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Comencé a boxear a los 12 años. Mi papá me llevó al gimnasio Nuevo Jordán y me encargó con un viejo lobo de mar conocido como El Gallo. Después de estrechar su mano, le advirtió a mi papá: señor, esto es boxeo, a su hijo no le puedo decir, tontito, ni esas mamadas de “échale ganas”. A su hijo le voy a gritar que es un pendejo si está haciendo pendejadas y le voy a gritar que no sea güevón si no hace las cosas. Incluso le voy a mentar la madre. Aquí no le puedo hablar suavecito porque es boxeo y su vida está en juego. Mi papá me miró como preguntándome por última vez si eso era lo que quería y yo asentí con la cabeza. El contrato estaba firmado.
El gimnasio era un galerón en el tercer piso de un edificio metido en un feo callejón que olía a la basura del mercado vecino. La música eran las percusiones de los golpes al costal, a la pera y a las manoplas. Tracatatracatatraca pum pum paaaa. Olía a humedad y en cada viga había un embudo conectado a una cubeta, donde se acumulaba el agua que tomábamos y escupíamos entre cada round. El gimnasio era horrible y así tenía que ser.
Al llegar me vendaba, me calzaba unos guantes viejos y húmedos y me ponía a pegarle al costal y a la pera. Después de unos minutos los guantes pesan y los brazos empiezan a doler. Por eso bajaba la guardia.
—¡No sea pendejo chamaco, suba esa guardia! ¡A la otra que baje esa mano le voy a meter un chingadazo! ¡El costal no se defiende, pero otro cabrón le va a romper la madre!
¡Plas! Me metía un zape justo donde había vuelto a bajar la guardia.
Brincar la cuerda fue otro tormento. Las cuerdas del gimnasio eran todas de cuero con mango de madera. Ya eran pesadas de por sí y fallar un salto era ganarse un latigazo en la espalda. Los primeros días salía de ahí con la espalda roja y ardiendo. Aún así, no podía hilar dos minutos sin tropezar. Un buen día, mi manager no estaba de humor y me pidió que le trajera un balde con agua. Allí sumergió la cuerda y me dijo ¡Ahora sí dele, chamaco!
La cuerda pesaba mucho más. Al final del entrenamiento y con los brazos molidos se sentía mucho peor. Obviamente volví a tropezar. Ni siquiera me había imaginado para qué la estaba mojando pero a la primera falla, sentí en la espalda la crueldad del latigazo con cuero mojado. No sé por qué, pero pensé en el pobre de Jesucristo mientras me revolcaba de dolor contra una pared. El Gallo sólo me miró de reojo y me dijo ¡Ora sí va a aprender a saltar, chamaco!
Pasó más de un año, antes de que me subiera al ring. Yo estaba harto de ir todos los días a hacer lo mismo una y otra y otra vez. El gimnasio estaba lleno de profesionales de alta y baja categoría, así que un chamaco de 13 años todavía no era una inversión relevante para nadie. Tuve que hacer un berrinche y amenazar con dejarlo todo para que me programaran mi primer pelea de sparring. Yo ansiaba subirme a ese ring que había sido pisado por un montón de campeones mundiales cuando llegaban a entrenar a la Ciudad de México.
Todavía recuerdo la adrenalina al pasar por las cuerdas y morder por primera vez el protector bucal. ¡Ora sí dele, chamaco, a ver si es cierto! Me gritó El Gallo.
Yo nunca había peleado sobre un ring, con guantes y con reglas, pero como en Karate Kid, todos los movimientos del entrenamiento que parecían no tener sentido, ahí lo tuvieron, y empezaron a salir las combinaciones de golpes. Entendí que subir la guardia sí era vital. Sentía tan rico conectar el cruzado arriba y el gancho abajo. Me sentía invencible… hasta que me aterrizó el primer gran putazo. Qué dolor extraño. El guante hace que la potencia del golpe se distribuya por toda la cara, pero no lo hace más suave, por el contrario, lo hace más severo. Duele y aturde. Me desconectó por un segundo, lo suficiente para que mi rival me plantara la combinación completa y me llevara contra la esquina. Estaba en shock y a su merced. Ya me había peleado a puño limpio antes, pero esto era totalmente nuevo para mí. Milagrosamente me alcancé a salir por las cuerdas. Entonces comenzó de verdad la pelea. Empecé a entrar en éxtasis. Cada golpe que daba y cada golpe que recibía eran una catarsis. Una cascada de emociones se me venía encima. Recordé las golpizas que me daba mi padre, las veces que no me pude defender de otros, las veces que fui rechazado y de pronto me empezó a doler el corazón. Y mientras más golpeaba y me golpeaban más rabia sentía. De pronto El Gallo grito ¡Tiempo!
Se acabó. Yo no me quería quitar la careta porque estaba a punto de estallar en llanto. Imposible hacerlo arriba de ese ring y frente a todos los demás boxeadores. Mordí tan fuerte como pude el protector bucal y me salí del encordado con la mandíbula apretada, mordiendo mi dolor, pero sin soltar una sola lágrima, y con la felicidad de haber peleado en el mismo ring dónde alguna vez había visto subirse a Julio César Chávez.
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