domingo, 14 de mayo de 2023

Historia de una hoja huérfana

Está planta de más de un metro es una de las joyas de mi jardín. No parece muy especial, pero cuando la conocí, apenas media unos centímetros. Crecía necia en la orilla de un huacal viejo que usaba como una especie de composta secundaria donde aventaba las cáscaras que no se deshacían en la composta principal. 
Antes de conocerla la arranqué tantas veces de mi vida que perdí la cuenta. Lo hacía cada vez, al remover la tierra seca que se apelmasaba en la caja, sin remordimiento alguno. Me estorbaba. Pero volvía a crecer igual, chiquita, verde y frágil. 

Un día me harté de ver aquella caja de tierra seca y gris. Si bien al principio era un símbolo de la integración con la naturaleza, pronto se volvió una imagen cotidiana, fea y gris, que me recibía cada día al salir por la puerta con mala cara.  Entonces arranqué otra vez la hoja de su rincón, los terrones y los pedazos de cáscara los mezclé en macetas y el huacal lo tiré a la basura. 
Quedó allí la hoja con su tallo delgadito, tendida en el suelo. Tomé la escoba y me puse a barrer. La hojita se iba a ir de mi vida junto al resto de hojas secas que alfombraban mi terraza. 
De pronto la vi de nuevo, ahí en el montón, lista para ser echada a una bolsa, con su brillo pequeñito y verde, resplandeciendo entre el marrón de la hierba muerta. Pude ver por primera vez los diminutos pelitos de su raíz. ¡Ella tenía una raíz! Quién sabe de dónde la habría sacado. Creí que, incluso, también me miraba, y por un momento, me sentí miserable por no haber comprendido el esfuerzo y el tesón que la hoja había empeñado para crecer en un lugar tan triste, una y otra vez. 

Pero qué le vamos a hacer. Ya está en el montón de hojas secas. ¡Ya échala a la bolsa y vámonos!

Y eso hice. La puse en la basura. No pareció importarle mucho. Ella seguía brillando con su verde esmeralda desde aquella tumba de hojas. Ella no estaba muerta como las demás. Ella estaba ahí sacándome la lengua con su ingenuidad de hojita, diciéndome que de todas formas volvería a crecer, como tantas veces antes, totalmente inconsciente de que si cerraba esa tumba no habría próxima vez.

No pude más. Por supuesto que me enojé con ella. La maldije un poco. “¡Pinche hoja!”, le dije, pero enseguida la saqué de la basura.

La tuve entre mis dedos unos minutos. No la entendía del todo y tampoco me gustaba mucho. Era una hoja silvestre como tantas que se deshierban a diario en el mundo… Pero ella quería estar conmigo y eso la hacía especial. Entonces la puse en una macetita y la volví a olvidar. Ahora que lo pienso, ella también necesitaba espacio para entender su nueva vida. Por aquellos días llovió mucho. Al cabo de unas semanas, aquella hojita sin chiste ya media 3 veces su tamaño, tenía más hojas y de pronto vi que era la más hermosa del jardín, con sus perlitas de agua luciendo coquetas y elegantes en todo su cuerpo. 

Al día siguiente fui por la maceta más grande que encontré. Me preguntaba hasta dónde sería capaz de crecer con más espacio y más amor.

Fue por ella que empecé a regar todas las plantas del jardín, disciplinadamente, cuando faltaba la lluvia. Me hacía feliz verla feliz, bailando bajo el chorro de agua.

Ahora mide más de un metro y de aquellos pelillos que fueron sus raíces, crecieron sus nuevos arraigos a la vida. 

Ahora le agradezco a aquella pequeña hoja por haberme hecho entender que estaba ahí para algo más grande.  Le agradezco por estarme enseñado que podemos ser familia. Le agradezco por haberme perdonado después de matarla tantas veces. Le agradezco por haberme sacado la lengua con su brillo pequeñito, justo antes de cerrar la tumba de las hojas muertas.

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