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A ella le gustaba bailar. A diferencia de las demás, no le importaba un compañero de baile en su pista. Para ella, una estrella sin público, lo importante era, precisamente, tener público. Y él no sabía bailar. Es decir, de saber, sabía. Incluso amaba el baile, pero no podía bailar. Tenía una incapacidad para ligar con armonía el movimiento de su cuerpo a las reglas del ritmo. Sólo podía sacudirse, y la mayoría de las veces, mal. Por eso, él resultaba un gran público para ella, y ella, la más excitante diva que él podía admirar.
A ella, cuando bailaba en la pista de alguna fiesta o algún bar, poco le importaba lo que pasaba fuera de sí misma, excepto una cosa: su público. A veces era sencillo cautivarlo, otras veces, tenía que trabajar muy duro en sus movimientos para llamar alguna atención. Otras tantas, simplemente fracasaba.
Él padeció bastante la bailepatía. Tantas chicas le pidieron que siguiera el ritmo, que se aprendiera el paso. Tantas chicas intentaron volverlo un compañero de baile. Tantas como fracasos tuvo. Tantas que inmediatamente después perdieron el interés, incluso en su plática, su arte, su amor, cuando se dieron cuenta de que él no podría bailar nunca con ellas.
Ella no es así. Sus motivos son distintos. Ella transforma la pista en escenario y al resto lo transforma en su público. No depende de nadie. Es una artista, y cuando una artista sube a tablas, lo hace llena de expectativa. Va decidida a que la multitud la ame. Si lo consigue, ella les dará cada vez más, y más, y más. Pero si no lo logra, le será imposible mantener la energía y se irá apagando lentamente como una vela. Es casi un acto de supervivencia.
Él siempre responde. Ama ser ese, entre la multitud, a quien la estrella le guiña un ojo. En ese momento, sabe que todos quisieran ser él, pero no pueden. Sólo él es para ella, el único público entre toda la multitud que realmente importa. Aún si es un performance es a teatro lleno.
Ella sabe que no cualquiera la puede admirar. Que para entender su arte se necesita un hombre de magnífica mirada, conectada a cada una de las señales que ella manda en cada sacudida y en cada sutileza. Que entienda seriamente, que lo que ella hace no es una vulgar danza de fiesta, sino una representación de vida y llanto y risa, que explota dentro de su cuerpo cuando está bailando.
Y él lo entiende. Y ella lo sabe.
Y entonces…
Él se excita. Ella se estremece. Él se enamora. Ella se multiplica. Él se trastorna. Ella estalla. Él suda. Ella ríe. Él la devora. Ella quiere ser devorada. Él la mira. Ella lo invita. Él la ama. Ella lo ama. La chispa es en él y la explosión en ella.
Luego, bailan juntos algo más que algunos pasos. Bailan la complicidad de los ladrones. Bailan por turnos al amo y al esclavo. Bailan a mirar y a ser mirados.
Y aunque casi nadie lo entienda bien, yo sí.
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