Cuando era niño, en el barrio me apodaban El Gnomo y entre los 6 y los 12 años, acumulé un respetable récord invicto en su pequeño circuito de peleas callejeras. Pero como me dijo sabiamente un amigo, tarde o temprano llega alguien en la vida a quitarte lo vergüero (sic). Y en este caso, fue un cabrón que se llamaba "El Tortillas".
Hasta antes de su llegada a la colonia, las peleas eran un divertimento que yo jugaba con honor. Siempre uno contra uno, a menos que fuera una campal. Nunca golpeaba al que estaba en el piso. Perfeccioné la patada al fémur y el gancho al hígado, para no tener que dejar marcas en la cara, pues muchas de mis peleas se desataban a mitad de un partido de fut o de tocho, contra amigos que a pesar de todo, me caían bien. Después de todo, en una colonia de aspiraciones clasemedieras, la violencia sólo era un juego más y no un asunto de supervivencia.
Una vez bajaron a retarnos los de la colonia Vertiz, que no eran ningunos matones, pero por su cercanía, eran como las fuerzas básicas de la Doctores, colonia de las grandes ligas de la violencia. Aún con ellos y a pesar de que nos emboscaron a lo feo, pactamos una campal de 6 vs 6 y como ellos eran 7, acordaron dejar al más debilucho fuera de la batalla.
Con ese tipo de honor aprendí a pelear. Pero el pinche Tortillas no entendía nada de esas cosas. La vida le había enseñado a jugar con otras reglas.
Para entender un poco aquella diferencia, mi pandilla parecía salida de "Stand by me" o "It". El tortillas parecía salido de "Ciudad de Dios". Tenía 12 años, igual que yo, pero me acuerdo de su mirada, y estoy seguro de que ya había vivido cosas que yo nunca viviré.
Por eso cayó tan mal en nuestra pequeña sociedad de niños y pubertos. Nos hacia conscientes de nuestra desigualdad. Por eso me hablaron de él. Por eso, antes de conocerlo, mis amigos ya me habían pedido "que le partiera su madre, para que le bajara".
Y así, sin conocerlo, y antes de enterarme de su existencia, a él ya le habían dicho que yo lo andaba buscando "pa'madrearlo", porque así se corren los chismes en el barrio.
Pero al Tortillas nadie lo iba a andar merodeando. Él fue quien me encontró, jugando a la lucha libre, en aquella esquina, donde un pequeño rectángulo de pasto nos servía para improvisar el cuadrilátero. El Tortillas iba preparado para usar sus puños, pero la presión social y su inocultable deseo de hacer amigos lo obligó a seguir las reglas del juego: solo mano abierta, sin golpes a la cara y el que tocaba la espalda 3 segundos perdía. Nunca sabremos qué habría pasado de haber peleado a puños, pero con esas reglas no tuvo oportunidad alguna. Lo sometí tan fácilmente, que todos se empezaron a reír de él y su bravuconería. Se levantó lleno de pasto en el cabello y pidió revancha. Y la tuvo, sólo para volver a caer una y otra vez. Hasta que fue demasiado para él. Recuerdo perfectamente tenerlo sometido en el piso, cuando me dijo, fríamente, como al oído y casi sin alterarse —mi tío me regaló una navaja y cuando me levante la voy a ir a buscar para enterrártela como me enseñó.
Ahí, mientras todos coreaban mi momento, en lo que yo creía la cima de mi gloria, en realidad empezó mi dolorosa caída.
Me recuerdo con 12 años, sintiendo el sudor frío del terror, sacando fuerzas de donde ya no tenía para mantenerlo en el piso. Como si eso pudiera evitar que en algún momento se levantara a buscar su navaja. Recuerdo la frialdad en su forma de amenazar. Jamás había visto algo parecido fuera de las películas y pasaron muchos años más para que lo volviera a sentir en carne propia. Recuerdo sentir cuando las fuerzas ya no me respondían. Recuerdo haber hecho un último esfuerzo para hacerlo rodar lejos de mi e inmediatamente salir corriendo despavorido y sin dignidad hacia mi casa.
Esa noche no pude dormir. Y a la siguiente tampoco. Por primera vez sentí uno de esos ataques de pánico que no dejan poner un pie en la calle.
A partir de entonces, mi popularidad en el barrio se fue a pique, empecé a sentir miradas de lástima al pasar y sobre todo, a sentir el terror de encontrarme al Tortillas.
Empecé a dar rodeos enormes de varias cuadras para no pasar por donde toda la vida había sido feliz. Me sentía tan avergonzado por no poderme controlar. Lo del cuchillo ya ni siquiera importaba. Ahora lo que no soportaba era la vergüenza.
Dejé de salir, dejé de frecuentar a los amigos y por alguna razón que nunca supe, me terminaron aplicando la Ley del Hielo, el peor de los castigos. Luego, El tortillas desapareció del barrio y un año después, mis otrora amigos de la vida, me ofrecieron una tregua, volver al circuito y a la pandilla, pidiéndome una pelea más. Se trataba de enfrentar al tipo que acosaba al George en su secundaria. Y aunque ya no era el niño feliz y confiado de un año atrás, dije que sí. Hacía un año que no peleaba y estaba muy nervioso. Quizá por eso, al día siguiente en la escuela, mientras todo el grupo jugaba al vandalismo estudiantil en una clase muerta, me dieron un zape, perdí el control e inicié una pelea contra El Vélez, que duró unos ocho segundos y terminó con mi nariz completamente rota. Todavia conservo la nariz desviada. Las cosas nunca volvieron a ser las mismas. El miedo no se había ido y la vergüenza tampoco. Nunca me presenté ante el acosador del George y la ley del hielo en la colonia se firmó para siempre.
17 enero 2021
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