domingo, 14 de mayo de 2023

Cosas imposibles

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No importa cuántas veces haya viajado en avión. Siempre busco sentarme junto a la ventana. Siempre me emociona el despegue como si fuera la primera vez. Siempre me da un poquito de nostalgia el aterrizaje. Y aunque me da pena caer en el cliché, soy de los que siempre le toman fotos a las nubes.

Atrás de mi, una niña pequeña monta un drama. Lloriquea frustrada porque quiere tocar las nubes.
Se lo suplica a su madre, como si fuera algo de vida o muerte. Su madre, un tanto molesta, sólo le responde que no es posible.

Normalmente me habría desesperado cualquier berrinche de sonidos chillones. La pequeña exige algo imposible y a gritos, justo en el asiento de atrás, taladrándome el oído. No soy muy tolerante a la insensatez de la infancia ajena. 
Pero esta vez, me sorprendo sonriendo. Sigo atento ese reclamo lleno de ternura. No por la niña, a la que nunca le veré la cara, sino porque yo también estoy reclamando lo mismo para mis adentros. Por un instante me parece absolutamente posible estirar la mano y tocar las nubes, esponjosas, suaves y, seguramente, con un rico olor a lluvia. Por qué su madre se atreve a decirnos, a la niña y a mí, con su voz de enfado, que estamos deseando lo imposible. ¿Quién se cree? 
El puchero seguramente es horrible, pero a mí me parece hasta dulce. Lo que de repente no soporto, es la  madura actitud de la madre que nos trata de convencer de que con mirar las nubes por la ventana es suficiente. Ahora yo hago berrinche. 
¡Quiero tocar esa nube! 
Y mientras aquella madre me lo niega, me pregunto, cuántas veces más estaré condenado a solamente mirar por la ventana las nubes que pasan por mi vida.

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