5 veces en la vida algún idiota me ha apuntado un arma a la cabeza. He visto el cañón de 6 pistolas automáticas, dos revólveres y una escopeta. Estúpidas situaciones en las que el dedo del otro ha juzgado si vivo o muero. Y eso que, me parece, y podría jurar, que nunca he andado en "malos pasos". Aunque sí hubo un tiempo donde me involucré hasta el tuétano en querer hacer la revolución. No sé si eso cuente como "malos pasos" pero fue ahí cuando sucedió esto. La única vez en que de verdad creí que me iban a matar.
Yo militaba en un colectivo de arte popular. Hacia teatro, música y un periódico, pero sobre todo, política contra el poder. Y el colectivo organizaba por tercera ocasión un encuentro internacional. Teatro de protesta y rebeldía. Venían grupos de toda América Latina , algunos europeos y otros tantos mexicanos.
Inmediatamente pedí coordinar al equipo de recepción y nadie se opuso. Hasta me miraron extrañados. El trabajo era de los más exigentes, había poco glamour de escenario y muchas horas perdidas entre trámites de migración y el aeropuerto. Pero mi cabeza de 20 años hizo un rápido cálculo que nadie más anticipó: si tenía que recibir y coordinar a muchos grupos extranjeros, debían ser muchas más las chicas extranjeras para las cuales yo sería su primer encuentro con un mexicano revolucionario. Y no me equivoqué. Aunque esta historia es sobre pistolas. Lo del amor... mejor después.
La cosa es que el horno político no estaba para bollos. ¿Y cuándo lo ha estado en México?
Por aquellas fechas habíamos sufrido amenazas, algunas detenciones ilegales e incluso estaba reciente un intento de secuestro al fundador de la organización. Yo salía a la calle sintiéndome a ratos un rebelde, a ratos un ratón asustado.
Pero ahí estaba yo, viviendo con mis cartelitos en la zona de llegadas del aeropuerto, emocionado, entre músicos, cirqueros y teatreros que aterrizaban y se iban conmigo a la sede del encuentro, donde al caer la noche cantábamos y compartíamos historias, canciones, cigarros, fogata y amor.
Aquel día llegaron 3 personajes, miembros de una compañía de teatro que no quería compartir tanto. Habían reservado su propio hotel y traían como 18 maletas. No eran amables. En realidad me parecieron insoportablemente pedantes.
Como solo llevaba el viejo auto de la organización y además a un par de amigos para ayudar, tuve que conseguir una camioneta grande para su inesperado equipaje. Pero en un descuido y dando un giro muy extraño y gandalla a la situación, se subieron a la camioneta con el conductor y se fueron. Y mientras ellos seguramente subían los pies en los asientos, me quedé yo, con mis dos compañeros y como 18 maletas, tratando de entrar en un auto. Ahora que lo pienso, debimos haberlos mandado en metro, pero en lugar de eso, acomodamos las maletas, nos mentimos al auto casi sin poder respirar y nos pusimos en marcha.
Imagina la escena. Ves pasar un auto de lo más viejo, con la pintura devastada, sin un vidrio y sonando a lata de sardinas, conducido por tres mugrosos, barbudos, greñudos y con pantalones rotos, pero lleno hasta el tope de maletas bonitas y caras. ¿Qué te imaginarías tú si nos vieras?
Pues probablemente lo mismo que aquellos tres judiciales que se nos emparejaron a toda velocidad, asomaron la cabeza por la ventana, nos mostraron su placa y dos pistolas calibre 38, de las que parecen cañones, que se ven aún más grandes cuando te las apuntan a la cara y nos gritaron ¡oríllense, hijos de la chingada!
Y pues nos orillamos.
Tal vez podíamos cantar Fuck the police! a todo pulmón durante una marcha, pero con una bala de ese tamaño viéndote por el ojo de un cañon, se nos quebró la voz.
Frenamos sobre Tlalpan. En hora pico. Como si fuera una operación de película, nos sacaron del auto empujándonos con las pistolas, mientras cientos de autos pasaban fingiendo no mirar. Nos metieron a su auto. No era precisamente una patrulla, pero tenía torreta. Uno de ellos subió a nuestro carro. Quiso arrancar y... ¡No pudo! Aquel vejestorio tenía miles de mañas. Sacaron al Ramoncito de la patrulla y lo obligaron a manejar nuestra carcacha. Entonces arrancamos.
¿Has visto esa escena de Pulp Fiction donde John Travolta va volteando al asiento trasero, platicando con su prisionero, gesticulando con la pistola en la mano y de pronto pasan por un bache y por el brinco le dispara accidentalmente en la cabeza? Bueno, fueron como 40 minutos de vivirlo en carne propia, rogando a todos los dioses que no nos fueran a poner un maldito bache en el camino.
Y afortunadamente no lo hicieron.
Pero ahí estaba ese Travolta mexicano, pistola en mano, regañándonos tan amistosamente, casi casi paternal, hablando sin ahorrar en groserías. Nos decía:
--El gobierno ya está hasta la madre de sus pinches revoluciones pendejas. Se hubieran dedicado a estudiar en lugar de estar en sus desmadres creyéndose el Che Guevara. Ahora ya ven, aquí ya valieron madre. Nomás los traemos dando vueltas porque estamos esperando ordenes del comandante, pero quien sabe si la van a librar.
Se nos puso helada la sangre, en el asiento trasero de aquel Neón plateado.
De pronto frenamos. El lugar era total obscuridad. Desierto. Atrás del Estadio Azteca. Donde hasta los policías temen entrar de noche. Nos apuntaron desde afuera y nos hicieron bajar. Nuestro auto viejo también llegó. Nos llevaron hacia su vieja cajuela. Perfectamente cabíamos los 3. Nos pidieron meter la cabeza y apoyar las manos dentro. Por algunos minutos escuchamos mucho movimiento. El tipo que nos vigilaba mantenía apuntando su pistola hacia nuestros cráneos. Nos lo recordó varias veces. Hablaba con alguien por teléfono. Después de unos minutos, dijo --Ok- y colgó. Luego, aquella voz gritó --¡pues ya chíngatelos y déjalos en la cajuela!
Sentí una vez más el fierro frío abajito de la nuca. El tipo todavía nos dijo --No es nada personal, chavos. Ya saben cómo es este pedo.
Se escuchó un "clack". La pistola subiendo el cartucho.
Apreté las muelas y los ojos. Apreté absolutamente todo, porque a pesar del terror, por un instante tuve más miedo de orinarme y que circulara la foto de mi cadáver con los pantalones mojados. Que ridículo era todo.
Y de nuevo un "clack". Tragué saliva. Solté una lágrima y entonces...
Nada.
Absolutamente nada.
Media hora de terror después, cuando al fin tuvimos el valor de levantar la cabeza, descubrimos que se habían ido. Al que dejaron para "chingarnos" también había desaparecido. Se habían llevado todas las maletas y las llaves de nuestro auto. Solo nos miraban unos pandilleros de aquella mortal colonia. Pero para ese momento, hasta nos alegaron la vista. Les preguntamos --¿Cómo salimos de aquí?
Se sorprendieron tanto que se portaron sonrientes y amables.
Nos lo hicieron saber. No estaban muy acostumbrados a ver gente viva salir caminando de aquel lugar a las 2 de la mañana.
28 febrero 2021
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