domingo, 14 de mayo de 2023

Cuentos dramáticos para psicoanálisis interminables 1


Leí, en un artículo del periódico, la siguiente frase: un niño es lo que sus padres piensan de él.

Mi padre llegó muy noche a casa, ebrio y humillado por haber ido, muy temprano, a firmar mi boleta de calificaciones a la escuela. Él, el intelectual de la familia, se enfrentó con la cruda realidad de haber criado a un niño menso que había reprobado 10 de 12 materias en su primer bimestre de secundaria. Su ambicioso sueño de tener un escritor en la familia se desplomaba, cómo tren de dominó, con cada 5 impreso en aquella boleta, y se había terminado de hundir cuando él mismo tuvo que plasmar su prestigiada firma en aquella oprobiosa tira de cartulina.

La reunión de padres había sido a las 9 de la mañana y desde entonces, nadie supo de él en todo el día.

Yo ya esperaba lo que venía. Ni siquiera había intentado irme a dormir. No tenía caso. Mejor estar despierto, atento y con el cuerpo caliente y listo para la acción, como un boxeador antes del combate.  Aunque en realidad lo que temía venir no iba a ser un combate. Yo no era un contendiente, era un condenado . Yo sabía que estaba sentenciado desde aquella mañana, pero al mismo tiempo no lo sabía y eso me ahogaba en ansiedad. 

Permanecía sentado sobre la mesa del comedor, desde hacía varias horas, con un cuaderno abierto, fingiendo que estudiaba. La verdad es que el terror no me dejaba pensar en nada más que en la clase de castigo que llegaría blandiendo mi papá con furia. Pensaba que un regaño sería salir bien librado, aunque mi papá era demasiado inteligente como para escupir regaños burdos y corrientes. Solía escoger las palabras correctas para infligir daño explosivo pero sin cicatrices visibles. Es decir, no era solo el efecto mental o espiritual de las palabras, en verdad lo juro, que algo tronaba y dolía-ardía, a veces entre el estómago y el pecho, a veces en la unión de la mandíbula, a veces en el cuello, a veces en las manos.
Algunos amigos, mejor entrenados en el arte de recibir regaños, me aconsejaban pensar en otra cosa, e incluso, hablaban como eruditos sobre alguna extraña suerte de minfulness evasivo, pero no recuerdo que hubiera funcionado alguna vez.

Mi papá también podía ser creativo para escoger su arma, esa sí tangible, con la que el problema de las marcas visibles en la piel se obviaba y dejaba de ser importante.  Algunos amigos, mejor entrenados en el arte de recibir palizas paternas me recomendaban usar doble pantalón como defensa contra el cinturón, la manga larga contra los pellizcos, etcétera. Pero tampoco recuerdo que hubiera funcionado del todo.

Tic, toc, tic, toc, tic, toc... La onomatopeya no es una metáfora. En verdad teníamos un reloj de pared al fondo del comedor que hacía un ruidoso tic, toc con las manecillas, acrecentado en el tétrico silencio de la espera. Incluso mi madre, que me acompañaba solidaria en la sala, apaciguaba su respiración para darle mayor suspenso a la escena y al lúgubre tic, toc, tic toc, del segundero, eventualmente dramatizado por su distintivo crujido de rodillas.

Tic, toc. 
Sonido de llaves tintineando en el pasillo del edificio.
Tic, toc.
Era casi la media noche
Tic, toc.
Sonido de llaves estrellándose contra la puerta de madera.
Tic, toc.
Alguien tratando de meter la llave en la cerradura. No lo logra. Sigue intentando. No lo logra.
¡Pom! ¡Pom! ¡Pon!
Está golpeando arrítmicamente la puerta con la palma de su mano.
Mi madre, con la agilidad de un conejo, se levanta de un brinco del sillón y corre a la entrada. 
Tic, toc.
Mi madre abre la puerta del departamento y mi padre entra sin decir una palabra. Se tambalea un poco, pero se recupera enseguida. Me mira. Sus ojos se entrecierran y esboza una leve sonrisa. Creo que se recuerda firmando mi reprobada boleta y se burla de sí mismo. Tuviste un hijo pendejo, se dice con sorna.  Se ríe con él mismo, pero no conmigo. Camina directo hacia mí. Me pregunta ¿Qué haces? . Estudiando, le digo. 
Tic, toc.
Un poquito de silencio.
Tic, toc.
¡Pa' qué chingaos estudias! 
¡Pumbbbhh! 
Así sonó y así retumbaba el primer golpe que me conectó a la cabeza, con la palma de su mano.
Me puse de pie.
¡Pooooohhmm! 
Así sonó y así retumbaba el segundo golpe, a la cara. Esta vez, con el puño cerrado. 
Ya no recuerdo el sonido del tercero, ni del cuarto, ni del quinto, pero sí recuerdo que me mantuve de pie. Las palabras tampoco las recuerdo exactamente, uno es poco receptivo a las ideas cuando está siendo golpeado. Creo que él se dio cuenta. Ya no había mucho por hacer salvo firmar la obra. 
Se tomó un par de minutos para prender uno de sus Malboro rojos y deambular tranquilamente alrededor de la mesa. Daba vueltas mirando hacía el cielo del comedor. 
Tic, toc. 
Tic, toc. 
Además de las manecillas, sus pasos y los suspiros con los que exhalaba el humo del cigarro, no se escuchaba otro sonido en el mundo.
Pero nadie se movía nunca hasta que él dijera que ya había terminado. Yo hacía estatua de marfil en la esquina que delimitaba el comedor de la sala. La sangre en mi rostro no era algo que me impresionara, a esas alturas de la vida. Era parte del show y como tal, me dedicaba a saborearla un poco con la lengua, sin atreverme a mover cualquier otro músculo.

De pronto estuvo listo. Apagó su cigarro en el cenicero. Caminó hacia mí. Vi su mano venir hacia mi cabeza y me enconché, pero está vez no me pegó. Me tomó del pelo y me jaló para la sala. Sin soltarme, tomó el bolígrafo Bic azul punto mediano que estaba sobre mi cuaderno y me lo puso enfrente. Me dijo: 

— ¿Ves esta pluma? ¡Mírala bien! Esta pluma es más chingona que tú! Esta pluma puede llegar a escribir una obra de arte, tu nomás eres un pendejo.

Me soltó y se fue a dormir. Yo me quedé a mitad de la sala completamente solo. Mi madre ya no estaba ahí tampoco. Siempre le agradecía que no se involucrara. Las cosas jamás mejoraban cuando algún tercero intervenía y todos en la familia lo sabíamos.

Me quedé a mitad de la sala , de pie, pensando en lo estúpido de compararme con un bolígrafo. Mi padre está perdiendo el toque de las palabras, pensé. Me reí un poco y me fui a dormir. Yo no entendía que había presenciado su obra maestra. Que aquellas palabras explotarían dentro de mi tiempo después, no como una bomba, sino como un pequeño engendro naciendo de un huevo, y me acompañarían tan fielmente, creciendo conmigo, por el resto de la vida que he vivido. Esa noche yo estaba muy lejos de imaginar las horas que gastaría pensando en las palabras de mi padre. Palabras que, después de analizarlas mucho y durante muchos momentos a lo largo de mi vida, resultaron ser ciertas. Ya ni siquiera podría enojarme con mi padre por lastimarme desproporcionadamente, porque aquello, aunque cruel, había resultado una aplastante y monolítica verdad. O al menos lo ha sido hasta el día de hoy.

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