domingo, 14 de mayo de 2023

Herir al agua

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En la secundaria, o me escapaba o me iba después de clases a remar al lago de Chapultepec. Era mi vicio. Además, entre semana y en horario laboral, el lago estaba casi vacío, así que mis amigos y yo podíamos practicar maniobras locas, jugar carreras de apuestas y hasta jugar a las guerras piratas con los mataclases de otras escuelas. Alguna vez practicamos un peligroso y romántico abordaje, a mitad del lago, hacia la embarcación de un grupo de chicas, que sin miedo alguno, nos dispararon con piropos guarros, que, aún recuerdo, me pusieron a temblar, mientras mis amigos tomaban control de aquella exótica situación.
Atravesar el agua se volvió una droga para mí. A veces me disparaba la adrenalina, como en aquella carrera donde gané el honor de mi secundaria rebasando en los últimos metros a la lancha de la escuela enemiga. 
Otras veces me hacía viajar por el universo, como cuando subimos los remos y nos acostamos a ver moverse el cielo con la música del agua golpeando la lancha.
Navegar era magia pura. Era romperle una herida al agua y verla cerrar inmediatamente detrás, sin rencor ni represalias. 
Era volar en el agua moviendo a todo mi equipo, en un armatoste de casi media tonelada, solamente con la fuerza de mis brazos.
Era sentir que, dentro de ese lago, yo podía controlar absolutamente el rumbo de mi vida…

Pero la secundaria terminó y dejé de remar. 

Fuera del lago y sin los remos en la mano, empecé a perder esa sensación de control, hasta que poco a poco la fui olvidando. Al mismo tiempo, fui aprendiendo a golpes que para un humano es imposible tener control absoluto de la existencia.

Sin embargo, cada vez que veo una embarcación de remos soy el hombre más feliz, y me peleo por ser el que los porte. Incluso me niego a compartirlos. Los remos siempre han de ser míos y sólo míos. Soy adicto a esta particular sensación de control, a esta sensación de que el rumbo de la vida vuelve a estar completamente entre mis manos.

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