En algún momento de mi adolescencia, me enamoré hasta el tuétano de Katia. Ahí aprendí, tristemente, que entre más me gusta alguien, más bruto me vuelvo y nunca llegué a tener algo con ella. Pero antes de fracasar en el amor, conocí a Savage Garden. Ella los amaba. Yo entonces pasaba por una época de intensa afirmación rocker, mas cuando lo supe, no dudé en ir a comprar un disco de la banda. Quería conocerla hasta en su música. Lo que escuché, además de los sencillos que rolaban en la radio, me pareció bastante interesante. Especialmente para ser pop tan fresa. Incluso me gustó. Y después me gustó más. Y pasó la vida. Y ella se me empezó a olvidar. Y luego se me olvidó. Pero Savage Garden no. Y aunque ya no tengo ese disco, cada vez que por ahí suena alguna canción, empiezo a cantar, me acuerdo bonito de ella y me da risa que lo único que puedo recordar claramente es su piel canela, sus chalecos de mezcilla y su herencia pop.
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