Él sabía que si quería que su relación funcionara, tarde o temprano iba a tener que trenzarse en alguna desagradable y corriente pelea callejera. No porque quisiera, no porque fuera inevitable, sino porque el corazón de su amada se lo estaba pidiendo desesperadamente. Ella mantenía, muy a flor de piel, ese deseo, tan inconfesable como innegociable. Cada día que Tomás dejaba pasar la oportunidad de pelearse con alguien más, ella sentía crecer la inseguridad en su corazón y tanto el amor, como la admiración por él, se iban escurriendo poco a poco hacía el desagüe. Ella necesitaba una demostración de fuerza animal. Quería que su hombre se la regalara. A ella y a nadie más que a ella. Que la hiciera sentir segura. Que se ganara su respeto. Que lograra excitarla.
¡Al demonio! Pasemos este relato a primera persona o no funcionará.
Poco antes de que todo se fuera al diablo con ella, ya me sentía herido y abandonado, con la masculinidad en el piso. Ya había perdido la esperanza de mostrarle mi hombría en casi todas las áreas donde lo había intentado.
Cuando comenzamos a salir, nos vimos envueltos, un par de veces, en pleitos callejeros. Creo que no fui el hombre que ella esperaba. Pero hasta ese momento parecía sentirse muy segura a mi lado, tanto como para iniciar una guerra de insultos con dos camioneros que no respetaron la señal de “no estacionarse” o con aquellos tres tipos que delante de nosotros tiraron al piso la envoltura de sus papas fritas. En ambas ocasiones, traté de explicarle que su griterío para mi era, sin duda, un gesto loable de justicia, social y ambiental, pero que en mi experiencia, esas escaramuzas normalmente escalaban. Que era común, que al regaño viniera una respuesta, casi siempre insultante. Que yo no podría dejar pasar eso. Que les respondería. Que ahí empezaría una bravata de machos. Que sería imposible, de verdad imposible, responderla con refinamiento, pensamiento ni argumento. Que muy probablemente la bravata vendría cargada de insultos. Que de ahí vendría un paulatino acercamiento físico. Que de ahí seguirían los golpes. Que si fueran mis tiempos, la pondría a ella a curarme las heridas por haberme echado a pelear, pero que ya no son mis tiempos. Que aquí y ahora, la honorabilidad de una pelea ha pasado de moda. Que es muy posible que los fulanos traigan algún tipo de arma. Que puede ser que sean tan idiotas como para usarla. Que no estoy dispuesto a inmolarme por una causa inútil.
No es mi imaginación. Ya lo he vivido antes. Sé perfectamente que hay un punto de quiebre, cuando la adrenalina ha subido a la cabeza para quitarle el mando a la razón, donde ya no hay marcha atrás ni diplomacia inteligente que frene la batalla. Y tal vez pueda pensarse que rehuir el combate en esta instancia es una opción válida, sobre todo ante la superioridad numérica del enemigo, pero ya es la adrenalina quien está a cargo. Además, de ser esa la decisión, de usar la adrenalina para correr y no para pelear ¿no resultaría algo completamente estúpido, pudiendo haberlo hecho antes de comenzar todo?
Y así seguí hablando aquella vez, mientras tranquilamente caminaba comiéndome unas galletas. Según recuerdo, sentía tanta pereza que, como colofón, le dije que ultimadamente no tenía ganas de tirarlas y comprobar si físicamente mis habilidades daban para someter a golpes a aquellos tipos.
No me dijo nada, ni sí, ni no. No discutió, no preguntó. No dijo nada más. Pero estoy seguro que vi en su cara el reflejo de la decepción que sintió por escuchar todo aquello. ¿Acaso no sería el hombre que la protegería? ¿Acaso tendría ella que renunciar a su bravuconería callejera sólo por estar conmigo?
Repitió su escaramuza de insultos justicieros una vez más, semanas después. Tuvimos otra vez la misma plática. Esta vez le pedí directamente que no iniciara una batalla cuyo desenlace no le iba a gustar. Pero tal vez ese fue mi error. Quizá ella, especialmente ella, sí necesitaba saber que yo podía protegerla violentamente contra quien fuera y con lo que fuera.
Después de entonces, no volvió a suceder, dejó de increpar a la gente que pecaba a su alrededor, al menos cuando iba conmigo. Sólo la veía tragarse su rabia. Después de todo, yo ya había perdido la oportunidad de pasar aquella prueba.
Luego de aquellos sucesos, vino la primera de varias sacudidas en nuestra relación. Uno de varios cambios bruscos en su forma de tratar conmigo.
Notaba el pasivo reproche contenido en su comportamiento. Nuestro barco había pasado de flotar alegremente en la ensenada, a navegar sobre aguas turbulentas, frias y profundas.
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