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Siempre me sentí un mal músico. Con Madam Bisturí me sentía un estafador tocando con músicos a los que admiraba tanto, pero mantenía la mentira porque no lo podía dejar. Como un amor tóxico donde sabía que yo era el problema, y donde cada vez me juraba hacerlo mejor.
Lo cierto es que uno se siente poderoso con un instrumento en las manos y un público enfrente. Es como tener un arma, un rifle, una bazooka. Uno se siente superior, invulnerable e invencible por un segundo o por un largo concierto. Y aunque por destino tuve entre mis manos teclados, guitarras, micrófonos y maracas, nunca sentí nada igual a tener ese maldito bajo entre mis brazos. Me excitaba la fuerza que tenía que poner en cada golpe de cuerda, nada que ver con la delicada sutileza que requiere la guitarra o la insignificante resistencia con la que se defienden las teclas de un sintetizador. Con el bajo hay que pelear y ser salvaje sin perder su atención, sin perder su amor. Hay que someterlo a golpe de dedos, a golpe de plumilla, jalarle las cuerdas de vez en cuando y palmearlo firmemente algunas más. Blandirlo en el aire con todo su peso y pegarle la cadera hasta que duela. Soltarlo y rechazarlo un momento, dejar que se cuelgue de tu cuello negándose a parar, y entonces volver a empezar la siguiente canción, y la siguiente, y la siguiente… Hasta que no quede más que dejarlo tirado en piso y salir del escenario.
No sé si me amaba tanto al tocar porque era un exhibicionista de clóset o me volví uno porque amaba tocar. Pero también lo odiaba.
Odiaba el terror que me invadía antes de entrar al escenario. Al terminar casi siempre salía furioso por haberme exhibido ante el público sabiendo que era un fraude. Muchas veces azoté el bajo contra el suelo, no por un performance, sino por esa vergüenza que se sentía como odio. Aquello era completamente real para mí.
Para mi suerte, buena o mala, no lo sé, mis bajos nunca se rompieron. No es tan fácil como en los videos, así que siempre había una próxima vez… Hasta que por fin, un día, llegó la última vez y la vergüenza se esfumó. O tal vez no, y por eso me ha llevado algunos años poder escribir de aquellos momentos tan extraños en mi vida.
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