamaco, a ver si es cierto! Me gritó El Gallo.

Yo nunca había peleado sobre un ring, con guantes y con reglas, pero como en Karate Kid, todos los movimientos del entrenamiento que parecían no tener sentido, ahí lo tuvieron, y empezaron a salir las combinaciones de golpes. Entendí que subir la guardia sí era vital. Sentía tan rico conectar el cruzado arriba y el gancho abajo. Me sentía invencible… hasta que me aterrizó el primer gran putazo. Qué dolor extraño. El guante hace que la potencia del golpe se distribuya por toda la cara, pero no lo hace más suave, por el contrario, lo hace más severo. Duele y aturde. Me desconectó por un segundo, lo suficiente para que mi rival me plantara la combinación completa y me llevara contra la esquina. Estaba en shock y a su merced. Ya me había peleado a puño limpio antes, pero esto era totalmente nuevo para mí. Milagrosamente me alcancé a salir por las cuerdas.  Entonces comenzó de verdad la pelea. Empecé a entrar en éxtasis. Cada golpe que daba y cada golpe que recibía eran una catarsis. Una cascada de emociones se me venía encima. Recordé las golpizas que me daba mi padre, las veces que no me pude defender de otros, las veces que fui rechazado y de pronto me empezó a doler el corazón. Y mientras más golpeaba y me golpeaban más rabia sentía. De pronto El Gallo grito ¡Tiempo!  

Se acabó. Yo no me quería quitar la careta porque estaba a punto de estallar en llanto. Imposible hacerlo arriba de ese ring y frente a todos los demás boxeadores. Mordí tan fuerte como pude el protector bucal y me salí del encordado con la mandíbula apretada, mordiendo mi dolor, pero sin soltar una sola lágrima, y con la felicidad de haber peleado en el mismo ring dónde alguna vez había visto subirse a Julio César Chávez.

Herir al agua

……. ………..
En la secundaria, o me escapaba o me iba después de clases a remar al lago de Chapultepec. Era mi vicio. Además, entre semana y en horario laboral, el lago estaba casi vacío, así que mis amigos y yo podíamos practicar maniobras locas, jugar carreras de apuestas y hasta jugar a las guerras piratas con los mataclases de otras escuelas. Alguna vez practicamos un peligroso y romántico abordaje, a mitad del lago, hacia la embarcación de un grupo de chicas, que sin miedo alguno, nos dispararon con piropos guarros, que, aún recuerdo, me pusieron a temblar, mientras mis amigos tomaban control de aquella exótica situación.
Atravesar el agua se volvió una droga para mí. A veces me disparaba la adrenalina, como en aquella carrera donde gané el honor de mi secundaria rebasando en los últimos metros a la lancha de la escuela enemiga. 
Otras veces me hacía viajar por el universo, como cuando subimos los remos y nos acostamos a ver moverse el cielo con la música del agua golpeando la lancha.
Navegar era magia pura. Era romperle una herida al agua y verla cerrar inmediatamente detrás, sin rencor ni represalias. 
Era volar en el agua moviendo a todo mi equipo, en un armatoste de casi media tonelada, solamente con la fuerza de mis brazos.
Era sentir que, dentro de ese lago, yo podía controlar absolutamente el rumbo de mi vida…

Pero la secundaria terminó y dejé de remar. 

Fuera del lago y sin los remos en la mano, empecé a perder esa sensación de control, hasta que poco a poco la fui olvidando. Al mismo tiempo, fui aprendiendo a golpes que para un humano es imposible tener control absoluto de la existencia.

Sin embargo, cada vez que veo una embarcación de remos soy el hombre más feliz, y me peleo por ser el que los porte. Incluso me niego a compartirlos. Los remos siempre han de ser míos y sólo míos. Soy adicto a esta particular sensación de control, a esta sensación de que el rumbo de la vida vuelve a estar completamente entre mis manos.

Razones para azotar un instrumento en el escenario

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Siempre me sentí un mal músico. Con Madam Bisturí me sentía un estafador tocando con músicos a los que admiraba tanto, pero mantenía la mentira porque no lo podía dejar. Como un amor tóxico donde sabía que yo era el problema, y donde cada vez me juraba hacerlo mejor. 
Lo cierto es que uno se siente poderoso con un instrumento en las manos y un público enfrente. Es como tener un arma, un rifle, una bazooka. Uno se siente superior, invulnerable e invencible por un segundo o por un largo concierto. Y aunque por destino tuve entre mis manos teclados, guitarras, micrófonos y maracas, nunca sentí nada igual a tener ese maldito bajo entre mis brazos. Me excitaba la fuerza que tenía que poner en cada golpe de cuerda, nada que ver con la delicada sutileza que requiere la guitarra o la insignificante resistencia con la que se defienden las teclas de un sintetizador. Con el bajo hay que pelear y ser salvaje sin perder su atención, sin perder su amor. Hay que someterlo a golpe de dedos, a golpe de plumilla, jalarle las cuerdas de vez en cuando y palmearlo firmemente algunas más. Blandirlo en el aire con todo su peso y pegarle la cadera hasta que duela. Soltarlo y rechazarlo un momento, dejar que se cuelgue de tu cuello negándose a parar, y entonces volver a empezar la siguiente canción, y la siguiente, y la siguiente… Hasta que no quede más que dejarlo tirado en piso y salir del escenario. 

No sé si me amaba tanto al tocar porque era un exhibicionista de clóset o me volví uno porque amaba tocar. Pero también lo odiaba.

Odiaba el terror que me invadía antes de entrar al escenario. Al terminar casi siempre salía furioso por haberme exhibido ante el público sabiendo que era un fraude. Muchas veces azoté el bajo contra el suelo, no por un performance, sino por esa vergüenza que se sentía como odio. Aquello era completamente real para mí. 

Para mi suerte, buena o mala, no lo sé, mis bajos nunca se rompieron. No es tan fácil como en los videos, así que siempre había una próxima vez… Hasta que por fin, un día, llegó la última vez y la vergüenza se esfumó. O tal vez no, y por eso me ha llevado algunos años poder escribir de aquellos momentos tan extraños en mi vida.

Insomnio.. maldito insomnio ya déjame en paz

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Aunque tocar en una banda nunca me dio de comer, no me dio fama y resultó una mina de frustraciones, me dejó varias de las grabaciones más chingonas que habitan mi biblioteca musical.  Incluso, fue después de renunciar al grupo que me volví un verdadero fan de aquella actitud y aquellas canciones. Madam Bisturí ya no era mi banda, sino una de mis bandas favoritas.

 A la distancia y fuera de los escenarios, pude darme cuenta de que había estado participando en la grabación de un potente soundtrack que me acompañaría el resto de mi vida.

Y yo, que llegué tocar en tantos escenarios casi por accidente, que estaba más cerca de ser un fiasco con suerte que un músico de verdad, de pronto escucho las líneas de mi bajo sonando en las canciones y me cuesta mucho reconocerme ahí. Simplemente como un buen fan, pienso que los de Madam Bisturí eran geniales. 

E inevitablemente agradezco a la vida por haber conocido al Julio, por haber vomitado aquellas canciones, por haber viajado conmigo durante aquellos horribles años donde estuvimos más cerca del suicidio que de la fama, aunque estoy seguro de que si me leyera me pediría que borrara su nombre de esta historia.

A Norberto, a Joaquín, al Vale, por haberme regalado la magia que pusieron en esos discazos.  ¡Qué importa si a nadie le gustaron!  Mejor aún. Un amante de la música siempre necesita presumir que es fan de una banda que nadie conoce. Y ese fan soy yo y esa banda se llama Madam Bisturí.

Maldito insomnio...

Te doy una canción

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Por muchos años me negué a dedicar canciones de amor. Aunque tenía una buena lista para hacerlo, siempre pensaba en guardarlas para “la indicada”, lo que tristemente significaba que las chicas a mi lado no lo eran. Esperaba eternamente algo mejor, ya sabes, el pasto del vecino siempre es más verde. El pájaro en mano nunca era tan hermoso como los cientos volando.
Así que me volví un acumulador compulsivo de canciones para dedicar. Las tenía arrumbadas en alguna covacha de mi corazón, llenándose de polvo y telarañas, porque claro, “la indicada” jamás llegaba.

Pero las bodegas, incluso las emocionales, tienen un límite. Yo había metido tanta emoción inútil en cada canción ahí guardada, que en algún momento aquello se desbordó. Y empezó a brotar un chorro incontrolable de nuevas canciones dedicables, pero está vez ya no tenían la tonta intención de esperar a alguien especial. Tuve que entender, casi a la fuerza, que las canciones son las que eligen a sus personas y sus momentos, no uno. Que hay episodios fugaces que conectan con las canciones más hermosas y tiempos hermosos que no verán venir una sola canción. Que hay personas que en apenas unas horas harán brotar un río de canciones y canciones que anunciarán premonitoriamente la llegada de alguien, sin que se pueda hacer algo para controlarlo.

Así, las canciones más importantes de mi bodega se las han llevado chicas que se han vuelto casi intrascendentes, excepto por haber quedado ligadas a una melodía. Y felizmente entiendo que no son pérdidas, porque gracias a ellas he encontrado sentido en rolas que no había entendido antes. Eso, para mí es un regalo valiosísimo, porque si descubrir música nueva es emocionante, redescubrir algo que creía conocer eleva mi alma.

Por ejemplo, después de guardar Something por tantos años, un día se la llevó alguien más o menos fugaz de quién no he vuelto a saber, pero por un momento, pude sentir la emoción que hizo estremecer a Harrison cuando la miraba, justo a ella, caminando hacia mí.

🎵🎶Something in the way she moves
Attracts me like no other lover
Somewhere in her smile, she knows
That I don’t need no other lover
Something in her style that shows me…🎵🎶

Ya la había cantado miles de veces antes, pero la había aprendido con la memoria. 
Cuando apareció esa chica, su belleza, ese tempo despiadado al caminar y esa extraña mueca en su sonrisa hicieron que Something se desbordara de la covacha de canciones. Entonces pude, por un instante, sentir en la piel que era yo quien decía aquellos versos por primera vez. Por un instante, Something ya no era de Harrison, era mía y su historia era mi historia. 
Aquella canción había elegido su momento para nacer de nuevo y yo estaba ahí para vivirlo, como el melómano más afortunado del mundo.

Así, muchas canciones más han elegido sus propios momentos para irse con quién se les antoja. Al parecer yo no tengo ni voz ni voto. Cada una de ellas cuenta su propia historia de amor, de placer o de fracaso, porque claro, también se puede amar desde el fracaso. 

Y aunque todavía vivo con el miedo de gastar canciones inútilmente, son las mismas canciones las que me recuerdan que da igual si se van por nada o por mucho, siempre habrá más y más hermosos temas para un nuevo amor, no importa si es de unas horas, de una vida o de nunca jamás.

https://open.spotify.com/playlist/3LZBLbniJpCM2DgLIQnHSm?si=6rR9NI8YSRmjdXlMDDJmKg&utm_source=copy-link

5 microhistorias de un sacaborrachos sobre orgullo, amor y cobardía

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Una semana después de que murió mi papá, yo ya había renunciado a la escuela y tenía trabajo. La verdad no supe bien cómo pasó.  No es que haya decidido ninguna de las dos cosas.  A los 18 años no estaba en condiciones de entender lo que estaba sucediendo con la muerte y con mi vida. 
Sólo recuerdo que, a los pocos días, fui a casa de mi hermano a probarme un traje negro que me quedó un poco grande, pero muy presentable, me lo llevé a mi casa y a la mañana siguiente me lo puse para ir a trabajar en aquella cantina. Yo era el sacaborrachos. 

Los meseros y el gerente me veían raro.  Era el de seguridad ¿Por qué les habían mandado a un chamaco flaco en lugar de un intimidante monstruo, como de costumbre? 
Yo me preguntaba lo mismo. 
 
La primer semana fue la peor. Tenía que estar 12 horas de pie, bajo la mirada hostil del personal. Nunca antes había sentido un dolor del cuerpo y del alma tan agudo. Llegaba a casa con ganas de llorar. No sé por qué no renuncié. Sólo dejé que la vida me pasara encima, como una aplanadora, mientras yo seguía arrastrándome por la pérdida de mi papá, por la pérdida de mi libertad y por la pérdida de aquella vida de hijo de familia que nunca antes había valorado.

A partir de ese momento, un montón de cosas impactantes empezaron a suceder en mi. Desde ese lugar tan sórdido empezaba un inesperado camino de autoconocimiento, así, sin anestesia. No con iluminación, buenas vibras y epifanías, sino con amargas pérdidas.

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Lo del orgullo, tengo que reconocerlo, fue doloroso pero necesario

Dos amigos me encontraron parado en la entrada de la cantina. Se burlaban amistosamente de mí. Decían riendo que había dejado la escuela para ser policía. El elegante traje negro que portaba no podía ocultar que ahora jugaba para el bando contrario. Ellos habían sido mis compañeros de rebeldía y yo ahora cobraba por controlar a los borrachos. Además dejar la escuela, al parecer, me colocaba en un escalón todavía más bajo de su núcleo social. Y cómo culparlos si seguramente yo habría hecho lo mismo de estar en su lugar. Necesitaba ver la vida desde el otro lado de la calle.
También me encontró la chica de mis sueños. Mi crush de la preparatoria pasó frente la cantina. Me miró anonadada desde la ventanilla del auto nuevo de su padre. Fue un instante que el tráfico volvió eterno. Avenida Insurgentes nunca ha sido tan lenta como en ese instante. Aún recuerdo su cara desencajada mirándome incrédula. Ya no volvió a responder mis llamadas.

Mi antiguo orgullo quedó masacrado en las escalinatas de aquella cantina ¡y qué bueno!

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Trabajar con mi cobardía tampoco fue opcional.

El curso empezó aquel día en que una mesa de ebrios gordos y trajeados le declaró la guerra a otra mesa de universitarios pedantes. Yo tenía como dos semanas trabajando y una batalla campal a mitad del salón hizo que todo el personal me volteara a ver. El gerente dio la orden de que nadie se metiera. Dijo —¡Para eso está el seguridad!-  Yo sabía que no me quería y por eso me estaba mandando al matadero. Su jugada me orillaba a morir solo en aquella trifulca o a renunciar. Me tenía en jaque y su estúpida sonrisa me lo dejaba claro.
Tragué saliva. Estaba ardido y aterrorizado. Nunca antes había hecho algo así, pero igual arranqué en dirección a ese remolino de golpes sin saber para qué y sin tener un plan. Sólo corrí hacia el centro de la pelea y empecé a gritarles.  De pronto fue como estar volando en un viaje de ácido. Yo podía empujarlos, jalarlos, aplicarles la llave china que me habían enseñado unos días atrás, pegarles en las corvas, tirarlos al piso… ¡Y nadie parecía notarme!  No es que fuera John Wick, seguía siendo el mismo chamaco flaco, pero yo era la autoridad ahí y nadie se atrevió a tocarme. Gozaba de una extraña inmunidad encantadora. Los peleoneros incluso me pedían perdón y me daban explicaciones, acusando a los otros de ser los malos. Me daba risa ver cómo el drama se convertía en comedia. 
Ahora sé perfectamente que la buena suerte me apadrinó en mi primera vez, pero cuando terminó la pelea yo me sentía poderoso. Pronto me hice adicto a intervenir las peleas de los demás. Y fue bueno, porque después vinieron muchas otras en mi vida. Algunas bastante divertidas.
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En otra ocasión llegó el ex novio despechado de una hostess. Iba ebrio y no le permití el paso. Sacó una navaja y me amenazó. Por un segundo pensé que era una buena oportunidad para lucirme ante ella, pero me ganó el miedo y entré a pedir refuerzos. Los meseros se rieron de mí y solo uno salió, más por lastima que con ganas. Sacó la navajita de su sacacorchos y enfrentó al fulano. Y mientras ellos se miraban retadoramente, preparándose para su pelea de cuchillos, llegué por la espalda y le arrebaté la navaja al borracho. Bajó la cabeza y no dijo nada. Entendió su derrota y se fue. Aún así me quedé un poco avergonzado. Chuck Norris y Stallone se habrían burlado de mí, seguramente. Había perdido mi oportunidad de ser un héroe de película y de lucirme frente a la hostess.
Años después leí a Tzun Tzu, y me sentí mejor. Él sí habría estado orgulloso de mí, porque a diferencia del cine, en la guerra, y en la vida, el valor no se demuestra en un ataque frontal, ni en mantener el honor muriendo estúpidamente. Vencer sin librar una batalla es el arte de la guerra, decía él.

Aprender eso me mantuvo a salvó de morir vergonzosamente un par de veces en la vida.

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Y bueno, el amor. No hay idea más nociva que pensar que los mañanas son infinitos. Siempre habrá uno que sea el último.

Me enamoré hermosa y terriblemente de Tania. No podía controlar mi respiración ni el temblor en mis manos cuando la veía. Cuando llegaba a mi casa soñaba con su piel. Ella, siendo hostess tenía que estar en la entrada, junto a mí todo el día. Y aunque yo la amaba, muchos otros también estaban enamorados de ella. Yo no me sentía el mejor y a decir verdad, a los 19 años me sentía una basura. Aún así, cuando ella renunció tomé valor y la invité al cine. Increíblemente dijo que sí.
Fuimos a ver una película de Nicholas Cage. Al salir casi nos congelamos. Me quité aquel saco de mezclilla que tanto quería y se lo puse. La tuve tan cerca, pero la voz me tembló y no logré decirle nada, mucho menos besarla. Ella sonrió y se fue a su casa sin saber que yo la amaba. Mañana le digo, pensé, pero no la volví a ver en muchos años, cuando ya todo era diferente para nosotros.  
En la vida siempre hay un último día, al que ya no le sigue ningún mañana. Aquella tarde se me fue el amor y se llevó mi saco favorito de mezclilla.

Historias de desgracia para el frío

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La noche bajaba de los cero grados y yo deambulaba sin camisa y con un pantalón roto por la madrugada del centro de la ciudad. ¿Cómo llegué ahí y por qué no me morí congelado? Pues increíblemente fue gracias al antimonio... y a un indigente que me salvó la vida.

Unas horas antes llegaba a bordo de un taxi, con alguna novia, al departamento de El Julio. Organizaba un fiestón temático de hippies.  Mi disfraz era un pantalón ultrarroto, un chaleco bordado y unos huaraches. No necesitaba más para mi entrada triunfal. Pero aquella novia tenía una muy mal encaminada admiración hacia mí. Ella creía que yo era tan chingón y atractivo, que con una simple ida al baño podría embarazar a cualquier chica que yo mirase. Cosa totalmente falsa, pero que a ella no le interesaba. Si sucedía en su cabeza, sucedía en su realidad. Y fue así, que sus celos explosivos me vieron en la cocina, preparando un trago y platicando con un tipo completamente desconocido, pero evidentemente gay. Para ella fue el acabose.  ¡Ahora también se tenía que cuidar de otros hombres! me dijo mientras explotaba en cólera. Empezamos la típica pelea de pareja que toda buena fiesta debe tener. Por eso nadie pareció ponernos demasiada atención. Por eso nadie se inmutó cuando nos fuimos a la recámara a gritarnos y por eso parece que nadie oyó el trancazo que se puso cuando a media discusión se desvaneció cayendo al piso. Yo traté de acomodarla para evitar que se atragantara con su vómito y me puse necio a jalarla, pero ella se resistía entre gritos de "¡déjame en paz!". Así de borrachos estábamos.

Al parecer, aquellos gritos sí se oyeron en la fiesta. Al instante tenía a mi alrededor a un chingo de mirones y a 2 amigos sujetándome e inmovilizándome. Me trataban de calmar y me gritaban cosas que no recuerdo, pero que me calaron.  Creían que le estaba pegando a ella. ¡Yo! que jamás he hecho algo parecido. 
Me sentí tan humillado por la situación que para que me soltaran dije "necesito ir al baño", y en lugar de ir a mear, me seguí hasta a la puerta de entrada y me largué de la fiesta.

Ahí estaba yo. En la calle, sin mi cartera, sin mi teléfono y sin playera. Todo lo que traía era el encendedor y los cigarros de alguien más en la bolsa del chalequillo bordado que me cubría. Pero volver a subir al departamento no era una opción. Tenía suficiente alcohol en la sangre como para mandarlos a todos a chingar a su madre. Así, con el torso desnudo y los cero grados que había en el ambiente. 

Comencé a caminar. Ya antes había cubierto los 11 kilómetros de distancia entre la casa de El Julio y mi casa, pero yendo sobrio, con tenis y vestido. No ebrio, casi encuerado y en huaraches. Aún así, empecé a surcar las tristes calles de la Santa María la Ribera a las 3 de la madrugada. En aquel tiempo, antes de que las gentrificara la ola hipster, aquellas calles eran el hábitat natural de pandilleros, teporochos y prostitutas. La cosa se ponía emocionante.

De pronto el frío empezó a entumir los dedos de mis pies casi descalzos. Los dedos de las manos. En el pecho ya se sentía una opresión al respirar y en un momento no pude caminar más. Me recargué en un poste y me fumé uno de aquellos cigarros que no eran míos. A lo lejos una prostituta me vio y empezó a caminar hacia mi. Era una mujer muy chaparrita y muy obesa. Recuerdo perfectamente esa forma casi esférica hablándome con voz ronca y casi masculina. 
—¿me regalas un cigarro, hijo?
Le extendí la cajetilla con la mano, le prendí el cigarro y seguí desfalleciendo con el mío. 
Ella me observó, fija y detalladamente. Como si buscara algo en mí. Luego me dijo:
—Me caes bien, chamaco. No tienes maldad. ¿Qué haces aquí? Yo ni debería avisarte, pero mejor llégale rápido, porque esta esquina tiene dueños y ya te andan voceando con la banda para ponerte unos madrazos. 
—Pero ya no puedo caminar más y me muero de frío- le dije protestando. Como si ella pudiera hacer algo.
—A ellos les vale madre. No te la vas a acabar si no te vas ya. Ahorita.
Me dieron ganas de llorar, pero le hice caso y arrastrando los pies crucé la calzada Puente de Alvarado. Aquella era mi noche triste.

Seguí caminando y pensaba que en cualquier momento podía desplomarme sobre la banqueta. El frío me seguía apretando el pecho y ya ni siquiera me dejaba abrir los ojos. 
Al pasar junto a un Oxxo, un indigente sucio y despeinado me miró sorprendido. Acababa de comprarse un Squirt de 2 litros y un Tonayan de litro. Me paro en seco. Yo, con mi estúpido pensamiento clasista, pensé que me iba a pedir dinero, pero en lugar de eso me preguntó 
—¿Estás bien? ¿Te sientes bien? Te ves re mal, hermano. Ven, dale un trago a esto-. 
Otra vez, en mi estupidez clasista, le dije que no. Lo rechacé por sucio y quise seguir mi camino, pero el indigente no me dejó. Ya más serio me dijo —es por tu bien, carnal. Yo sé de esto y no la vas a librar así como vienes.  
Ahí me desplomé. Todo la bondad que no tuve aquella noche de mi novia y mis amigos, la estaba teniendo de un desconocido sin hogar. Caí de rodillas al piso y él, como Ben Hur, me dio de beber, primero refresco, después mezcal, directo de la botella. Yo ya no tenía prejuicios clasistas en ese momento. Alguien me estaba salvando sin tener por qué. 

Cuando el primer chorro de alcohol entró a mi cuerpo entendí que beber cuando se vive en la calle no es un placer, es una forma de sobrevivir. Es un abrigo extra, es un antidepresivo barato, es un analgésico que calma el dolor del cuerpo y del alma.  

Con ese trago había ganado unos cuantos pasos más, pero mi guardián sabía que no muchos. Me hablaba y me explicaba algo que yo no entendía, y lo hacía con amorosa paciencia. Apenas podía escuchar su voz. Me hablaba de una casa, o refugio, o algo así, pero yo estaba desesperado porque no podía entender nada: mi cerebro estaba congelado.

Sólo entendí —No la vas a armar hasta allá, carnal. Vamos a tener que buscar remedio por aquí cerquita.

Llegamos al Monumento a la Revolución. 
Este es una estructura enorme y perfectamente iluminada. Había pasado cientos de veces por ahí y nunca había notado que los focos que le daban vida por las noches salían de ocultos rincones en el piso. Uno de ellos era especial, estaba escondido entre una jardinera y unas escaleras. Era un rincón amurallado, de apenas un metro, que hacía que el calor del foco se concentrara. El indigente lo sabía, y como experto en supervivencia callejera, me llevó ahí. Nos sentamos justo sobre la lámpara y dejamos al mastodóntico monumento sin una de sus mejores luces.

Con ese calor y media botella después, yo ya podía hablar de nuevo. Le conté mi historia, aburrida y llena de victimismo. Que bueno que cambió el tema. Su vida era mucho más interesante que la mía. Casi como un cliché, él tuvo una familia y un trabajo de oficina. Perdió su trabajo y después a su familia. Luego vino el alcohol, lo que lo dejó sin hogar y sin dinero. Me contaba emocionado que ahora él solo bebía para el frío. Ya no se embriagaba hasta quedar tirado en la banqueta, como antes. Y que a pesar de todo, tenía un empleo. Trabajaba con un tipo que le pagaba por recolectar cierto tipo de máquinas descompuestas. Me contó que hay motores que tienen perlas de antimonio, y que bien recuperado, puede valer incluso más que el oro. Su patrón lideraba un escuadrón de recolectores y tenia el equipo para procesar antimonio.  Por eso era adinerado. A cambio de la recolección, le daba a mi nuevo amigo algunos billetes y lo dejaba dormir dentro de un Camaro. Me enseñó las llaves del Camaro. Si yo hubiera podido caminar un poco más me habría llevado ahí. Fue una lastima no haber conocido ese auto, pensaba yo, mientras en mi cabeza sonaba una canción:

🎶I wish I was the full moon shining off a Camaro's hood 🎵 

Seguimos platicando hasta el amanecer. Hasta que se apagó el foco. Después corrimos a la explanada para recibir los fríos rayos del sol de las 7 de la mañana. A las 8, responsablemente me dijo que tenía que ir a trabajar. Me invitó y tal vez debí decir que sí. En cambio quedé muy formalmente de encontrarlo esa misma noche, a las ocho, en el mismo lugar. Le debía la vida y quería agradecerle. Invitarlo a cenar al menos. Ahora era mi amigo. Mi buen amigo. 
Pero no llegué a la cita.  Sólo agregué una línea más en mi lista de promesas rotas.  
Al día siguiente, el periódico reportaba 4 muertes por hipotermia en la ciudad.
Lo fui a buscar varias veces después, pero ya nunca lo volví a ver. 

No recuerdo su nombre pero se lo voy a inventar y lo llamaré Virgilio. No merece terminar su historia siendo "el indigente".  Su nombre será Virgilio y le estaré eternamente agradecido por haber aparecido justo a tiempo, por haberme enseñado para qué sirve el antimonio, ah, y claro, por haberme salvado la vida.

Otro cuento de corazones rotos y crujientes

.....Jennifer Lyn Connelly y yo éramos unos niños cuando nos conocimos. La película Laberinto me la presentó, luchando contra monstruos y contra el malvado y traicionero David Bowie. Ese día sucedieron dos cosas en mi corazón que resultaron indelebles: nunca dejé de amar la imagen de Jennifer y nunca pude lograr que me gustara Bowie.

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Abrieron una pequeña y modesta cafetería a un par de cuadras de mi casa. Al verla se me despertó una profunda nostalgia por mi padre, muerto unos años atrás. Él fue el más grande aficionado al café que he conocido y estaba seguro que, de seguir vivo, esa cafetería le habría hecho muy feliz. Yo no había heredado su profundo y peculiar amor por el café, pero igual empecé a ir dos o tres veces por semana a ese lugar. El momento en el que el mesero ponía frente a mi la taza humeante y blanca, siempre blanca, era perfecto para tener la sensación de que mi padre estaba ahí conmigo. Pasado ese instante, ya sólo me quedaba leer algo y beber el café. 

Quiso la vida que un día, cuando pusieron frente a mi la taza blanca, siempre blanca, alcanzara a notar que los dedos que la deslizaban sobre mi mesa eran diferentes. Más finos y blancos, muy, muy blancos. Lo mismo era la muñeca. El antebrazo también, aunque tenia una abundante melena de vellos bien peinados que lo oscurecían un poco, mas al llegar al codo volvía la palidez, el brazo era fino, el hombro perfectamente dibujado, el cuello se alargaba grácil tratando de llegar más lejos, quizá para alcanzar a poner elegantemente la taza sobre la mesa sin tropezar, lo que lanzó su rostro a escasos centímetros de mi rostro. Y ahí estaba frente a mi, con esos mismos ojos de fantasía, con la nariz delineando su rostro a contraluz, sus labios suaves y entreabiertos y su mirada concentrada en poner la taza. Les juro que era ella. Y lo seguiré jurando aunque nadie me lo haya creído jamás. Era Jennifer Lyn Connelly. 

 Ella volteó un poco y me sonrió. Desde ese momento nos hicimos amigos, o bueno, tan amigos como un comensal puede serlo de una barista del lugar que frecuenta.
Pero también desde ese día, lejos de disfrutar más mi café, lo empecé a sufrir. Aquellas salidas que me tomaba 5 minutos planear se volvieron tormentos de 30 o 40 minutos. A veces más, cuando me daba cuenta de que aún no me había bañado. Dejé de ir en chanclas al café, y empecé a invitar a algunos amigos para aminorar los nervios. Y también para enseñarles que había encontrado el anónimo refugio de Jennifer Connelly. Pero nadie la reconocía y apenas le prestaban atención. ¿Acaso soy yo el que sufre un defecto mental que deforma este rostro cotidiano para hacerlo idéntico al de mi amor de pantalla?
A veces también pensaba que mi vida era como en The Thruman Show y la habrían contratado para subir el rating, que por eso los demás actores tenían que fingir que era una chica cualquiera.
Un día, un cretino incluso osó decirme, ya un poco harto de la situación, que la original debía tener por lo menos 10 años más en la vida real. 

Lo cierto, es que la presencia de aquella Jennifer hizo que dejara de recordar a mi papá cuando llegaba la taza de café y que ese momento se me fuera en tratar de controlar las horribles y graciosas muecas que los nervios de adolescente ponían en mi cara. A veces ensayaba un par de diálogos para cada día, porque con ella la improvisación me salía terrible, y por supuesto, se daba cuenta. Entonces comenzó a ayudarme un poco, como una maestra que le sopla las respuestas a su alumno en el examen. Pasaba el tiempo y gracias a su complicidad, los nervios empezaron a irse, dejando espacio a una extraña seguridad personal con la que no estaba familiarizando. Nuestra amistad cruzo la barra y nos puso del mismo lado. La vivíamos cada vez mejor. No recuerdo en qué momento empezamos a contarnos nuestro día bueno y nuestro día de mierda.  También entramos en el peligroso circuito de las adorables pláticas sin sentido. 

Yo babeaba casi literalmente por ella y ella varias veces tuvo que salir corriendo a preparar algo cuando se daba cuenta de que lo había olvidado por estar platicando conmigo. Es de las pocas chicas en la vida con las que he podido mantener una conversación de miradas tan profundas, sin importar las tonterías que salieran de nuestra boca.
—¿Has oido el ruido de la cafetera? —me preguntó una vez— parece como si fuera un pequeño estadio de café celebrando un gol, o una anotación, o lo que sea que el café juegue —me dijo muy seria.
—O tal vez se están quejando por la opresión del agua y quieren estallar en una revolución de granos —dije yo.
—O tal vez así suena cuando le quitan el alma a alguien. Porque cuando pasa el agua por el café se lleva toda su alma y el polvo queda seco y sin vida. —dijo ella.
—O tal vez es una lengua secreta que no podemos entender y que nos dice que tú y yo, no sé, tal vez deberíamos estar admitiendo que nos gustamos—.  Me temblaba la voz. Ella se quedó congelada. No dijo nada, pero yo ya había arrancado y no podía retroceder. 

Le dije —¿Sabes que el otro día soñé toda la noche contigo? Ya no recuerdo muy bien, pero estábamos caminando alrededor de un parque y yo tropezaba por venirte mirando. La caída se hizo interminable. Caí y caí hasta que escuché como te reías de mí. Era una risa malvada y un poco ingenua. Al oírte dejé de caer y te tuve de frente. Tu sonrisa me pareció un poco pervertida y me preguntaste si en verdad podría estar contigo, si en verdad te iba a seguir a cualquier lugar. No supe contestar. Sólo empecé a llorar y te dije que te amaba, pero me dijiste que eso no respondía a tu pregunta y volviste a cuestionar si en verdad yo podría resistir tu amor, si en verdad podría ir contigo sin quebrarme. Quise replicar pero ya no pude, sentía como si mi boca estuviera engrapada. Sólo podía llorar de desesperación. Quería gritar, pero mis labios estaban cosidos. Me miraste con tristeza, te diste la media vuelta y te perdiste entre los árboles. Quise correr tras de ti, pero tampoco podía moverme, sólo pude caer de rodillas entre la gente que pasaba sin siquiera mirarme. Desperté berreando, empapado en lágrimas, sudor y baba. 
No sé que significa ese sueño, pero es verdad que siento algo por ti.
—¡Espera! Tengo que atender aquella mesa- dijo ella, y se fue.  Su rostro no tenía expresión.  No pude leer ni excitación ni rechazo. Quién sabe qué demonios estaría pensando en ese momento. 
Había sido demasiado para mí. Puse un billete en la barra, como en las películas, y me fui a mi casa.

No sé por qué, quizá por cobarde, o por darle tiempo para pensar, pero tardé varios días en volver a aquel lugar. Cuando lo hice no la encontré, ni al otro día, ni al siguiente. La primer semana no me atreví a preguntar por Jennifer y me limité a beber café esperando su regreso. Después de un par de semanas y lleno de ansiedad, le pregunté al mesero por ella. Recuerdo su sonrisa socarrona, como si estuviera cansado de responder la misma pregunta tantas veces a otros comensales. Ya no me dio explicaciones, solo me dijo —vuelve en dos semanas.
Estaba totalmente arrepentido de haberle confesado mi amor de una manera tan torpe, pero me emocionaba la idea de un reencuentro. Cuando extrañas a alguien, sus virtudes lucen aún más hermosas y los defectos suelen desaparecer o incluso, volverse encantadores. No podía saber si ella me extrañaba después de lo que le había dicho, pero jugaba a creer que sí. Gastaba los minutos imaginando que entraría, que me vería y que dejaría una taza de café a la mitad y chorreando. Que correría a abrazarme y yo la levantaría en vuelo. 
Le diría —¡Te extraño!-. 
Le diría —¡Te amo!-. 
Le diría que ahora sí estaba seguro de querer ir con ella. Que me sentía fuerte para resistir y caminar a su lado.

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La vi salir por la puertita de la trastienda. Se paró en la barra y le puso canela a una bebida, la fue a entregar y regresó. Parecía no notarme. En mis sueños ella brincaba a mis brazos y yo la levantaba al vuelo. Ese día ni siquiera tenía ganas de mirarme. Fingía estar ocupada aunque la cafetería estaba casi vacía. Caminé hasta la barra y le dije —Hola. Qué tal el viaje–. Sólo quería ser ameno, pero ella reaccionó mal. 
—¿Cómo sabes que me fui de viaje? ¿Quién te dijo?
—Nadie. Lo dije por adivinar.  Supuse que un mes de ausencia bien valía un viaje.
Jennifer no ocultaba su mal humor. ¿Qué habría pasado?
Le pregunté si le había molestado con nuestra última platica y su rostro cambió a triste. Suspiró y lanzó un cortante —No.
Levantó la mirada y trató de decirme algo durante un par de minutos, pero no lo logró. Después no necesitó hacerlo. Se abrió la puerta de la trastienda y salió un tipo al que no describiré, caminó el breve espacio entre la puerta y la barra y la abrazo desde atrás, por la cintura. Le beso la mejilla y me miró sonriendo. Le volteó la cara con la mano y le besó la boca. Después la soltó, me volvió a sonreír, me extendió la mano y se presentó —Fulano de tal, soy el dueño. Lo que se te ofrezca estoy para servirte—. Luego se fue a sentar a una de las mesas vacías de afuera. 

Seguí yendo a esa cafetería, aunque ya no con la frecuencia de antes. Nuestros saludos se limitaban a sonrisas y movimientos de cabeza o de la mano. No volví a conversar con ella.

Por mucho tiempo me pregunté si Jennifer me amó como yo la amaba, al menos un minuto de su vida. Si siquiera yo le gustaba o sólo era su forma de ser.  Nunca lo sabré. O mejor dicho, elegí no saberlo.

Creo que fue entonces cuando se me clavó la idea de poner una cafetería. Si me hablas de negocios, te voy a hablar de una cafetería. No de un bar, no de un restaurante, no de una taquería. Será una cafetería. Esta vez ¡mi cafetería!

Historia de una hoja huérfana

Está planta de más de un metro es una de las joyas de mi jardín. No parece muy especial, pero cuando la conocí, apenas media unos centímetros. Crecía necia en la orilla de un huacal viejo que usaba como una especie de composta secundaria donde aventaba las cáscaras que no se deshacían en la composta principal. 
Antes de conocerla la arranqué tantas veces de mi vida que perdí la cuenta. Lo hacía cada vez, al remover la tierra seca que se apelmasaba en la caja, sin remordimiento alguno. Me estorbaba. Pero volvía a crecer igual, chiquita, verde y frágil. 

Un día me harté de ver aquella caja de tierra seca y gris. Si bien al principio era un símbolo de la integración con la naturaleza, pronto se volvió una imagen cotidiana, fea y gris, que me recibía cada día al salir por la puerta con mala cara.  Entonces arranqué otra vez la hoja de su rincón, los terrones y los pedazos de cáscara los mezclé en macetas y el huacal lo tiré a la basura. 
Quedó allí la hoja con su tallo delgadito, tendida en el suelo. Tomé la escoba y me puse a barrer. La hojita se iba a ir de mi vida junto al resto de hojas secas que alfombraban mi terraza. 
De pronto la vi de nuevo, ahí en el montón, lista para ser echada a una bolsa, con su brillo pequeñito y verde, resplandeciendo entre el marrón de la hierba muerta. Pude ver por primera vez los diminutos pelitos de su raíz. ¡Ella tenía una raíz! Quién sabe de dónde la habría sacado. Creí que, incluso, también me miraba, y por un momento, me sentí miserable por no haber comprendido el esfuerzo y el tesón que la hoja había empeñado para crecer en un lugar tan triste, una y otra vez. 

Pero qué le vamos a hacer. Ya está en el montón de hojas secas. ¡Ya échala a la bolsa y vámonos!

Y eso hice. La puse en la basura. No pareció importarle mucho. Ella seguía brillando con su verde esmeralda desde aquella tumba de hojas. Ella no estaba muerta como las demás. Ella estaba ahí sacándome la lengua con su ingenuidad de hojita, diciéndome que de todas formas volvería a crecer, como tantas veces antes, totalmente inconsciente de que si cerraba esa tumba no habría próxima vez.

No pude más. Por supuesto que me enojé con ella. La maldije un poco. “¡Pinche hoja!”, le dije, pero enseguida la saqué de la basura.

La tuve entre mis dedos unos minutos. No la entendía del todo y tampoco me gustaba mucho. Era una hoja silvestre como tantas que se deshierban a diario en el mundo… Pero ella quería estar conmigo y eso la hacía especial. Entonces la puse en una macetita y la volví a olvidar. Ahora que lo pienso, ella también necesitaba espacio para entender su nueva vida. Por aquellos días llovió mucho. Al cabo de unas semanas, aquella hojita sin chiste ya media 3 veces su tamaño, tenía más hojas y de pronto vi que era la más hermosa del jardín, con sus perlitas de agua luciendo coquetas y elegantes en todo su cuerpo. 

Al día siguiente fui por la maceta más grande que encontré. Me preguntaba hasta dónde sería capaz de crecer con más espacio y más amor.

Fue por ella que empecé a regar todas las plantas del jardín, disciplinadamente, cuando faltaba la lluvia. Me hacía feliz verla feliz, bailando bajo el chorro de agua.

Ahora mide más de un metro y de aquellos pelillos que fueron sus raíces, crecieron sus nuevos arraigos a la vida. 

Ahora le agradezco a aquella pequeña hoja por haberme hecho entender que estaba ahí para algo más grande.  Le agradezco por estarme enseñado que podemos ser familia. Le agradezco por haberme perdonado después de matarla tantas veces. Le agradezco por haberme sacado la lengua con su brillo pequeñito, justo antes de cerrar la tumba de las hojas muertas.

Chinita

Su cabello híperrizado, largo, cayendo a chorros por su espalda. Chaparrita. La vi entrando al estudio de baile donde se presentaba por prim...