Yo no sé bailar. Los que me conocen lo saben bien porque más de una vez me han visto sudar de terror ante el escalofriante "ándale, yo te enseño", seguido de su cruel compinche, el "sólo tienes que seguir el ritmo". Lo pienso y me dan escalofríos.
Pero algún día fui ingenuo y de verdad creí que era tan simple como eso. La realidad es que la vida me ha enseñado lo contrario.
Una de las más vergonzosas lecciones, ocurrió durante una fiesta de gente que no conocía. Había unas 200 personas, yo tenía 20 años e iba con la misión de darle apoyo moral a mi amigo. Él tenía un crush con la cumpleañera y no es cosa fácil estar en un lugar donde el amor de tu vida es probablemente el amor de la vida de otros veinte.
Pero quizá aún más popular que la festejada, era su hermana Mariana. Una hermosa y sensual chica, que además era bailarina, y que movida por alguna maldición disfrazada de golpe de suerte, se fijó en mí. Y con ella también llegó la atención de su séquito de fans, de sus amigas y hasta de su abuelita.
Mariana era una chica por la que habría vendido mi alma al diablo, así que totalmente inconsciente e hipnotizado la vi venir, caminando con ese garbo devastador hacia mí. Se presentó sola, completamente segura de sí. En mi cuerpo explotó una bomba. Hablábamos de a poco, por breves cápsulas de minutos, entre las cuales se alejaba para atender a alguno de sus nuevos invitados, que no dejaban de llegar.
Yo estaba en las nubes. No podía creer lo que me estaba pasando. Me sentía el tipo más afortunado de la ciudad. Hasta que en una de sus vueltas y sin decir nada más que tres palabras, me ordenó —vamos a bailar. Yo me hice de piedra. Creo que me encogí y debí haberme puesto blanco. Mariana mantuvo su mano firme y extendida hacia mí. Yo sí quería tomarla, pero no para bailar. La voz se me hizo chicharrón y apenas murmuré —es que no sé bailar-. Entonces contraatacó con autoridad —yo te enseño, ven-. Me tomó de la mano y me jaló tan fácilmente, que cuando me di cuenta ya estaba a punto de pisar la pista de baile repleta de parejas. A cada paso me pesaban más las miradas de esos tipos incrédulos que nos veían caminar tomados de la mano, de las amigas en suspenso y hasta la de su abuelita. A empujones, llegamos al centro de la pista. Ahí entendí que esa diva del baile no podía bailar en un rincón. Para ella era todo o nada. Y yo podría haber sido todo en alguna otra cosa, pero para bailar yo era nada. Y ella empezó a contonearse, a tomarle sabor a aquella salsa de Willie Colón. La gente empezó a mirarnos, acostumbrados al show de Mariana. Y ahí, en ese momento, ella y todos los mirones se dieron cuenta de que realmente yo no sabía bailar ni un carajo. Entonces paró, tomó aire y trató de enseñarme algún paso básico, pero era inútil, no iba a aprenderlo, ni allí mismo ni muchos años después. Apenas pasó un minuto de la improvisada clase a media pista y volvió a parar, se quedó quieta unos segundos mirando fijamente mis pies, como un mecánico que busca el ajuste correcto. Yo esperaba su veredicto. Más ojos nos veían. Estábamos en el centro de la pista sin movernos. El público estaba cada vez más expectante. Y de pronto alzó la cara y titubeando por primera vez, me dijo —tengo que ir para.... Un momento... Es que...
Y sin terminar la frase se fue. Atravesó la pista a toda velocidad y desapareció por las escaleras.
Ahí supe que un estúpido Mefistófeles me había concedido cruelmente el deseo de ser el centro de atención de la chica más hermosa de toda la fiesta, pero es bien sabido que el Diablo usará cualquier vacío legal en tus deseos para volverlos un tormento.
Y mientras la multitud me miraba abandonar solo y a empujones la pista, y ante la mirada reprochante de su abuelita, entendí que en ese momento mi diablo debía estar cagándose de la risa.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario