jueves, 17 de noviembre de 2022

Paola

Me enamoré cuando mi mano rozó la suya, pero yo era un idiota y por mis manos la perdí. Era el amor de mi vida a los 13 años. Vaya que dolió. Y mucho.
Y todo por reprobar 7 materias en secundaria. Mi papá decidió que aquella escuela de verano sería lo mejor para enfrentar los temibles extraordinarios. Y entré ya con el curso empezado, ya todos tenían amigos y yo había perdido el toque para hacerlos. Era el chico solitario que en los recesos habitaba un rincón del patio. Y así, un día, nuestras manos se rozaron, ella me sonrió, casi por accidente, en la fila para comprar donas. Nunca había sentido algo así. Mis manos también empezaron a sudar, a temblar, a tronarse los dedos. Mi cuerpo sacó a lucir, completito, su catálogo de tics. Ahora que lo pienso, tal vez por eso nadie me hablaba. Era raro. Mucho más que ahora.

¡Ya me acordé! Se llamaba Paola.  Amé a Paola desde que la vi sonreír. Ella logró que mi mundo se hiciera elástico, como una liga. Como cuando sientes el cuerpo caer al vacío sin moverte. Como cuando todo alrededor se aleja pero se te viene encima al mismo tiempo. Así era ella. Y me eligió. No sé por qué demonios, pero me eligió para mirarme desde su pupitre y me eligió para hacerme saber, todos los días, que quería estar cerca de mi. Y empecé a soñar con ella. Y a desear las horas de esa escuela, que aunque me robaba mis vacaciones, me dejaba estar cerca de ella.  Por su culpa me volvió a importar la escuela. Sólo me faltaba encontrar el valor para decirle que la amaba. Que se me estaba desbordando la cabeza y el cuerpo. Que no sabía qué hacer. Y como todo buen cobarde, lo deje para el último día.

 Y se acercaba el último día.

El grupo tendría una fiesta. Tan en grande como se puede tener en un parque, a los 13 años. Planearon, la comida, la botana, la bebida y hasta la forma de ocultar alcohol de la policía. Planearon hasta invitarme a mi, el raro. Planearon incluso, juntar más dinero del necesario, por si acaso. Y todo eso salió de maravilla. Tanto, que se empezaba a sentir algo extraño.

Y llegó el último día.

Nos aplicaron un examen larguísimo y tormentoso. El que lo terminaba tendría que salir y no volver a ese salón jamás. Era la última actividad de esa escuela de verano. Así que esperaríamos afuera hasta que saliera el último, lo moleríamos a zapes por bruto y empezaríamos con la fiesta. Ese era el plan. 
Y yo era el tipo que reprobaba por no hacer tarea, y a veces por mi pésima conducta, pero los exámenes eran mi especialidad. Sabía todos los trucos y jamás me ponía nervioso. Por eso terminé tan pronto. Demasiado pronto. Así que fingí seguir concentrado para no salir. Quería esperar a Paola. Quería declararle mi amor a gritos ahí mismo. Yo no podía dejar de mirarla, tan hermosa, tan concentrada, tan regia, levantando la mirada de vez en cuando para sonreírme. La maestra se dio cuenta, pensó que le estaba pasando las respuestas, me quitó el examen y me corrió del salón.

Afuera había otros dos chicos que respondieron aún más rápido que yo. Uno era un tipo sin chiste y el otro era el más popular, uno de los organizadores y alma de la fiesta. No había mucho de qué platicar entre nosotros. Además yo sólo podía pensar en Paola, cruzando majestuosa aquella puerta. Nos aburrimos. Los minutos corrían y nadie más salía. —¿Qué les pasa? ¿Son tan tontos?— dijo el tipo sin chiste. Yo me encogí de hombros. El popular dijo—Yo tengo el dinero de todo el grupo. Si no se apuran celebraremos sin ellos—. Nos reímos mucho. Pero la broma nos explotó en la cabeza. Dejamos de reír y empezo un extraño juego de miradas tipo El bueno, el malo y el feo. Se me heló la sangre. El amor de mi vida estaba del otro lado de la puerta, contestando su examen, esperando terminar para verme.
Nunca logré entender por qué lo hice, pero hablé. Con otra voz, con mi cabeza y mi corazón gritándome que no fuera un idiota, pero con mi lengua y mi garganta diciendo con frialdad —Vámonos a los videojuegos. 
Tendrían que haberme mirado feo y entonces yo habría dicho que sólo era una broma, me habría reído, habría visto salir a Paola y ahora estaría contándoles sobre la primer chica que me rompió el corazón. ¡Pero no! Los idiotas me tomaron en serio. Me hicieron caso. ¡A mi, al tipo raro! Y empezamos a caminar, a alejarnos lentamente. Me siguieron al abismo. Y aunque caminé lo más lento que pude, llegamos a la avenida y tomamos un taxi rumbo a Plaza Universidad. Ni Paola ni nadie más salió para detenernos. 
Jamás la volví a ver. 
Hay un lugar en mi alma donde debería estar el recuerdo de mi primer gran amor, de Paola, de mis manos en su cintura, en su cabello, de su olor y su sonrisa. En lugar de eso, tengo el recuerdo de una de las tardes más increíbles de videojuegos, con dos nuevos amigos, con mis manos en los botones y todas las retas de Street Fighter que el dinero del grupo pudo pagar.

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