18 de junio de 2019
- Los aplausos son para el tatuador Osvaldo Castillo.
- Sí dolió.
- Significa mucho para mí.
- He hecho lo que ha estado en mi entender para guardar respeto.
- Esta es una larga historia de por qué me hice este tatuaje.
Cuando tenía 17 años estaba decidido a hacerme un tatuaje. Quería desesperadamente la imagen del marciano Marvin, el de los Looney Tunes, en mi espalda. Parado sobre un lunarzote que tengo y que haría las veces de asteroide. Me sentía tan conectado a Marvin, un humanoide con inteligencia superior, al que todo le salía mal. Un inadaptado que no lograba vencer al tonto Pato Lucas, ni en astucia, ni en la guerra, ni en nada. Su inteligencia era meramente anecdótica. Pero Marvin, después de todo, era ese inadaptado que no se lamía las heridas ni se regodeaba en su miseria. No era el estereotipo del nerd. Era un guerrero. Sin éxito, pero guerrero al fin y al cabo.
Ese tatuaje me lo propuse como un trofeo que ganaría al terminar uno de los años más difíciles de mi vida escolar. Sin embargo, igual que Marvin, fui vencido y no logré sacar ese año más que con interminables exámenes que alargaron mi agonía y mi vida escolar un año más. Así que no tuve recompensa, ni cabeza para pensar en ella. Me dio hasta gastritis. Luego falleció mi padre, me puse a trabajar y la idea del tatuaje cayó en el olvido.
Varios años después, laborando en la redacción de un periódico de izquierda, mi círculo social se rodeó de tatuados, perforaciones, penachos punk y cualquier distintivo outsider que ni siquiera pudiese haber imaginado. El equipo de vendedores era un muestrario de todo aquello que yo había temido y admirado. Ahí volvió a aparecerse la idea del tatuaje, pero ya no fue lo mismo. Entonces me avergonzaba un poco de haber querido un muñeco de caricatura que ya no me representaba en lo absoluto. Había vivido demasiadas cosas en muy poco tiempo como para sentir que ya no era, para nada, aquel estudiante que quería tatuarse a Marvin parado en un lunar-asteroide. Y eso me marcó.
Cada vez que pensaba en tatuarme, pensaba en ese Marvin que no fue, y en lo incómodo que sería haber tenido que cargarlo toda la vida. Y no volví a tener una imagen con la que quisiera comprometerme. No vi imagen alguna a la que quisiera regalarle ni medio centímetro de mi vida. Y así pasó mucho, pero mucho tiempo. Hasta que hace un par de años, la cosa cambió.
Antes de eso, la vida se me presentó como esa mezcla entre azar y decisiones, entre lo que fue mi responsabilidad y un montón de sucesos que pasaron sin que pudiera meter ni un dedo. Así, de pronto, la vida me estaba dando la golpiza más terrible de mi vida (cosa que envió a mi padre al segundo lugar).
Pero la vida también me ponía alternadamente en lugares tan maravillosos, que me costaba trabajo creer que estaba ahí.
Y fueron esas intermitencias entre lo terrible y lo sublime las que avivaron recientemente la idea del tatuaje. Tenía que honrar el haber pasado por todo eso para caer, cual Dorita después del tornado, en un lugar tan mágico como en el que estoy ahora. Tenía que recordar que la vida da y la vida quita, y que todo es parte el juego. La tan trillada idea de la dualidad estaba ahí. Lo complicado era encontrar la imagen.
Sabía que, absolutamente, NO quería un ying yang. Es una imagen precisa y preciosa, pero no la quería en mi cuerpo. ¿Qué más podía ser? Todas las formas que evocaban la dualidad me parecían sosas, no per se, sino sosas porque no significaban mucho para mí.
Y así empezó a trabajar esa cosa que no se explicar y que para economizar explicaciones llamaré “la energía”. Y la energía me llevó a mis siete años, cuando mi mamá me llevaba a la biblioteca de Radio Educación a tomar clases de náhuatl, con el profesor Tlanextic, a la misma hora que en el vidrio de enfrente Tomás Mojarro grababa su programa con ademanes furiosos y gritos que salían de la protección acústica de la cabina.
Mi mamá, con estas clases, con las historias que me contaba y con las dos o tres visitas al año que hacíamos a Teotihuacán, me conectó de forma indeleble con mi energía de nacido en el Valle de Anahuac, a pesar de que mi apellido Hernández dice que soy hijo del conquistador.
Bueno, esto se los cuento para explicar de dónde me vino la idea de este tatuaje. Tenía que ser algo que me conectara con esa raíz. Pensé entonces en las imágenes que más fuertemente marcaron mi vida. Ahí estaban Tezcatlipoca, Tlaloc, Huitzilopochtli, Quetzalcoatl y cada uno tenía una diferente y poderosa carga semántica, espiritual, simbólica, etcétera.
Pensé en Huitzilopochtli, dios guerrero, el que nació para proteger a su madre Coatlicue y matar a sus propios hermanos. Pero no, ese no sería mi primer tatuaje. Si Freud hubiera sido mexicano el complejo de Edipo se llamaría complejo de Huitzilopochtli, era algo que no quería cargar, así que lo descarté.
Pensé en Quetzalcoatl, el más sabio, la serpiente emplumada, pero en su historia era un ser de tanta luz, que no advirtió que en su sombra el ego crecía. Se puso ebrio, hizo mil desfiguros y se sintió humillado, pero en lugar de reconocerse falible sucumbió a la deshonra de ser un mal dios. Fue víctima de su vergüenza y al final fue golpeado y castigado en y por su ego. Huyó para expiar su humillación y prometió "volver para proteger" a su pueblo. El pueblo mexica era un pueblo guerrero que podía protegerse bien sin él, pero la soberbia de Quetzalcoatl y la ilusión que tenía el pueblo de su vuelta los maniató, confundieron a los españoles con Quetzalcoatl y fueron devastados sin demasiada resistencia. Así que tampoco lo quería para llevarlo conmigo como primer tatuaje.
Pensé en Tlaloc y pensé que mi vida ha fluido tanto como el agua, que ha corrido y se ha estancado, evaporado y congelado tanto que ahora no necesitaba sino lo contrario, ser raíz y no agua.
Por qué Tezcatlipoca Negro
Y así quedó Tezcatlipoca, el del espejo que humea, señor de la obscuridad, de lo misterioso. El descarnado que usó su pie como carnada para pescar al gran lagarto que dio origen al mundo. Es el señor del norte y con el norte, es como se orientan las brújulas.
La historia del Tezcatlipoca Negro fue una de las historias que más impactó mi infancia. ¡Su arma era un espejo de obsidiana! Vaya, o era un inútil, o ese espejo debía ser más poderoso de lo que yo podía entender, pero para mi era impresionante. Y desde luego que no era ningún inútil, porque fue Tezcatlipoca quien derrotó al más sabio de todos los dioses: a Quetzalcoatl, a la serpiente emplumada, al protector del pueblo. Fue quien lo embriagó con pulque y luego le mostró su reflejo hasta hacerlo llorar de vergüenza y de rabia por haber fallado a su divinidad. Que terrible puede llegar a ser un reflejo, pensaba yo entonces, cuando escuchaba esta historia.
Y por muchos años, Tezcatlipoca negro o Yayauhqui Tezcatlipoca, permaneció en mi mente como la figura malvada de la teología mexica, aunque algo me decía que no debía ser exactamente malvado, porque me causaba demasiada admiración.
Por eso, vuelvo a recordar la cátedra del maestro Tlanextic, cuando el primer día nos dijo que para aprender el idioma había que aprender la filosofía de los pueblos, porque si no, era imposible entenderlo. Y tenía toda la razón. Por eso, los brutos conquistadores europeos entendieron todo mal y todo les pareció algo diabólico, por su torpe obsesión de querer encajar todo en Dios o El Diablo, bueno y malo, blanco y negro, pffff.
Y gracias a las vivencias, que por suerte, no siempre pasan en vano, aprendí la importancia del reflejo. Yo soy el que soy, pero también el que no se que soy. Hay más en mi reflejo de lo que yo alcanzo a ver. Hay cosas en mi reflejo que me duele ver, que me causan vergüenza, que me torturan y que me hacen, sin saberlo, tomar las decisiones que me tienen aquí y ahora. El espejo de obsidiana de Tezcatlipoca es la sombra de la que habla Jung, es el inconsciente del que habla Freud, tiene y es en sí su propio lenguaje, como dice Lacan.
Por eso no hay namasté, ni in lak´ech, ni te siento, ni ninguna de esas mamadas new age, si no has trabajado primero con tu reflejo. Punto.
Qué mejor imagen para la dualidad en mi vida que esa.
El tatuador
A medida que se iba desarrollando la idea del tatuaje, fui tratando de encontrar al tatuador, pero tenía un problema ideológico: no quería a cualquiera, buscaba a alguien muy particular y aún no lo conocía.
Años antes, hablando con una persona muy querida y muy adentrada en el manejo de la energía espiritual, física y metafísica, aprendí lo siguiente: El que te tatúa te hiere y a través de esa herida se crea un vínculo energético. Sus larvas pueden volverse tus larvas y la figura dibujada en tu piel toma la energía del lugar y del momento. Bastante importante, tomando en cuenta que yo buscaba un símbolo ritual personal, más que una decoración.
Ya con la idea en la cabeza, pasé más de un año buscando al tatuador. Cuando lo encontré, me sorprendió la fidelidad y el cuidado que tiene al reproducir las líneas y los colores originales. Nada de estilos raros. No encontré a nadie más con un trabajo así. Era perfecto y se cruzo en mi búsqueda en el momento preciso.
Lo investigué, me sorprendió que fuera una persona adentrada y respetuosa en los rituales. Entendí entonces, por qué tuve que esperar, por qué tenía que ser él y que sí había valido la pena de esperar.
La imagen
Me contaron la historia de que hay personas que ya viene al mundo con sus tatuajes, que estos se revelan a su propio tiempo y que que uno sólo cree elegirlos.
Luego de investigar por semanas, entendí que sería la reproducción de la lámina 17 del Códice Borgia (o mejor dicho, del amoxtli Yoalli Ehecatl) el primero en ser revelado. En esta página, aparece Tezcatlipoca ataviado cual poderoso guerrero, acompañado por los símbolos calendáricos. Hay muchas representaciones de Tezcatlipoca, pero esa era la mía. El problema fue desarrollar la imagen, demasiado compleja para un tatuaje. Era necesario simplificar muchos elementos del dibujo y “restaurar” otros, respecto al original. Eso me tuvo nervioso las semanas previas. Busqué imágenes, intenté vectorizar yo mismo la imagen, pedí ayuda y nada me dejaba satisfecho. Llegué nervioso y molesto al estudio del tatuador. Tenía miedo de que algo pensado por tanto tiempo fuera a resultar en un dibujo que no era el mío. Asi llegué a la cita hablé con el tatuador e igual que se revela una fotografía, poco a poco fue surgiendo de nuestra conversación, de Internet y de su lápiz la versión perfecta. ¡Era esa!
Y así empezó a marcar la piel, luego vinieron los primeros trazos con la máquina, un poco de dolor extraño y luego... empezó a sonar la alerta sísmica. ¡Por favor!
Estábamos en un edificio, en la zona donde se cayeron más edificios en el último terremoto. Así que medio encuerado, salí a la calle. La gente me miraba raro. Fue una llamada. Si no estaba seguro, ahí podría haber huido. 5 minutos después, volvíamos al trabajo.
El tatuador me ofreció un trago. Yo iba preparado con mi actitud purificadora diciendo que no bebería alcohol, pero él me cayó con una forma casi paternal “si no bebes no vas a aguantar, carnal, así que echate una chela”. Entonces me tomé tres.
Después de 7 horas en el estudio y 5 de rayoneo, salí de ahí, mareado, sintiendo que me iba a dar fiebre y muerto de hambre, pero feliz.
Permiso para portar la imagen
Un par de días después, hice una pequeña peregrinación al Templo Mayor. A lo que fuera la pirámide de Tezcatlipoca. A visitar el espejo de obsidiana que, se dice, descansaba en la cima como sagrado objeto de culto.
Al salir, cayó sobre mi cabeza la tormenta más fuerte, densa y helada que recuerdo en los últimos muchos años. Lo sentí como un bautizmo y lo agradecí, dolorosamente entonces, felizmente ahora.
El cuerpo
El tatuaje apareció en el pectoral. La única forma en que yo puedo verlo completo, alineado y en toda su forma es mirándolo en un espejo.
Está del lado derecho porque así no se superpone al corazón, pero permanecerá mirándolo hasta que se detenga.
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