Mi amigo Milán es médico, es serbio, y salvó mi vida cuando me hizo esa cirugía en la cabeza, sobre el sofá de su sala, con una anestesia que apenas tenía efecto, que mientras operaba platicó conmigo como cualquier peluquero, y que, como siempre sucede con él, nuestras risas fueron largas y estruendosas, aún en medio de tanta sangre. Para mi eso será inolvidable. Para él, será un relato más en su carrera como médico militar de un país en guerra.
Lo sé, no hay mucho sentido común en dejarse abrir la cabeza sobre un sofá en la sala de una casa, pero confío tanto en Milán, que lo elegiría mil veces antes de ir a un hospital. No sólo por la amistad, él es un genio de la medicina. Por eso llegué a su departamento con la cara desfigurada y una terrible infección que ya se había regado por dentro. Por eso cuando me vio entrar me dijo muy serio —Si te preocupa la limpieza, piensa que ahora tú traes más cochinada en la cara que la que hay aquí, así que me voy a poner protección por mi seguridad, no por ti— y soltó una larga carcajada. Yo también eché a reír. Esto definitivamente no iba a ser nada serio.
Jaló un banquito de madera, se sentó a un extremo del sofá y me dijo —Acuéstate ahí, esto sera cirugía bajo arbol. En la guerra no hay quirófanos... Y a veces ni árbol. Así que estamos en la gloria, mi hermano.
Y soltó otra carcajada. Era la risa contagiosa de un hombre parecido a un oso, con el tamaño de un oso, con la fuerza de un oso, con la capacidad de matar con sus manos, como un oso, pero con la ternura de un niño.
Tomó una jeringa y me apuntó la aguja a la frente, justo a un lado de la herida que había desencadenado todo. Pero yo le tengo terror a las agujas. Él lo notó en mi cara y me dijo —esta inyección va a ser lo único que duela.
Mintió.
Picó y ensartó la aguja hasta la base, bajo la piel. Y se puso a girarla para todos lados. Clarito puedo recordar como sentí que raspaba el hueso del cráneo. Y picó y removió de nuevo. Y de nuevo, mientras regaba la anestesia. ¡Maldita sea, que dolor! Y reímos más.
Dejó la jeringa, tomó un bisturí y empezó a cortar. Sonaba como si estuviera cortando una caja de cartón con un cuchillo sin filo sobre mi cabeza. Raca, Raca, trac, raca, trac... Trac, trac.
Yo apretaba los puños y los dientes de dolor. Él se dio cuenta y me dijo —esto va a ser lo más doloroso.
Como si olvidara que ya lo había dicho antes.
Mintió de nuevo.
Y entre el dolor y sus chistes, yo no podía evitar reír a carcajadas y mentarle la madre al mundo entero. El reía aún más fuerte y dijo —En guerra no hay anestesia y groserías son buenas para aliviar dolor. También el vodka, pero no trajiste.
Reímos mucho más. Y la sangre ya me empapaba la cara, se me metía por la nariz y apenas me dejaba mirar el rostro de Milán, luciendo tan despreocupado como quien hace una manualidad para la cocina. Para un hombre que vio desaparecer a Yugoslavia entre la guerra, esto era comer caramelos.
De pronto, entre risa y risa se atoró con algo en mi cabeza, dejó de reír, se puso muy serio y empezó a forcejear, como si cortara un pollo crudo. Y jalaba y presionaba y yo volví a mentar madres del dolor. Se volvió a reír y sin detenerse me dijo —esto va a ser lo más doloroso, hermano.
Una vez más, mintió. Esta vez lo sabía y empecé a reír inconteniblemente. Era inevitable e increíble, pero Milán podía hacer de ese sufrimiento el momento más divertido del año. Así es él. Así es su energía.
Y luego de estar forcejeando dentro de mi cabeza un rato, de pronto dejó el bisturí sobre la mesita y me dijo, ya acabamos. Ahora sólo falta coser la herida. Déjame una cicatriz de guerra, para impresionar a las chicas -le dije- y reímos más, pero me miró como diciendo "no chingues" y me ignoró, a tal grado, que cuando terminó se quedó viendo un largo rato las puntadas, como quien mira un dibujo. Luego sólo dijo —no me gustó, hay que repetir puntos.
Y yo grité —¡Noooooooooooo!
Pero para entonces ya tenía de nuevo el bisturí en mi cabeza .
Repitió la costura un par de veces más y como verán en mis fotos, le quedó tan bien, que se llevó mi sueño de tener una cicatriz de guerra en la frente. Seguro que si me hubiera hecho caso, ahora sería atractivo.
La vida me regaló al doctor Milán, de cerca, para enseñarme de bulto, que el más grande dolor, también puede pasar entre las más divertidas carcajadas.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario