10 de abril de 2020
Me suscribí a un perro (sí, como a Netflix).
En la calle vive un perro, bueno, muchos, pero mi historia es sobre uno especial. Es sobre ese perro que me caía tan mal.
Me quiso morder desde la primera vez que me vio llegar por su calle. Yo, recién mudado después de separarme y con mil derrotas en la cabeza, encima encontraba la "linda" recepción de un perro que me odiaba. Y era personal. Lo juro. Podía despertarse y correr sólo para ladrarme. El méndigo aprendió a reconocerme así fuera caminando, en la bicicleta o en la moto. Se volvió muy disciplinado para chingarme. Aun si pienso, en retrospectiva, que realmente nunca buscó clavarme los dientes, estoy seguro de cuánto gozaba aterrorizándome. Era como esos pandilleros del barrio que se esfuerzan demasiado sólo para enseñarle al chico nuevo quién manda.
Pero un día, a ese bravucón le pareció que unos sobrecitos de comida bien valían una tregua. Fueron los 20 pesos mejor invertidos de la semana. A partir de ese momento, a lengüetazos, me entregó mi membresía como habitante de SU barrio.
Y siguió corriendo hacia mi, pero ahora buscando regalos. No le interesaban las caricias o los juegos. En unos segundos podía saber si yo traía algo delicioso o no. Y si no, se iba enfadado. Ya no me agredía, pero ahora se dedicaba a talonearme. Me parecía tan convenenciero, casi extorsionador, que derrumbó en mi el mito de que los perros son nobles por naturaleza. Ese perro no lo era.
Siguieron pasando los días. En algún punto, no sé cómo ni por qué, pero nos fuimos haciendo amigos. Tal vez porque aún sabiendo que era un cabrón taimado, nunca le dejé de saludar con palmaditas en la cabeza y un sobre de comida de vez en cuando. Me empezó a respetar en su barrio y del respeto, la amistad queda muy cerca.
Así, mi nuevo amigo empezó a llegar contento a visitarme. Comencé por ser cortés y me hice de una bolsa de croquetas para tener algo que invitarle, como se hace cuando uno tiene visitas. Se volvió cotidiana su presencia y el mugroso perro me empezó a domesticar. Parecía haberse leído las lecciones del zorro en El Principito.
Ahora ya tenía croquetas esperando y un pocillo con agua en la terraza. Si llegaba y mi puerta estaba cerrada, movía un poco su ruidoso trasto a manera de timbre. Nunca ladraba cuando venía de visita. Además se sentaba y obedecía algunas órdenes. Resultó ser un perro que sabía corresponder la educación con la que era recibido. Parecíamos ingleses.
Aun así, no dejaba de ser un perro de la calle. Es decir, tiene dueño a unas cuantas casas de aquí, pero vive en la calle. Llegaba cochino, lleno de tierra, lagañas y muchas garrapatas. Por un tiempo, las sesiones de desgarrapatización se volvieron parte de nuestra convivencia. Había que desprender una por una, con todo cuidado porque si se arrancan puede ser peligroso, y después echarlas en un recipiente con agua clorada para que mueran junto con sus huevos. Mientras tanto, el perro tenía prohibido pasar por la puerta. Pobre. Él quería entrar a descansar del duro calor caribeño, pero siempre había una puerta que se cerraba en su nariz.
Hasta que un día me aburrí de quitarle sus bichos. Siempre se iba limpio y regresaba infestado. Era la chinche de Sísifo. No podía continuar así. O lo echaba definitivamente de mi casa o me suscribía a sus servicios de compañía.
Legalmente no lo puedo adoptar porque tiene dueño. Aún así, decidí comenzar a pagar por la higiene de mi amigo, que consiste en una pastilla antigarrapatas y desparasitante. Se las tiene que tomar religiosamente cada mes. Las tengo que pagar cada mes. De esa manera y con su respectivo baño, ya puede entrar a echarse una película con Nuez (mi familia gato) y conmigo. Nos llevamos bien y Nuez lo tolera. Realmente vale la pena. Verlo aquí, tan tranquilo y sereno, me da felicidad. Me transmite su calma. Cuando se marcha ya sé que volverá. Me hace bien su amistad.
Así que a partir de ahora, para disfrutarlo, debo estar atento y no olvidar renovar mi suscripción mensual a los beneficios de un perro.
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