.....Jennifer Lyn Connelly y yo éramos unos niños cuando nos conocimos. La película Laberinto me la presentó, luchando contra monstruos y contra el malvado y traicionero David Bowie. Ese día sucedieron dos cosas en mi corazón que resultaron indelebles: nunca dejé de amar la imagen de Jennifer y nunca pude lograr que me gustara Bowie.
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Abrieron una pequeña y modesta cafetería a un par de cuadras de mi casa. Al verla se me despertó una profunda nostalgia por mi padre, muerto unos años atrás. Él fue el más grande aficionado al café que he conocido y estaba seguro que, de seguir vivo, esa cafetería le habría hecho muy feliz. Yo no había heredado su profundo y peculiar amor por el café, pero igual empecé a ir dos o tres veces por semana a ese lugar. El momento en el que el mesero ponía frente a mi la taza humeante y blanca, siempre blanca, era perfecto para tener la sensación de que mi padre estaba ahí conmigo. Pasado ese instante, ya sólo me quedaba leer algo y beber el café.
Quiso la vida que un día, cuando pusieron frente a mi la taza blanca, siempre blanca, alcanzara a notar que los dedos que la deslizaban sobre mi mesa eran diferentes. Más finos y blancos, muy, muy blancos. Lo mismo era la muñeca. El antebrazo también, aunque tenia una abundante melena de vellos bien peinados que lo oscurecían un poco, mas al llegar al codo volvía la palidez, el brazo era fino, el hombro perfectamente dibujado, el cuello se alargaba grácil tratando de llegar más lejos, quizá para alcanzar a poner elegantemente la taza sobre la mesa sin tropezar, lo que lanzó su rostro a escasos centímetros de mi rostro. Y ahí estaba frente a mi, con esos mismos ojos de fantasía, con la nariz delineando su rostro a contraluz, sus labios suaves y entreabiertos y su mirada concentrada en poner la taza. Les juro que era ella. Y lo seguiré jurando aunque nadie me lo haya creído jamás. Era Jennifer Lyn Connelly.
Ella volteó un poco y me sonrió. Desde ese momento nos hicimos amigos, o bueno, tan amigos como un comensal puede serlo de una barista del lugar que frecuenta.
Pero también desde ese día, lejos de disfrutar más mi café, lo empecé a sufrir. Aquellas salidas que me tomaba 5 minutos planear se volvieron tormentos de 30 o 40 minutos. A veces más, cuando me daba cuenta de que aún no me había bañado. Dejé de ir en chanclas al café, y empecé a invitar a algunos amigos para aminorar los nervios. Y también para enseñarles que había encontrado el anónimo refugio de Jennifer Connelly. Pero nadie la reconocía y apenas le prestaban atención. ¿Acaso soy yo el que sufre un defecto mental que deforma este rostro cotidiano para hacerlo idéntico al de mi amor de pantalla?
A veces también pensaba que mi vida era como en The Thruman Show y la habrían contratado para subir el rating, que por eso los demás actores tenían que fingir que era una chica cualquiera.
Un día, un cretino incluso osó decirme, ya un poco harto de la situación, que la original debía tener por lo menos 10 años más en la vida real.
Lo cierto, es que la presencia de aquella Jennifer hizo que dejara de recordar a mi papá cuando llegaba la taza de café y que ese momento se me fuera en tratar de controlar las horribles y graciosas muecas que los nervios de adolescente ponían en mi cara. A veces ensayaba un par de diálogos para cada día, porque con ella la improvisación me salía terrible, y por supuesto, se daba cuenta. Entonces comenzó a ayudarme un poco, como una maestra que le sopla las respuestas a su alumno en el examen. Pasaba el tiempo y gracias a su complicidad, los nervios empezaron a irse, dejando espacio a una extraña seguridad personal con la que no estaba familiarizando. Nuestra amistad cruzo la barra y nos puso del mismo lado. La vivíamos cada vez mejor. No recuerdo en qué momento empezamos a contarnos nuestro día bueno y nuestro día de mierda. También entramos en el peligroso circuito de las adorables pláticas sin sentido.
Yo babeaba casi literalmente por ella y ella varias veces tuvo que salir corriendo a preparar algo cuando se daba cuenta de que lo había olvidado por estar platicando conmigo. Es de las pocas chicas en la vida con las que he podido mantener una conversación de miradas tan profundas, sin importar las tonterías que salieran de nuestra boca.
—¿Has oido el ruido de la cafetera? —me preguntó una vez— parece como si fuera un pequeño estadio de café celebrando un gol, o una anotación, o lo que sea que el café juegue —me dijo muy seria.
—O tal vez se están quejando por la opresión del agua y quieren estallar en una revolución de granos —dije yo.
—O tal vez así suena cuando le quitan el alma a alguien. Porque cuando pasa el agua por el café se lleva toda su alma y el polvo queda seco y sin vida. —dijo ella.
—O tal vez es una lengua secreta que no podemos entender y que nos dice que tú y yo, no sé, tal vez deberíamos estar admitiendo que nos gustamos—. Me temblaba la voz. Ella se quedó congelada. No dijo nada, pero yo ya había arrancado y no podía retroceder.
Le dije —¿Sabes que el otro día soñé toda la noche contigo? Ya no recuerdo muy bien, pero estábamos caminando alrededor de un parque y yo tropezaba por venirte mirando. La caída se hizo interminable. Caí y caí hasta que escuché como te reías de mí. Era una risa malvada y un poco ingenua. Al oírte dejé de caer y te tuve de frente. Tu sonrisa me pareció un poco pervertida y me preguntaste si en verdad podría estar contigo, si en verdad te iba a seguir a cualquier lugar. No supe contestar. Sólo empecé a llorar y te dije que te amaba, pero me dijiste que eso no respondía a tu pregunta y volviste a cuestionar si en verdad yo podría resistir tu amor, si en verdad podría ir contigo sin quebrarme. Quise replicar pero ya no pude, sentía como si mi boca estuviera engrapada. Sólo podía llorar de desesperación. Quería gritar, pero mis labios estaban cosidos. Me miraste con tristeza, te diste la media vuelta y te perdiste entre los árboles. Quise correr tras de ti, pero tampoco podía moverme, sólo pude caer de rodillas entre la gente que pasaba sin siquiera mirarme. Desperté berreando, empapado en lágrimas, sudor y baba.
No sé que significa ese sueño, pero es verdad que siento algo por ti.
—¡Espera! Tengo que atender aquella mesa- dijo ella, y se fue. Su rostro no tenía expresión. No pude leer ni excitación ni rechazo. Quién sabe qué demonios estaría pensando en ese momento.
Había sido demasiado para mí. Puse un billete en la barra, como en las películas, y me fui a mi casa.
No sé por qué, quizá por cobarde, o por darle tiempo para pensar, pero tardé varios días en volver a aquel lugar. Cuando lo hice no la encontré, ni al otro día, ni al siguiente. La primer semana no me atreví a preguntar por Jennifer y me limité a beber café esperando su regreso. Después de un par de semanas y lleno de ansiedad, le pregunté al mesero por ella. Recuerdo su sonrisa socarrona, como si estuviera cansado de responder la misma pregunta tantas veces a otros comensales. Ya no me dio explicaciones, solo me dijo —vuelve en dos semanas.
Estaba totalmente arrepentido de haberle confesado mi amor de una manera tan torpe, pero me emocionaba la idea de un reencuentro. Cuando extrañas a alguien, sus virtudes lucen aún más hermosas y los defectos suelen desaparecer o incluso, volverse encantadores. No podía saber si ella me extrañaba después de lo que le había dicho, pero jugaba a creer que sí. Gastaba los minutos imaginando que entraría, que me vería y que dejaría una taza de café a la mitad y chorreando. Que correría a abrazarme y yo la levantaría en vuelo.
Le diría —¡Te extraño!-.
Le diría —¡Te amo!-.
Le diría que ahora sí estaba seguro de querer ir con ella. Que me sentía fuerte para resistir y caminar a su lado.
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La vi salir por la puertita de la trastienda. Se paró en la barra y le puso canela a una bebida, la fue a entregar y regresó. Parecía no notarme. En mis sueños ella brincaba a mis brazos y yo la levantaba al vuelo. Ese día ni siquiera tenía ganas de mirarme. Fingía estar ocupada aunque la cafetería estaba casi vacía. Caminé hasta la barra y le dije —Hola. Qué tal el viaje–. Sólo quería ser ameno, pero ella reaccionó mal.
—¿Cómo sabes que me fui de viaje? ¿Quién te dijo?
—Nadie. Lo dije por adivinar. Supuse que un mes de ausencia bien valía un viaje.
Jennifer no ocultaba su mal humor. ¿Qué habría pasado?
Le pregunté si le había molestado con nuestra última platica y su rostro cambió a triste. Suspiró y lanzó un cortante —No.
Levantó la mirada y trató de decirme algo durante un par de minutos, pero no lo logró. Después no necesitó hacerlo. Se abrió la puerta de la trastienda y salió un tipo al que no describiré, caminó el breve espacio entre la puerta y la barra y la abrazo desde atrás, por la cintura. Le beso la mejilla y me miró sonriendo. Le volteó la cara con la mano y le besó la boca. Después la soltó, me volvió a sonreír, me extendió la mano y se presentó —Fulano de tal, soy el dueño. Lo que se te ofrezca estoy para servirte—. Luego se fue a sentar a una de las mesas vacías de afuera.
Seguí yendo a esa cafetería, aunque ya no con la frecuencia de antes. Nuestros saludos se limitaban a sonrisas y movimientos de cabeza o de la mano. No volví a conversar con ella.
Por mucho tiempo me pregunté si Jennifer me amó como yo la amaba, al menos un minuto de su vida. Si siquiera yo le gustaba o sólo era su forma de ser. Nunca lo sabré. O mejor dicho, elegí no saberlo.
Creo que fue entonces cuando se me clavó la idea de poner una cafetería. Si me hablas de negocios, te voy a hablar de una cafetería. No de un bar, no de un restaurante, no de una taquería. Será una cafetería. Esta vez ¡mi cafetería!