domingo, 14 de mayo de 2023

Yo también fui a una escuela embrujada


Era de esperarse. Mi primaria fue construida sobre un antiguo cementerio de la revolución y ahora, dónde los héroes que hicieron patria trataban de descansar, había un montón de niños insoportables corriendo y gritando, justo encima de sus cabezas, a la hora del recreo. 
Pero mi primaria también fue un convento de monjas, que quedó abandonado cuando una novicia murió de terror, misteriosamente frente a las escaleras, durante una noche obscura.

Al parecer, la combinación de convento con cementerio  resultaba en un irresistible manjar para los espíritus, y le daba a nuestra escuela algo así como un estatus premium plus. Al menos eso sentíamos los chamacos que circulábamos, casi en secreto, pero orgullosamente, estas leyendas. 

Alguna vez, una niña chismosa rompió la secrecía de la historia y se atrevió a preguntar durante clases a la maestra si todo aquello del cementerio y el convento era verdad. 

La maestra le dijo que no y por supuesto, se rio.

En lugar de desanimarnos, los guardianes del relato, nos convencimos de que la maestra tenía órdenes de ocultar la verdad. Porque claro que si llegaba a saberse, las mamás no permitirían que sus hijos regresaran a una escuela que estaba embrujada. Era obvio.

Además los guardianes del relato teníamos pruebas. La escuela, con sus edificios laterales de arcos, circundando el gran patio central, tenía la estructura clásica de cualquier convento. Y todos éramos expertos en conventos, gracias a los dibujos que habíamos visto en la monografía de Sor Juana Inés de la Cruz que vendían en la papelería. 

También conocíamos la historia del niño de cuarto grado que dejó de ir a la escuela por miedo. A ese niño, una día, mientras jugaba en el recreo, se le acercó una monja a pedirle que no corriera. Cuando bajó la cabeza apenado, descubrió que no tenía pies y flotaba. Algunos decían que incluso el niño se había orinando en los pantalones antes de salir huyendo, pero sobre esto último no había consenso. Lo que nadie dudaba era que había una monja flotante a la que no le gustaba que los niños corrieran desaforados. 

Y aunque todavía no logro acomodar los momentos históricos en mi cabeza y los datos geográficos y temporales no me hacen fácil ubicar monjas y revolucionarios a mitad de la colonia Roma, no he dudado de la veracidad de aquellos relatos ni por un instante de mi vida. Por supuesto que aún creo ciegamente en estas historias con la misma fe con la que las creía de niño, cuando era yo quien pasaba 5 horas cada mañana molestando a los espíritus de mi primaria.

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