Mi mamá me abortó a los 8 meses. Por accidente, claro, pero salí al mundo a los sorprendentes 8 meses involuntariamente, transparente, asustado y como todos los ochomesinos, con un pie de regreso en el feo y cursi paraíso de los bebés.
Mi mamá había aguantado estoica este nuevo embarazo, 9 años después de que hubiera decidido no tener más hijos. Seguramente mi papá tampoco tenía ya la misma energía que una década atrás. Así que esa noche de julio, cuando mi mamá se empezó a retorcer por el dolor de estómago, fue sencillo culpar a los frijoles de la tarde. No era necesario ir al médico por culpa de unos frijoles muy condimentados. En cambio, era el pretexto perfecto para ir a la cocina a preparar una jarra de chocolate caliente, delicioso y espumoso.
Mi mamá se fue a sentar, con su jarra y una taza, a la mesa del comedor, en la penumbra de la media noche. A cada retortijón, mi mamá bebía un sorbo. Luego otro poco nada más porque sí. Y otro poco.
Ya es suficiente, se dijo al terminar la jarra, y se levantó de la mesa, pero el dolor la regresó de golpe. Esta vez se sentía diferente. Más intenso. Así que se preparó otra jarra de chocolate. Ese dolor que la tenía despierta en la madrugada, también brindaba con ella a cada sorbo. Y al ritmo que la jarra se vaciaba, el dolor aumentaba. Paradójicamente, cada retortijón sólo encontraba alivio en otro trago de su mágico remedio.
Por eso, tuvo que prepararse una ronda más, de chocolate caliente, espumoso y delicioso.
En algún punto, la familia empezó a despertar para ver a mi mamá convaleciendo con su jarra y su taza. De pronto ya sus gemidos no eran los de un simple dolor de estómago. La familia se reunió en torno a la mesa y mi padre decidió que era momento de llevarla al hospital, aunque fuera por un simple dolor de estómago, pero mi mamá estaba dispuesta a defender su romance con la taza de chocolate usando todas sus artimañas. Juró que no era para tanto y aseguró que iría de buena gana pero "hasta que salga el solecito " porque a las tres y media de la madrugada hacía mucho frío y su chocolate caliente y espumoso estaba muy sabroso.
Mis hermanos y mi papá hablaron y dijeron y dialogaron en vano con mi madre. Tuvieron que declararla no apta para tomar decisiones y tan suavemente como es menester con una mujer embarazada, la empezaron a arrastrar a la puerta.
—Ándale mamá- decían mis hermanos mientras le destrababan los dedos de la mesa y de su taza.
—Vamos, mi amor- le decía cariñosamente mi papá, mientras la impulsaba suavemente a levantarse de la silla.
Mi mamá daba pasitos en contra de su voluntad. Avanzaba muy poco y se quejaba mucho, está vez ya no de su dolor, sino del frío de la madrugada.
Al llegar a las escaleras del edificio, volvió a decidir que eso era demasiado alboroto por tan poca cosa y se agarró de un poste. Se atrancó y volvió a decir —vamos a esperarnos a que salga el solecito.
Pero ella era minoría y entre mi papá y mis hermanos, volvieron a destrabar sus deditos aferrados a la idea de volver a su chocolate caliente, espumoso y delicioso.
Casi se sale con la suya. La familia no tenía auto y mi hermano tardaba en conseguir un taxi. Lo logró milagrosamente.
Al taxista le tomó unos segundos entender la situación, mejor de lo que mi madre había querido entender en toda la noche. El taxista aceleró. Aceleró tanto que los detuvo una patrulla. Al patrullero le tomó aún menos tiempo comprender la situación y dejó al taxista seguir su carrera.
Llegando al hospital, a los enfermeros les tomó todavía menos tiempo entender la situación e inmediatamente, a las 4:20 de la madrugada, la ingresaron a urgencias.
25 minutos después, a las 4:45, como dictaba la costumbre médica, el doctor ya me daba una nalgada, que me dejaba el trasero rojo, para hacerme llorar. Después, me mandó una semana a la incubadora, de donde pude salir hasta que agarré bien la vida. El bronceado que tomé en esa semana bajo el foco, me ganó el nombre que llevo ahora: Mauricio, el morisco, el moreno.
Una taza más de chocolate para mi madre y habría nacido en la sala de aquel antiguo departamento de la calle de Yácatas, o en el taxi, o en la calle, o qué sé yo.
Una enfermera que oyó la historia con la que ingresaron a mi mamá a urgencias exclamó: ¡Pero qué barbaridad! Pues qué no saben que el chocolate es pa' abortar.
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