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Una semana después de que murió mi papá, yo ya había renunciado a la escuela y tenía trabajo. La verdad no supe bien cómo pasó. No es que haya decidido ninguna de las dos cosas. A los 18 años no estaba en condiciones de entender lo que estaba sucediendo con la muerte y con mi vida.
Sólo recuerdo que, a los pocos días, fui a casa de mi hermano a probarme un traje negro que me quedó un poco grande, pero muy presentable, me lo llevé a mi casa y a la mañana siguiente me lo puse para ir a trabajar en aquella cantina. Yo era el sacaborrachos.
Los meseros y el gerente me veían raro. Era el de seguridad ¿Por qué les habían mandado a un chamaco flaco en lugar de un intimidante monstruo, como de costumbre?
Yo me preguntaba lo mismo.
La primer semana fue la peor. Tenía que estar 12 horas de pie, bajo la mirada hostil del personal. Nunca antes había sentido un dolor del cuerpo y del alma tan agudo. Llegaba a casa con ganas de llorar. No sé por qué no renuncié. Sólo dejé que la vida me pasara encima, como una aplanadora, mientras yo seguía arrastrándome por la pérdida de mi papá, por la pérdida de mi libertad y por la pérdida de aquella vida de hijo de familia que nunca antes había valorado.
A partir de ese momento, un montón de cosas impactantes empezaron a suceder en mi. Desde ese lugar tan sórdido empezaba un inesperado camino de autoconocimiento, así, sin anestesia. No con iluminación, buenas vibras y epifanías, sino con amargas pérdidas.
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Lo del orgullo, tengo que reconocerlo, fue doloroso pero necesario
Dos amigos me encontraron parado en la entrada de la cantina. Se burlaban amistosamente de mí. Decían riendo que había dejado la escuela para ser policía. El elegante traje negro que portaba no podía ocultar que ahora jugaba para el bando contrario. Ellos habían sido mis compañeros de rebeldía y yo ahora cobraba por controlar a los borrachos. Además dejar la escuela, al parecer, me colocaba en un escalón todavía más bajo de su núcleo social. Y cómo culparlos si seguramente yo habría hecho lo mismo de estar en su lugar. Necesitaba ver la vida desde el otro lado de la calle.
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También me encontró la chica de mis sueños. Mi crush de la preparatoria pasó frente la cantina. Me miró anonadada desde la ventanilla del auto nuevo de su padre. Fue un instante que el tráfico volvió eterno. Avenida Insurgentes nunca ha sido tan lenta como en ese instante. Aún recuerdo su cara desencajada mirándome incrédula. Ya no volvió a responder mis llamadas.
Mi antiguo orgullo quedó masacrado en las escalinatas de aquella cantina ¡y qué bueno!
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Trabajar con mi cobardía tampoco fue opcional.
El curso empezó aquel día en que una mesa de ebrios gordos y trajeados le declaró la guerra a otra mesa de universitarios pedantes. Yo tenía como dos semanas trabajando y una batalla campal a mitad del salón hizo que todo el personal me volteara a ver. El gerente dio la orden de que nadie se metiera. Dijo —¡Para eso está el seguridad!- Yo sabía que no me quería y por eso me estaba mandando al matadero. Su jugada me orillaba a morir solo en aquella trifulca o a renunciar. Me tenía en jaque y su estúpida sonrisa me lo dejaba claro.
Tragué saliva. Estaba ardido y aterrorizado. Nunca antes había hecho algo así, pero igual arranqué en dirección a ese remolino de golpes sin saber para qué y sin tener un plan. Sólo corrí hacia el centro de la pelea y empecé a gritarles. De pronto fue como estar volando en un viaje de ácido. Yo podía empujarlos, jalarlos, aplicarles la llave china que me habían enseñado unos días atrás, pegarles en las corvas, tirarlos al piso… ¡Y nadie parecía notarme! No es que fuera John Wick, seguía siendo el mismo chamaco flaco, pero yo era la autoridad ahí y nadie se atrevió a tocarme. Gozaba de una extraña inmunidad encantadora. Los peleoneros incluso me pedían perdón y me daban explicaciones, acusando a los otros de ser los malos. Me daba risa ver cómo el drama se convertía en comedia.
Ahora sé perfectamente que la buena suerte me apadrinó en mi primera vez, pero cuando terminó la pelea yo me sentía poderoso. Pronto me hice adicto a intervenir las peleas de los demás. Y fue bueno, porque después vinieron muchas otras en mi vida. Algunas bastante divertidas.
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En otra ocasión llegó el ex novio despechado de una hostess. Iba ebrio y no le permití el paso. Sacó una navaja y me amenazó. Por un segundo pensé que era una buena oportunidad para lucirme ante ella, pero me ganó el miedo y entré a pedir refuerzos. Los meseros se rieron de mí y solo uno salió, más por lastima que con ganas. Sacó la navajita de su sacacorchos y enfrentó al fulano. Y mientras ellos se miraban retadoramente, preparándose para su pelea de cuchillos, llegué por la espalda y le arrebaté la navaja al borracho. Bajó la cabeza y no dijo nada. Entendió su derrota y se fue. Aún así me quedé un poco avergonzado. Chuck Norris y Stallone se habrían burlado de mí, seguramente. Había perdido mi oportunidad de ser un héroe de película y de lucirme frente a la hostess.
Años después leí a Tzun Tzu, y me sentí mejor. Él sí habría estado orgulloso de mí, porque a diferencia del cine, en la guerra, y en la vida, el valor no se demuestra en un ataque frontal, ni en mantener el honor muriendo estúpidamente. Vencer sin librar una batalla es el arte de la guerra, decía él.
Aprender eso me mantuvo a salvó de morir vergonzosamente un par de veces en la vida.
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Y bueno, el amor. No hay idea más nociva que pensar que los mañanas son infinitos. Siempre habrá uno que sea el último.
Me enamoré hermosa y terriblemente de Tania. No podía controlar mi respiración ni el temblor en mis manos cuando la veía. Cuando llegaba a mi casa soñaba con su piel. Ella, siendo hostess tenía que estar en la entrada, junto a mí todo el día. Y aunque yo la amaba, muchos otros también estaban enamorados de ella. Yo no me sentía el mejor y a decir verdad, a los 19 años me sentía una basura. Aún así, cuando ella renunció tomé valor y la invité al cine. Increíblemente dijo que sí.
Fuimos a ver una película de Nicholas Cage. Al salir casi nos congelamos. Me quité aquel saco de mezclilla que tanto quería y se lo puse. La tuve tan cerca, pero la voz me tembló y no logré decirle nada, mucho menos besarla. Ella sonrió y se fue a su casa sin saber que yo la amaba. Mañana le digo, pensé, pero no la volví a ver en muchos años, cuando ya todo era diferente para nosotros.
En la vida siempre hay un último día, al que ya no le sigue ningún mañana. Aquella tarde se me fue el amor y se llevó mi saco favorito de mezclilla.
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