Perseguir por la ciudad a un ladrón que se ha robado tres machetes y un martillo suena estúpido. Hacerlo desarmado y con los tenis desatados, parece aún más estúpido. Por eso me molesté tanto cuando me descubrí haciéndolo a través de las calles solitarias de un domingo por la tarde.
Es que me falló la lógica y olvidé el manual del hombre moderno. Pero cuando el tipo salió por la puerta de la ferretería con su ridículo botín, no imaginaba que la dependienta, otra clienta con el pelo totalmente cano y mi chica, se pondrían a increparlo.
Yo solamente exclamé —Uh, qué mal pedo.
Pensaba, mientras tanto, que un botín de menos de mil pesos no valía ni la fatiga de fingir el interés. Son cosas que pasan y ya.
El tipo corrió, se perdió en quién sabe dónde y todo terminó.
La plática post robo en el mostrador de la ferretería, pasó del tamaño de mis taquetes, al tamaño de la injusticia que se acababa de cometer.
La pobre dependienta de la tienda, se lamentaba diciendo que seguramente tendría que pagar por los tres machetes y el martillo.
La señora de pelo canoso salió a regañar a unos albañiles que comían taquitos con coca, en la construcción de al lado, por no haber detenido al ladrón. Les dijo cobardes. Uno de ellos, amablemente le respondió que no había sido cobardía, pero que no era prudente salir tras un tipo armado. Nada de eso convenció a la señora, quien los volvió a tachar de pusilánimes.
Y mi chica, hacía su aportación al debate, diciendo que ladrones como ese, se aprovechaban de que la gente no se atreve a confrontarlos.
Y pues ahí estaba yo. Sin decir nada. Mirando mis taquetes y oyendo los reproches que me calaban como crudas indirectas.
Pero no habría ocurrido nada memorable, de no ser porque el ladrón, demasiado confiado o demasiado tonto, y evidentemente drogado, decidió pasar nuevamente frente a la ferretería, apenas 10 minutos más tarde.
¡Lo arruinó todo! Me daban ganas de darle un zape, pero no por ladrón, sino por tarado.
Las tres mujeres, que habían cultivado el enojo durante la conversación, salieron encendidas a la calle a increparlo en cuanto lo vieron de nuevo, esta vez, más de cerca.
Y ahí me vi yo por unos segundos, parado y pasmado en el mostrador de la ferretería por lo que estaba presenciando. Eran los Ángeles de Charly queriendo hacer justicia, pero el tipo aún tenía los tres machetes en sus manos y quién sabe si algo más.
Fue por eso que lancé un par de mentadas de madre al universo y fui corriendo a tratar de poner un poco de paz, pero la señora canosa fue más rápida y en cuanto el ladrón echó a correr, ella también corrió, tratando de alcanzarlo, con tanta vehemencia como Mel Gibson en Arma Mortal yendo tras los delincuentes.
Y aunque los albañiles seguían muy divertidos la escena, yo no podía darme el lujo de quedarme sentado como ellos. Una señora mayor, pero sobre todo mi chica, se estaban involucrando en aquella situación, de forma bastante inconsciente y hasta riesgosa, creo yo.
Y juro que no quería correr tras un botín de 800 pesos, pero estaba en ese punto de tomar la inevitable decisión que llega, tarde o temprano, a la vida de todo hombre: quedar como un idiota, quedar como un bravucón, o quedar como un pocoshuevos. Ningún escenario es triunfal del todo, pero uno debe decidir con cuál de ellos puede lidiar mejor en el futuro próximo.
Así que decidí correr también y unirme a la persecución justiciera. La señora canosa gritaba
—¡Agárrenlo que es ladrón!- pero justo al contrario, al escucharla, todo mundo se quitaba de su paso.
En algún momento la señora canosa perdió la enjundia, la zona populosa quedó atrás y nos quedamos don ratero y yo completamente solos.
Para entonces ya me estaba empezando a divertir. Esto estaba entre el Machetes y yo, y quizá algún vecino chismoso que nos veía sin sacar la cabeza de su ventana.
Los edificios de esa unidad tienen entradas dobles y mientras el tipo se escondía por alguna, yo lo buscaba por la otra. Sonreí al escuchar en mi cabeza la graciosa cancioncilla de Benny Hill. Aquello me parecía ya, más un sketch cómico que una película de acción.
De pronto, un poco más adelante, un tipo que lavaba su auto, me preguntó que qué pasaba. Le conté rápidamente y muy confundido y con una expresión de "qué chingaos estás haciendo" , me señaló un edificio de una sola salida. —Ahí entró y subió las escaleras -me dijo- pero no te recomiendo subir a ese edificio.
También con su dedo me señaló una bolsa negra de basura tirada junto a un árbol. Fui a ella y tenía el botín. Los tres machetes, el martillo, un frasco de café y unos cepillos de escoba. Esos los había robado de la tienda de al lado.
Dudé un momento. Tal y como aprendí en las películas, me fijé que no fuera una trampa. Levanté la mirada y la bolsa lentamente. Lo vi salir por la puerta del edificio, sólo que sin camisa. Como si por traer el torso desnudo se volviera irreconocible. Miró con tristeza su bolsa.
Pero con la complicidad de un juego de niños, le di toda la seriedad a su disfraz y pasé cerca de él fingiendo buscar al verdadero ladrón. El tipo también se metió en su papel y pasó fingiendo ser un ciudadano más que sale los domingos a refrescar la panza por el vecindario. Sólo nos faltó darnos las buenas tardes.
Evidentemente la policía jamás apareció.
Regresé a la tiendita y a la ferretería, sintiéndome un héroe, a devolverles el ridículo botín, pero de todos modos me cobraron mis taquetes y mis galletas.
Además, tuve que aguantar un par de amables regaños por haber sido tan inconsciente, por haber hecho algo que no tenía por qué haber hecho y por no medir las consecuencias.
El mejor remate, fue el de la señora canosa, que me dijo:
— ¡No vuelvas a hacer eso! ¿No pensaste que podía estar armado?
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