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La noche bajaba de los cero grados y yo deambulaba sin camisa y con un pantalón roto por la madrugada del centro de la ciudad. ¿Cómo llegué ahí y por qué no me morí congelado? Pues increíblemente fue gracias al antimonio... y a un indigente que me salvó la vida.
Unas horas antes llegaba a bordo de un taxi, con alguna novia, al departamento de El Julio. Organizaba un fiestón temático de hippies. Mi disfraz era un pantalón ultrarroto, un chaleco bordado y unos huaraches. No necesitaba más para mi entrada triunfal. Pero aquella novia tenía una muy mal encaminada admiración hacia mí. Ella creía que yo era tan chingón y atractivo, que con una simple ida al baño podría embarazar a cualquier chica que yo mirase. Cosa totalmente falsa, pero que a ella no le interesaba. Si sucedía en su cabeza, sucedía en su realidad. Y fue así, que sus celos explosivos me vieron en la cocina, preparando un trago y platicando con un tipo completamente desconocido, pero evidentemente gay. Para ella fue el acabose. ¡Ahora también se tenía que cuidar de otros hombres! me dijo mientras explotaba en cólera. Empezamos la típica pelea de pareja que toda buena fiesta debe tener. Por eso nadie pareció ponernos demasiada atención. Por eso nadie se inmutó cuando nos fuimos a la recámara a gritarnos y por eso parece que nadie oyó el trancazo que se puso cuando a media discusión se desvaneció cayendo al piso. Yo traté de acomodarla para evitar que se atragantara con su vómito y me puse necio a jalarla, pero ella se resistía entre gritos de "¡déjame en paz!". Así de borrachos estábamos.
Al parecer, aquellos gritos sí se oyeron en la fiesta. Al instante tenía a mi alrededor a un chingo de mirones y a 2 amigos sujetándome e inmovilizándome. Me trataban de calmar y me gritaban cosas que no recuerdo, pero que me calaron. Creían que le estaba pegando a ella. ¡Yo! que jamás he hecho algo parecido.
Me sentí tan humillado por la situación que para que me soltaran dije "necesito ir al baño", y en lugar de ir a mear, me seguí hasta a la puerta de entrada y me largué de la fiesta.
Ahí estaba yo. En la calle, sin mi cartera, sin mi teléfono y sin playera. Todo lo que traía era el encendedor y los cigarros de alguien más en la bolsa del chalequillo bordado que me cubría. Pero volver a subir al departamento no era una opción. Tenía suficiente alcohol en la sangre como para mandarlos a todos a chingar a su madre. Así, con el torso desnudo y los cero grados que había en el ambiente.
Comencé a caminar. Ya antes había cubierto los 11 kilómetros de distancia entre la casa de El Julio y mi casa, pero yendo sobrio, con tenis y vestido. No ebrio, casi encuerado y en huaraches. Aún así, empecé a surcar las tristes calles de la Santa María la Ribera a las 3 de la madrugada. En aquel tiempo, antes de que las gentrificara la ola hipster, aquellas calles eran el hábitat natural de pandilleros, teporochos y prostitutas. La cosa se ponía emocionante.
De pronto el frío empezó a entumir los dedos de mis pies casi descalzos. Los dedos de las manos. En el pecho ya se sentía una opresión al respirar y en un momento no pude caminar más. Me recargué en un poste y me fumé uno de aquellos cigarros que no eran míos. A lo lejos una prostituta me vio y empezó a caminar hacia mi. Era una mujer muy chaparrita y muy obesa. Recuerdo perfectamente esa forma casi esférica hablándome con voz ronca y casi masculina.
—¿me regalas un cigarro, hijo?
Le extendí la cajetilla con la mano, le prendí el cigarro y seguí desfalleciendo con el mío.
Ella me observó, fija y detalladamente. Como si buscara algo en mí. Luego me dijo:
—Me caes bien, chamaco. No tienes maldad. ¿Qué haces aquí? Yo ni debería avisarte, pero mejor llégale rápido, porque esta esquina tiene dueños y ya te andan voceando con la banda para ponerte unos madrazos.
—Pero ya no puedo caminar más y me muero de frío- le dije protestando. Como si ella pudiera hacer algo.
—A ellos les vale madre. No te la vas a acabar si no te vas ya. Ahorita.
Me dieron ganas de llorar, pero le hice caso y arrastrando los pies crucé la calzada Puente de Alvarado. Aquella era mi noche triste.
Seguí caminando y pensaba que en cualquier momento podía desplomarme sobre la banqueta. El frío me seguía apretando el pecho y ya ni siquiera me dejaba abrir los ojos.
Al pasar junto a un Oxxo, un indigente sucio y despeinado me miró sorprendido. Acababa de comprarse un Squirt de 2 litros y un Tonayan de litro. Me paro en seco. Yo, con mi estúpido pensamiento clasista, pensé que me iba a pedir dinero, pero en lugar de eso me preguntó
—¿Estás bien? ¿Te sientes bien? Te ves re mal, hermano. Ven, dale un trago a esto-.
Otra vez, en mi estupidez clasista, le dije que no. Lo rechacé por sucio y quise seguir mi camino, pero el indigente no me dejó. Ya más serio me dijo —es por tu bien, carnal. Yo sé de esto y no la vas a librar así como vienes.
Ahí me desplomé. Todo la bondad que no tuve aquella noche de mi novia y mis amigos, la estaba teniendo de un desconocido sin hogar. Caí de rodillas al piso y él, como Ben Hur, me dio de beber, primero refresco, después mezcal, directo de la botella. Yo ya no tenía prejuicios clasistas en ese momento. Alguien me estaba salvando sin tener por qué.
Cuando el primer chorro de alcohol entró a mi cuerpo entendí que beber cuando se vive en la calle no es un placer, es una forma de sobrevivir. Es un abrigo extra, es un antidepresivo barato, es un analgésico que calma el dolor del cuerpo y del alma.
Con ese trago había ganado unos cuantos pasos más, pero mi guardián sabía que no muchos. Me hablaba y me explicaba algo que yo no entendía, y lo hacía con amorosa paciencia. Apenas podía escuchar su voz. Me hablaba de una casa, o refugio, o algo así, pero yo estaba desesperado porque no podía entender nada: mi cerebro estaba congelado.
Sólo entendí —No la vas a armar hasta allá, carnal. Vamos a tener que buscar remedio por aquí cerquita.
Llegamos al Monumento a la Revolución.
Este es una estructura enorme y perfectamente iluminada. Había pasado cientos de veces por ahí y nunca había notado que los focos que le daban vida por las noches salían de ocultos rincones en el piso. Uno de ellos era especial, estaba escondido entre una jardinera y unas escaleras. Era un rincón amurallado, de apenas un metro, que hacía que el calor del foco se concentrara. El indigente lo sabía, y como experto en supervivencia callejera, me llevó ahí. Nos sentamos justo sobre la lámpara y dejamos al mastodóntico monumento sin una de sus mejores luces.
Con ese calor y media botella después, yo ya podía hablar de nuevo. Le conté mi historia, aburrida y llena de victimismo. Que bueno que cambió el tema. Su vida era mucho más interesante que la mía. Casi como un cliché, él tuvo una familia y un trabajo de oficina. Perdió su trabajo y después a su familia. Luego vino el alcohol, lo que lo dejó sin hogar y sin dinero. Me contaba emocionado que ahora él solo bebía para el frío. Ya no se embriagaba hasta quedar tirado en la banqueta, como antes. Y que a pesar de todo, tenía un empleo. Trabajaba con un tipo que le pagaba por recolectar cierto tipo de máquinas descompuestas. Me contó que hay motores que tienen perlas de antimonio, y que bien recuperado, puede valer incluso más que el oro. Su patrón lideraba un escuadrón de recolectores y tenia el equipo para procesar antimonio. Por eso era adinerado. A cambio de la recolección, le daba a mi nuevo amigo algunos billetes y lo dejaba dormir dentro de un Camaro. Me enseñó las llaves del Camaro. Si yo hubiera podido caminar un poco más me habría llevado ahí. Fue una lastima no haber conocido ese auto, pensaba yo, mientras en mi cabeza sonaba una canción:
🎶I wish I was the full moon shining off a Camaro's hood 🎵
Seguimos platicando hasta el amanecer. Hasta que se apagó el foco. Después corrimos a la explanada para recibir los fríos rayos del sol de las 7 de la mañana. A las 8, responsablemente me dijo que tenía que ir a trabajar. Me invitó y tal vez debí decir que sí. En cambio quedé muy formalmente de encontrarlo esa misma noche, a las ocho, en el mismo lugar. Le debía la vida y quería agradecerle. Invitarlo a cenar al menos. Ahora era mi amigo. Mi buen amigo.
Pero no llegué a la cita. Sólo agregué una línea más en mi lista de promesas rotas.
Al día siguiente, el periódico reportaba 4 muertes por hipotermia en la ciudad.
Lo fui a buscar varias veces después, pero ya nunca lo volví a ver.
No recuerdo su nombre pero se lo voy a inventar y lo llamaré Virgilio. No merece terminar su historia siendo "el indigente". Su nombre será Virgilio y le estaré eternamente agradecido por haber aparecido justo a tiempo, por haberme enseñado para qué sirve el antimonio, ah, y claro, por haberme salvado la vida.
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