sábado, 9 de noviembre de 2024

Así soy

 ¡Así soy yo, y no voy a cambiar! Gritó ella, como un disparo.

Después, un horroroso silencio en el consultorio. 

A pesar de tener un buen sello acústico, se alcanzaban a escuchar muy quedito los autos pasar por la calle.

Pudo más mi vergüenza y suspiré para hacer, al menos, un poco de ruido en la habitación. 

Si no hay más que hacer, entonces no hay mas que hacer, susurré derrotado, apenas convirtiendo en palabras el aire que con trabajo alcanzaba a respirar.

Tantos meses de terapia de pareja nos habían dejado en el mismo lugar en el que empezamos, pero con la esperanza muerta por aquel balazo al corazón y con la necedad violentamente encumbrándose al poder, cual gangster de la vieja escuela. 

No es que ella hubiera hecho algo terrible, pero se sentía como un crimen a sangre fría. Se sentía tan calculado y natural, que estaba seguro de que ya lo había hecho antes.  No le dolió. Fue entrenada para ese momento. Aquel grito parecía haber estado guardado desde antes de llegar a mí. Era una bala con el nombre de alguien más. De alguien que ya había desaparecido, hacía mucho tiempo, sin llevarse el dolor, ni el rencor.

No es que ella no me hubiera amado, pero a pesar de los años, su corazón seguía atado al hombre que la hizo creer que eran una familia y se fue. No atado por el deseo de volver, sino por el de la venganza. Eso no importa: atado al fin.

No es que yo no lo supiera. Lo sabía a pesar de sus juramentos. Lo sabía y sabía que probablemente ella ni siquiera lo sabía. Y aún así, siempre supe que en esta vida, no tenía más opción que vivir lo que fui a vivir ahí. Porque yo sabía que ella, sería el amor de mi vida.

Me entrené cada día, para dejar voluntariamente y con gozo, que todo el dolor y la gloria, entrarán por cada poro. Sin filtrar nada. Ella, como síntesis de la vida, estuvo destinada siempre a ser, cual hierofanía, la perfecta manifestación de lo divino en mí. Pero lo divino no es soportable para un mortal. Con aquel disparo entendí que uno puede llegar al éxtasis solamente un poco, y el resto del tiempo, hay que vivir anhelándolo. Así estamos hechos los mortales. Lo detesto, pero es así.

Entendí al Gatsby de Fitzgerald, entendí al Oliveira de Cortázar, entendí las Grandes Esperanzas de Cuarón.

Era momento de partir. De dejar de estar para volver a anhelar. El duro, incómodo y doloroso viaje del héroe, el tan trillado monomito, contado tantas veces por la humanidad, empezaba una vez más ahí, en ese momento, justo cuando todavía se podía oler la pólvora de aquel estruendoso cañonazo—¡Así soy yo, y no voy a cambiar!


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